19 de junio de 2024
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FIN DE SEMANA

Hasta 43 cajas con pertenencias del joven asesinado por ETA y escritos a sus padres han sido llevadas de un garaje de Ermua a la Universidad Navarra

Veintiséis años del secuestro de Miguel Ángel Blanco: Aparecen cartas a la familia del político

Miguel Ángel Blanco y algunas de las pertenencias que se rescataron de un garaje familiar.
Miguel Ángel Blanco y algunas de las pertenencias que se rescataron de un garaje familiar.
El 10 de julio se cumplirán 26 años del secuestro, y posterior asesinato, del concejal del PP de Ermua Miguel Ángel Blanco. Unos días antes, la apertura de un garaje familiar ha rescatado 43 cajas repletas de pertenencias del joven y cartas a la familia a raíz de su secuestro. El asesinato de Miguel Ángel Blanco por parte de ETA cambió el modo en el que España se enfrentaba al terrorismo hasta entonces.

El próximo 10 de julio se cumplirán 26 años de uno de los secuestros más mediáticos de la historia de España: el de Miguel Ángel Blanco, el concejal del PP de la localidad vizcaína de Ermua que fue asesinado por la banda terrorista ETA. Cuando faltan apenas unos días para el aniversario del terrible crimen, han salido a la luz algunas de las pertenencias del joven que falleció con 29 años, así como las cartas que recibió la familia tras su muerte.

Un total de 43 cajas —22 repletas de cartas, enviadas desde distintos puntos de España y dos con cartas procedentes del extranjero— han sido sacadas de un garaje familiar. La encargada de abrir sus puertas ha sido la Fundación Miguel Ángel Blanco, que ha extraído los recuerdos después de que los padres de Miguel Ángel, Miguel y Consuelo, fallecieran en el año 2020.

La fundación ha otorgado este legado, que ya forma parte de la historia de España, a la Universidad de Navarra. Será esta institución la encargada no solo de guardarla, sino de documentar y digitalizar las cartas. Muchas de ellas han sido abiertas por primera vez tras más de 25 años guardadas.

Además de las cartas, se han encontrado pertenencias de Miguel Ángel Blanco que hablan un poco más de la vida del joven. Desde el maletín de cuero que utilizaba para ir a trabajar, pasando por calendarios de su banda favorita, Héroes del silencio, hasta una batería o una guitarra con la que tocaba en el grupo que tenía con sus amigos, Póker.

Algunos de los objetos personales de Miguel Ángel Blanco.

Ahora, todo lo recolectado será analizado y estudiado por la Universidad de Navarra, que aportará una nueva perspectiva de cómo el asesinato de Miguel Ángel Blanco impactó a la sociedad española hasta tal punto de marcar un punto de inflexión en la lucha contra el terrorismo de ETA.

El precedente, el secuestro de José Antonio Ortega Lara

En julio de 1997 España llevaba veinte años de democracia y en dos décadas su sociedad recorrió lo que a las naciones de su entorno les había llevado casi medio siglo. Dos décadas en las que al país, como profetizó Alfonso Guerra, "no lo conocía ni la madre que lo parió" gracias a todos los cambios que se habían producido. Entre las rémoras del pasado que la España del 97 arrastraba estaba el terrorismo de ETA.

El 1 de julio la banda armada recibió un duro varapalo al ser liberado el funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara por mandos de la Guardia Civil. ETA buscaba un nuevo golpe de efecto después de la liberación de Lara. El partido Herri Batasuna (HB), la gran referencia de la izquierda abertzale en el momento, lanzó una reflexión que se convertiría en terrible realidad: "La borrachera policial traerá consecuencias".

El jueves 10 de julio una llamada anónima avisaba al diario Egin, vinculado al mundo abertzale, de que ETA había secuestrado a un concejal del PP de la localidad vizcaína de Ermua. Se trataba de un joven de 29 años llamado Miguel Ángel Blanco, hijo de una familia de inmigrantes gallegos que, como tantos otros, se habían trasladado al Euskadi de los años sesenta ante la tentación de una vida mejor en la zona más industrializada del país.

Miguel Ángel Blanco entró en política en su pueblo en 1995, trabajaba en una gestoría y con sus amigos tenía un grupo de música pop llamado Póker. Fue secuestrado precisamente cuando se dirigía a su puesto de trabajo. Era el jueves 10 de julio y comenzaban 48 horas en las que la reacción al terrorismo daría un giro radical.

