
Estamos muy quemados
Columna de opinión de José Francisco Roldán
Es imposible mantenerse impasible ante la tragedia sufrida por buena parte de España, ya sea por los incendios o las inundaciones de Valencia en octubre, dos acontecimientos dramáticos recientes, que han descolocado a muchos y cabreados a demasiados. El comportamiento errático de nuestros responsables políticos, sobre cuyos hombros descansa la seguridad, vida y patrimonio de los ciudadanos, nos recuerda en manos de quién estamos.
Algunos consideran que no son más que bandas de seres inmaduros y egoístas, preocupados del paripé y con una soberbia descomunal. Están acomodados en el conflicto cotidiano, que no conduce a nada bueno y constructivo. Esa conducta despreciable nos va distanciando de una casta que entiende el servicio público como la mejor forma de conseguir prosperar en sus vidas.
Lejos de aprender de la catástrofe del agua embravecida, reinciden en su incompetente uso para atajar el fuego. En ambas situaciones, cuando se ven gravemente afectados enormes territorios, se ha esperado la decidida respuesta del gobierno español asumiendo la dirección y gestión de los recursos de todas las administraciones.
No podemos olvidar la pandemia, donde la indolencia abandonó a su suerte a los ciudadanos permitiendo repartirse los muertos por comunidades. Alguien gritó ¡sálvese quien pueda! y cada uno se puso a rebuscar elementos de protección sin coordinación, control y gestión congruente regalando negocios asquerosos a los chorizos de siempre.

La experiencia, que nos imponía lo que no se debe hacer, no ha servido más que para perseverar en la petulancia de quienes olvidan a los que sufre una catástrofe como los incendios. Estragos simultáneos afectando, principalmente, a cinco comunidades autónomas.
Hemos vuelto a escuchar eso de que se debe pedir la ayuda, como si los responsables estatales no tuvieran elementos de juicio para captar la gravedad de los casos y se ponen de perfil. Omisión consciente para dejar en evidencia a los responsables de las autonomías, un invento con luces y sombras, porque el sentido común dicta que algunas funciones no pueden ser transferidas, porque hacerlo nos lleva a esta descoordinación.
Nuestros gobernantes siguen repartiendo competencias como el que regala un juguete para que el destinatario se porte bien o pagando por una extorsión. Personas informadas, alejadas de los creadores de opinión infectados de sectarismo, coinciden en lo esencial y articulan argumentos coherentes y cabales. Hay que escucharlos bien; algunos vienen de las trincheras partidarias, donde el enfrentamiento beligerante ha ido derivado a un ejercicio deleznable en la toma de decisiones para garantizarse el peculio familiar.
Se ha producido una grieta inmensa entre la casta política y el sentimiento de la población, defraudada por el constante olvido de quienes debería tener como objetivo prioritario su bienestar. La sociedad reconoce que los políticos son el problema y no la solución, que esquivan por dolo o culpa, y faltan a sus compromisos electorales para sacar provecho injusto adaptando sus decisiones para mantenerse en el poder.

Son tragaldabas incontrolados manejando recursos públicos, mientras los oponentes, que aspiran a ello, lejos de entrar en una disputa de ideas y propuestas, se entretienen en ocurrencias y chascarrillos buscando la respuesta jubilosa de sus focas.
La disputa de aplausos no es más que una vergüenza compartida entre torpes sin gracia, ya que la democracia representativa está siendo traicionada por grupos organizados, que se dedican a protegerse de la justicia. Son muchos los asqueados por tanta zafiedad y olvido, que deja en un lugar complicado al juego democrático, que no se ejerce limpiamente, porque algunos no desean el control de su gestión, especialmente si es injusta, inmoral o delictiva. El desprecio que irradian hacia el pueblo les está pasando factura, a pesar de su alardeo garantizando de boquilla de libertad frente a quienes pretenden irrumpir en las poltronas.
Nuestros líderes políticos se olvidan del mandato constitucional para aderezarlo a su gusto, y eso no es más que traicionar a los ciudadanos, que constatan el desapego y el abuso de autoridad ejercicio por esos paladines de la libertad, que no creen en ella. La responsabilidad del gobierno central es fundamental para poner orden y coordinar los recursos generales a la hora de afrontar acontecimientos que saltan las fronteras regionales. El fuego no tiene ideología, la desvergüenza tampoco, por eso estamos muy quemados
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