30 de noviembre de 2020
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FIN DE SEMANA

Aquejado de un acusado 'Complejo de Edipo', fue condenado a 440 años de cárcel en 1991 pero una década después lo mataron en prisión de Topas

José Antonio Rodríguez "El Mataviejas': Violó y asesinó a dieciséis ancianas engañándolas

José Antonio Rodríguez Vega.
José Antonio Rodríguez Vega.
Se trata de uno de los asesinos en serie que ha marcado la Historia de España. José Antonio Rodríguez Vega tenía un complejo de Edipo que nacía de la aversión que tenía hacia su madre. De niño ya era problemático y violento, llegando a agredir a su propio padre, lo que hizo que su madre lo echase de casa. Estos hechos marcaron al que sería conocido como 'el Mataviejas', quien a lo largo de 1987 hasta 1988 asesinó y violó a varias mujeres ancianas aprovechándose de su soledad.

José Antonio Rodríguez Vega, conocido como “El Mataviejas” fue un asesino en serie que llegó a asesinar al menos 16 personas, todas mujeres de mayores de 60 años. Sus acciones tuvieron lugar entre 1987 y 1988.

La naturaleza de su crimen lo situó como uno de los más odiados en la Historia de España y prueba de ello fue su condena de 440 años, la cual no llegó a cumplir puesto que fue asesinado en la cárcel por ser un violador. Fue enterrado en una fosa común en una ceremonia a la que solo asistieron los enterradores.

José Antonio Rodríguez Vega "El Mataviejas".

Lo curioso del caso de este hombre es que en 1978 fue sentenciado a 28 años de prisión por agresión sexual a mujeres. Logró que sus víctimas lo perdonaran y fue liberado de prisión por buena conducta para poco después graduarse como asesino.

Vida y personalidad

Nació el 3 de diciembre de 1957 en Santander. Según las informaciones que se tienen de él, en su juventud ya apuntaba a maneras como un chico agresivo e irrespetuoso. Su madre llegó a echarlo de casa por agredir a su propio padre, que estaba postrado en una cama por enfermedad. Fueron estos acontecimientos los que desencadenaron en Rodríguez una aversión a las mujeres a la par que un fuerte deseo sexual por su madre, a quien veía con una mezcla de admiración y miedo.

La frustración que sufría producto de sus impulsos incestuosos lo convertirían en un misógino con un modus operandi propio que incluía el abuso sexual. Sus primeros crímenes no llegaron en un primer momento a ser delitos de sangre, pero era cuestión de tiempo.

Su encanto le valió para que casi todas sus víctimas de violación en su juventud lo perdonaran.

Sus primeros delitos sexuales los cometió a temprana edad. Cuando fue arrestado en 1978 tan solo tenía 21 años de edad. Las autoridades no pudieron determinar cuántas agresiones sexuales cometió, pero se sospecha que fueron muchos más los ataques que las denuncias posteriores. En esa época fue conocido por el pseudónimo de “El Violador de la Moto” ya que después de atacar a sus víctimas huía en una.

Antes de cumplir condena estuvo casado con una mujer llamada Socorro, con quien incluso llegó a tener un hijo. Sin embargo, después de conocer la naturaleza agresiva y descontrolada de su marido decidió abandonarlo y llevarse a su único hijo con ella. El exconvicto no tardaría mucho en contraer nupcias nuevamente con otra mujer.

Su nueva mujer tenía algunos problemas, era epiléptica, pero eso no detuvo a la pareja. Lo que la recién casada no sabía era que su marido por las noches se convertía en un violador destinado a graduarse como asesino.

Modus operandi de un misántropo con complejo de Edipo

Se trataba de un asesino extremadamente meticuloso. No era un asesino impulsivo. Elegía cuidadosamente a sus víctimas y luego llevaba a cabo labores de vigilancia. Todas sus víctimas fueron mujeres de edad avanzada que vivían solas, probablemente un sustituto psicológico para los deseos sexuales que aun sentía por su madre.

Estaba convencido de que lo que le ocurría era normal. No pensó en buscar ayuda puesto que decidió aceptar sus parafilias e intentar satisfacerlas de la manera más rápida que pudiese. Para él todos los actos violentos que había cometido eran justificados por las acciones del resto de personas.

La señora Rodríguez, objeto de deseo de su hijo.

“Todo el mundo ha pegado a su padre y su madre y a su mujer y a sus hijos. Eso es por naturaleza”, declaró en una entrevista, de la misma manera que también llegó a asegurar que “todos los hombres sienten deseos de violar a sus madres”.

Conocía las rutinas de sus víctimas al dedillo, por lo que sabía cuáles eran las horas más idóneas para iniciar sus ataques con el riesgo mínimo de ser descubierto. Sabía quiénes las visitaban y a qué hora. Todo estaba calculado.