Miguel Ángel Blanco.

ETA puso precio a la vida de Miguel Ángel Blanco: si a las 16:00 horas del sábado 12 de julio el Gobierno de José María Aznar no acercaba los presos etarras a las prisiones de Euskadi, matarían al joven.

Asesinato en 48 horas

La sociedad vasca en particular y la española en general reaccionó con rabia e incredulidad ante el acto de la banda terrorista. Durante 48 horas todo el país estuvo pendiente de la acción de ETA.

Euskadi se echó a la calle y para muchos el secuestro del joven supuso como el destapar una olla a presión de una sociedad, la vasca, que había construido su cotidianidad entre silencios ominosos y miedos.

Finalmente, el 12 de julio los terroristas trasladaron a Miguel Ángel en el maletero de un coche hasta una zona boscosa de Lasarte-Oria. Con las manos atadas le obligaron a arrodillarse y dispararon dos veces contra su nuca. El joven no moriría en el acto. Dos hombres que paseaban por el campo lo encontraron cerca de las cinco y media de la tarde el cuerpo de Blanco, que sólo tenía un hilo de vida. Fue trasladado a la Residencia Sanitaria de Nuestra Señora de Aránzazu y fallecería a las cinco de la madrugada del domingo 13.

'El espíritu de Ermua'

Lo que pasó en las horas siguientes cambió la reacción de todos los españoles ante las acciones de ETA. Los secuestros, los atentados y los coches bomba se habían convertido en noticias habituales y la ciudadanía las había asumido con la naturalidad con la que el horror se convierte en costumbre.

Los gestos de repulsa recorrieron España.

El encuentro del cuerpo de Miguel Ángel Blanco se convirtió en uno de esos momentos de la historia de los que todos recuerdan dónde estaban con quién y qué hacían. Uno de esos acontecimientos que, sin distinción de si son buenos o malos, se fijan para siempre en la memoria.

España se echó a las calles con una mezcla de dolor, rabia y hartazgo. Los gritos de esos días resonaron en todo el mundo. "Vascos sí, ETA no", "No son vascos, son asesinos" o "ETA escucha aquí está mi nuca", además, del simbólico "¡Basta ya!", fueron algunas de las frases más repetidas que se acompañaban del gesto de levantar los brazos con las palmas de la mano extendidas.

La sede de HB en Ermua fue asaltada y quemada la noche del 12 de julio. Gran parte de la sociedad vasca se revolvió contra la formación abertzale. La sociedad de Euskadi catalizó, tras la muerte de Miguel Ángel Blanco, el hartazgo por más un de un cuarto de siglo de terrorismo. El cansancio se impuso al miedo y la malentendida equidistancia.

Además, el crimen de Miguel Ángel supuso el fortalecimiento de los movimientos por la paz y germen del Foro de Ermua. Los movimientos pacifistas llevaban años trabajando en Euskadi pero se encontraban un tanto en tierra de nadie hasta que el caso de Blanco les aportó un papel importante en el inicio del fin de la violencia.

La manifestación nacional del lunes 14 de julio fue espectacular. Todos los pueblos y ciudades del país se echaron a la calle y hubo cinco minutos de silencio en los que los asistentes se mantuvieron con los brazos extendidos y las manos abiertas en señal de repulsa por el atentado.

El 'Espíritu de Ermua' mantuvo la ilusión por la paz durante meses y, por primera vez, ETA sintió cómo toda la sociedad española y vasca en su conjunto les repudiaba. Eso llevó a iniciar un proceso de paz con tregua incluida entre 1998 y 1999. Era la segunda vez que se iniciaba una negociación con ETA. La anterior había sido en 1989 bajo el Gobierno de Felipe González.

El asesinato de Miguel Ángel Blanco supuso un cambio en la percepción del terrorismo por parte de la sociedad nacional e internacional y llegó después de años en los que la banda armada había puerto en práctica lo que dio en llamar 'socialización del sufrimiento'. Un frío eufemismo que ocultaba un cambio de estrategia siniestra de ETA basada en ampliar sus acciones a la sociedad civil más allá de militares, políticos y empresarios.

Con el asesinato de Blanco, ETA empezó a escribir su final aunque aún siguió presente en la sociedad española algunos años más y siguió cobrándose, desgraciadamente, otras vidas.

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