09 de febrero de 2023
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FIN DE SEMANA

Tras su ruptura, la socialité y el cantante nunca se reconciliaron, pero su caso ha servido a Tamara Falcó para perdonar a Íñigo Onieva su infidelidad

La verdadera historia de la traumática separación de Isabel Preysler y Julio Iglesias en 1978

El Cierre Digital en
/ Julio Iglesias e Isabel Preysler.
La noticia de la separación del cantante Julio Iglesias de la que era su mujer, la socialité Isabel Preysler, en el verano de 1978 cayó como una losa en la sociedad española. La prensa rosa se volcó en la historia de la relación de ambos y su ruptura después de siete años de matrimonio. Ahora, esta separación ha servido de empujón para que Tamara Falcó perdone a Íñigo Onieva su infidelidad y le dé la segunda oportunidad que su madre no le pudo dar a Julio Iglesias.

En el verano de 1978 tuvieron lugar varios acontecimientos de gran relevancia para España: la disolución de manifestantes a favor de la amnistía total en los Sanfermines que dejó cientos de heridos y un muerto, el accidente de los Alfaques producido por la explosión de un camión cisterna que dejó más de 200 muertos, dos atentados terroristas del grupo antifascista el GRAPO...

No obstante, ninguno de estos sucesos resultó tan mediático como la noticia de la separación del cantante Julio Iglesias de la que era su mujer, la socialité Isabel Preysler. La prensa rosa, y toda España con ella, se volcó en la historia de la relación de ambos y su ruptura después de siete años de matrimonio.

Ahora, esta separación que resonó tan fuerte en nuestra sociedad por entonces, ha servido de empujón para que Tamara Falcó perdone a Íñigo Onieva su infidelidad y le dé la segunda oportunidad que su madre no le pudo dar a Julio Iglesias –según comentaba la Marquesa de Griñón en el programa El Hormiguero hace unos días–.

La verdad sobre la historia de Isabel Preysler y Julio Iglesias

Durante su matrimonio, que comenzó en 1970, Julio Iglesias representó la aventura, los viajes, la puerta de acceso a un mundo que le había estado vetado por su origen y educación, e Isabel Preysler no dudó en acompañarle a todos los lugares donde él acudía. Isabel vivió esa etapa intensamente mientras duró, aunque siempre añoró una vida familiar más apacible que la transportara a ese recogido status que disfrutó durante su infancia en Manila, donde regresaba siempre que podía. Así lo cuenta Juan Luis Galiacho –director de elcierredigital.com– en su libro Isabel y Miguel: 50 años de historia de España.

A su llegada a Madrid, la pareja se instaló inicialmente en un apartamento en la madrileña calle del Profesor Waksman, muy cerca del Estadio Santiago Bernabéu, y muy próximo a donde con el paso de los años Isabel se vería furtivamente con el entonces ministro socialista Miguel Boyer. Casualidades de la vida. Luego Isabel y Julio se mudaron a un piso que compró el padre del cantante, el doctor Julio Iglesias Puga, en el número 31 de la calle de San Francisco de Sales, en el barrio universitario madrileño, donde vivía toda la familia.

Siete meses después de su boda, el 3 de septiembre de 1971,  nació su primera hija, María Isabel, conocida como Chábeli, en el Hospital Nuestra Señora de Cascais, en Portugal. “Cuando nació Chábeli -cuenta Isabel-, tardé un día en encontrar a Julio para comunicárselo. Tardó otro día en llegar a Estoril, donde nació la niña, y luego sólo pudo estar con nosotras media hora”. Isabel siguió acompañando a Julio Iglesias en sus giras, aunque fuera con Chábeli en brazos.

Pero el distanciamiento físico entre Isabel y Julio fue cada vez más habitual y constante. Y aunque el matrimonio pasaba menos tiempo junto, sus encuentros eran pasionales. Así, Isabel se quedó embarazada dos veces más albergando la esperanza de que esto representaría el regreso definitivo del hombre a quien entonces amaba. Pero eso nunca ocurrió. Nacieron sus dos hijos varones: Julio José, el 25 de febrero de 1973; y Enrique Miguel del que dio a luz el 8 de mayo de 1975. Desde entonces sus tres hijos ocuparon todo su tiempo. Ya no acompañaba en sus viajes a su marido, que cada día conseguía mayores triunfos discográficos, tanto en España como fuera de nuestras fronteras. Y las ausencias eran cada vez más largas y el teléfono había dejado de sonar con la insistencia de los primeros tiempos.

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Julio Iglesias e isabel Preysler en 1973.

Cuentan sus amigas que Isabel aguantaba todo aquello sin una queja aunque el cansancio y el hastío ya habían aparecido en su relación con el célebre cantante, un hombre que había relevado la vida de casado por la vida de artista, dedicando a su familia un tiempo que, a todas luces, no era suficiente. Las numerosas fans que rodeaban a su marido, los incontables idilios reales e inventados que se le atribuían, la reputación de donjuán, los reportajes de atleta sexual en las revistas, etc., iban minando cada vez más la relación de la pareja. Isabel, sin apenas familia en España, se iba encontrando cada vez más sola. E iba tomando poco a poco conciencia del progresivo alejamiento de su marido. Por entonces, el matrimonio ya había comprado una casa en la urbanización Guadalmar (Torremolinos), valorada en unos 25 millones de pesetas, donde iban a pasar las vacaciones. 