Para poder pasar a los domicilios no hacía uso de excusas muy elaboradas, todo lo contrario, algunas podían llegar a ser incluso caricaturescas, ya que era albañil y sabía exactamente que decir para alarmar a su víctima y que esta le permitiese entrar a “arreglar alguna avería”, aunque otras veces se hacía pasar por electricista o técnico de televisión. De esta manera se ganaba su confianza, se ofrecía para ayudarlas en otras tareas como subirles la compra o hacer chapuzas típicas del hogar.

El detalle más desalmado y probablemente una de las razones que le costarían la vida en la cárcel es que se aprovechaba de la soledad de estas mujeres, quienes se mostraban en todos los casos encantadas de poder gozar de un poco de esa compañía que tanto habían añorado. Poco sabían de la crueldad que puede reservar el destino a algunas personas, puesto que todas fueron abusadas sexualmente.

Una vez había saciado su apetito sexual y acallado su obsesión patológica con las mujeres mayores, las asfixiaba tapando la nariz y la boca. Lo que provocaba la acumulación de líquido en los pulmones conocida como edema pulmonar, esto se convertía luego en un ataque cardíaco. Esta manera de ejecutar a sus víctimas hacía creer a los médicos que se trataba de una muerte natural.

Demasiadas coincidencias

Durante el periodo de 1987 a 1988 las muertes iban siendo categorizadas de manera automática como naturales. Sin embargo, algunos miembros de la policía sospechaban que algo estaba ocurriendo ya que resultaba inquietante el elevado número de muertes en unos cuantos meses.

A pesar de las sospechas, la cautela de Rodríguez había logrado mantener a los agentes en vilo, a la espera de ese pequeño detalle que pudiese arrancar una investigación exitosa. Ese detalle, ese error del villano eventualmente llegaría, ya que se dieron cuenta de un patrón que hasta entonces había pasado desapercibido: en todos los hogares donde habían fallecido las mujeres por paro cardíaco habían hecho reformas de albañilería.

La habitación de los trofeos de Rodríguez.

Irónicamente, una vez descubierto el detalle de las reformas los siguientes crímenes de “El Violador de la Moto” fueron cada vez más caóticos y descuidados. Una de las víctimas incluso llegó a ser asfixiada por su propia dentadura postiza. Pero el detalle que lo condenó casi de inmediato fue el hecho de que había dejado una de sus tarjetas de presentación en la escena del crimen, dicha tarjeta incluía su nombre completo y dirección. Fue señalado como el primer sospechoso.

Algunas teorías señalan que el asesino no se había descuidado, sino que ansiaba ser descubierto y atrapado, como si de alguna manera hubiese alcanzado un momento de lucidez en el que desease afrontar la responsabilidad por sus acciones, quizá incluso conseguir ayuda psicológica profesional.

El arresto y destino fatal

Fue detenido el 19 de mayo de 1988 y no tuvo problema en confesar de inmediato. La policía registró su domicilio y encontró lo que parecía ser una sala del tesoro. Una habitación decorada de rojo donde había guardado recuerdos de todas y cada una de sus víctimas. Había joyas, porcelana e incluso televisores.

El juicio se celebró en 1991, en esos momentos Rodríguez cambió repentinamente de actitud respecto al momento en el que fue detenido en la calle por las autoridades. Se declaró inocente. No obstante, como a muchos otros lo traicionó su ego y afán de protagonismo.

El Zanahorio, uno de los asesinos de "El Mataviejas".

“Llegamos a la conclusión de que su imputabilidad era plena, porque su inteligencia era absolutamente brillante. Era un psicópata, con esa característica de ese grupo de psicópatas, esa frialdad clásica, sin remordimientos, no se conmueven, es un personaje verdaderamente hecho para el crimen...”, declararon los psicólogos que le examinaron convencidos de su culpabilidad.

El 5 de diciembre de 1991 fue condenado por la Audiencia Provincial de Santander a 440 años de cárcel. Fue de prisión en prisión concediendo entrevistas hasta que fue trasladado a una prisión con códigos que se hacían respetar. Se enfrascaba en acalorados debates donde presumía sus crímenes con otro asesino: El Arropiero. Nadie podía creer lo que estaban viendo.

Finalmente, su comportamiento hizo que fuese asesinado el 24 de octubre de 2002, por otros reclusos. En medio de una disputa fue acuchillado por la espalda con un estilete. Sufrio 113 puñaladas, le sacaron los ojos y parte de la masa encefálica. Los responsables, Enrique del Valle González “El Zanahorio” y Daniel Rodríguez Obelleiro fueron llevados a celdas de aislamiento, mientras el cuerpo de “El Mataviejas” se desangraba inerte en el suelo del patio de la prisión.

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