Isabel llegó a confesar a sus amigas que estaba harta de llamar por las noches a los hoteles donde se hospedaba el cantante y encontrarse al otro lado del teléfono con una extraña voz femenina. Era habitual, cuentan compañeros de entonces, que Julio al finalizar su actuación, todas las noches, ocupara acompañado de los músicos de la orquesta, dos habitaciones del hotel donde recibían, bebiendo y escuchando música hasta el alba, a las privilegiadas fans que tenían la fortuna de franquear las puertas de aquellas dos habitaciones intercomunicadas.

Por entonces, Julio Iglesias ya era una estrella en toda Latinoamérica. El cantante tenía fama de amante maravilloso y perfecto compañero de cama. Según él mismo ha confesado, tres mil es el número aproximado de mujeres que habrían pasado por su azarosa y complicada vida sentimental. Julio era el típico “Casanova” castigador. Prefería relacionarse con mujeres desconocidas que frecuentemente eran amantes de una noche. De aquella época todavía le quedan a Julio Iglesias supuestos hijos secretos que levantaron en su día la polémica. Uno de ellos es Javier Santos Raposo, fruto de una presunta semana de pasión en Sant Feliu de Guixol con la bailarina portuguesa María Edite Santos durante una gira veraniega por la Costa Brava en el año 1975. 

Todo esto enervaba aun más a una ya insatisfecha Isabel Preysler que nunca solía, ni suele, perder la compostura en los momentos críticos. El manager del cantante Alfredo Fraile declaró en más de una ocasión que las peleas entre la pareja eran normales. Pero Isabel sabía mantener y aguantar el tipo. Apenas salía a la calle porque él, en su convencionalismo, así se lo exigía. Era una especie de enclaustramiento casi monástico impuesto por Julio Iglesias, quien años después afirmaría: “Frente a mi vehemencia hispánica, Isabel colocaba su pragmatismo oriental. A una voz mía contraponía siempre el silencio. Y eso era algo que me amargaba aun más. La falta de discusión, de diálogo hace que dos personas, por mucho que se quieran, acaben por no tener nada en común”.

Él no entendía que una mujer pudiera divertirse alejada de su marido. Ella se había acostumbrado a no utilizar vestidos que pudieran llamar la atención de otros hombres porque, según Julio, “eso era cosa de malas mujeres, de fulanas”. “Cada día tenía menos marido, menos compañero y menos amigo”, dicen sus amigas. Aquel matrimonio sobrevivió a duras penas gracias al teléfono, pero con crecientes discusiones, perdiendo sentido y validez. La filipina no tardó mucho tiempo en darse cuenta de que algo fundamental en el matrimonio se había perdido y le complacía saber que ella aún podía enamorar a otros hombres. No quería continuar más con aquella relación. La separación era ya vox populi. Y no podía entender cómo Julito no se daba cuenta de lo que estaba ocurriendo.

“En diciembre de 1976 –cuenta Isabel-, tuve con Julio una discusión fortísima. Aproveché para decirle que lo nuestro no tenía remedio y que no había más salida que la separación. Pero me convenció de que nos diéramos un tiempo antes de tomar una decisión importante. Mi marido me consideraba una niña, me llamaba “pequeñaja” intentando crearme una sensación de inseguridad que yo no tenía, pues cada vez sabía mejor lo que quería. No nos separamos en 1976 a cambio de que mientras él estuviera fuera yo podría hacer mi vida. No me iba a quedar en casa en espera permanente. Saldría con mis amigos bastante más de lo que venía haciéndolo, que no era mucho”

Y así hizo. Empezó a combatir esa soledad con la amistad y compañía de Mari Carmen Martínez-Bordiú, que era su vecina del inmueble de la calle de San Francisco de Sales, número 31, donde la nieta del General Franco se había trasladado tras casarse con el duque de Cádiz, Alfonso de Borbón y Dampierre, y volver de su periplo como embajadores en Estocolmo. Carmen vivía en un piso más abajo que Isabel. De la mano de la nieta preferida del General Franco, a la que incluso acompañó en alguna ocasión al Palacio de El Pardo para tomar el té con su abuela Carmen Polo y ver películas de cine antes de su estreno, se reencontró durante las prolongadas ausencias del cantante con los círculos elitistas que había abandonado tras su matrimonio. No era la primera vez que Isabelita y Carmencita, una chica con carácter que vino al mundo solo ocho días después que la primera, compartían secretos. Se habían conocido en una fiesta de la jet set antes de casarse Isabel y, más tarde, compartieron amistades como las hermanas Belén y Carmina Ordóñez a las que veían con relativa frecuencia.

Meses después, fue la nietísima, hija de Carmen Franco y del marqués de Villaverde, quien la introdujo en las clases sociales pudientes a las que Julio Iglesias no podía llegar. Y aunque España ya se modernizaba con la llegada de la UCD de Adolfo Suárez, con la legalización del Partido Comunista y el destape en las pantallas cinematográficas, ser nieta de Franco era la salvaguarda y contraseña en un poder establecido, todavía bien unido a la figura del recién fallecido Generalísimo.

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Preysler e Iglesias.

Además, la transición política parecía abrir muchas posibilidades de lucimiento a las amistades de los miembros de la Casa Real, entre los que se encontraba Alfonso de Borbón, primo del Rey de España, por entonces aún casado con Carmen Martínez-Bordiú, una mujer ajena a su tiempo y a su familia.

Fue Carmencita la primera mujer que le abrió los ojos a Isabel, que le impulsó a dar ese gran paso rompiendo con los ideales de integridad espiritual. Isabel Preysler todavía estaba encorsetada en unos principios católicos tradicionales y no aceptaba en principio una solución de divorcio, una palabra aún maldita en esa España de finales de los años setenta y recién llegada a la democracia. Pero además, sabía que su familia, que le había inculcado una severa educación tradicional para ser la perfecta mujer casada, no admitiría su drástica solución y sería para ellos una afrenta grave.

Sin embargo, Isabel se había vuelto a reencontrar consigo misma, con su espíritu de libertad, su carácter independiente que desde pequeña le había dominado. Y lo disfrutaba en sus salidas y viajes relámpago con Carmen Martínez-Bordiú a, por ejemplo, Nueva York, donde visitaban tiendas y discotecas sin saberse vigiladas. Citas, encuentros, viajes que eran tema de conversación habitual en todos los cenáculos madrileños. Cuentan sus amigas que Isabel es una mujer reflexiva que prefiere la noche para ordenar sus pensamientos.

“Es cuando piensa, organiza y dispone. Le gusta sentarse a medianoche ante su tocador, se cepilla meticulosamente su pelo largo antes de acostarse, y medita sobre las pautas a seguir al día siguiente. Son sus principales ratos de tranquilidad que a veces necesita para pensar en sus cosas con más calma”. Curiosamente todo lo apunta, aunque dicen que tiene una buena memoria para recordar experiencias, caras  y nombres. Una de sus ex niñeras llegó a decir: “la señora suele llevar siempre en su mano por toda la casa una agenda de la que jamás se separa. Es una agenda de piel de cocodrilo de color marrón”.

En este contexto matrimonial, hubo un último intento de reconciliación en el verano de 1977, cuando Julio le propuso a su todavía mujer que ella y los niños se fueran a vivir con él a Estados Unidos: “Isabelita, España queda muy lejos del mundo y yo donde quiero ser importante es en América. Vente a vivir allí conmigo y los niños. Sabes que necesito la fama y el público, pero vosotros sois para mí imprescindibles. Seguro que superaremos este mal momento”,  le suplicó.

Julio insistió mucho a su suegra, Betty Arrastia, a la que idolatraba y a la que invitó meses después cuando dio un concierto en Manila, para que le ayudara en su objetivo e hiciera cambiar de opinión a su hija. En Filipinas la influencia de la madre es muy superior a la que ejerce el padre. Cuentan que ella quería una vida familiar apacible, sin sobresaltos ni aventuras y le disgustaba, en principio, ese ambiente que rodeaba constantemente al cantante, donde no cabía un pequeño receso. Se sintió profundamente dolida por la actitud de su marido que no quería prescindir absolutamente de nada y de nadie. Su profesión prevalecía por encima de todo, sintiéndose ella relegada a un modesto segundo puesto. Estaba convencida de que se trataba de dos mundos inconciliables. Que no tenía a su lado a la persona que había elegido para contarle sus preocupaciones cuando llegaba a casa, que no podían celebrar juntos los pequeños acontecimientos cotidianos ni podía ofrecerle su cariño día a día.

Fin a siete años de matrimonio

Ante este cúmulo de situaciones, el 21 de julio de 1978, en pleno arranque de la movida madrileña, se anunciaba finalmente la ruptura del matrimonio a través del diario Arriba, uno de los periódicos propiedad del llamado Movimiento Nacional, y de la revista Hola. El entonces redactor jefe de esta revista, Jaime Peñafiel, relató como transcurrieron los momentos más tristes y amargos de la pareja durante la tarde-noche-madrugada de ese día H: “Solo transcurrieron veinte horas entre la visita de Isabel a mi despacho de Hola para quejarse de su marido y la de Julio, acompañado de Alfredo Fraile, con el rostro demacrado, los ojos enrojecidos por falta de sueño o porque había llorado (aquella noche ya no durmió, es un decir, en el hogar familiar de la madrileña calle de San Francisco de Sales), para entregarme un papel, tan vulgar como una cuartilla y firmado por los dos en el que en diez líneas liquidaban siete años de matrimonio. Me entristece recordar ese día en el que Isabel, también descompuesta, con el rostro desencajado y llena de miedo, del propio miedo que sentía y no podía ocultar, intentaba justificarse ante mi, el amigo de su marido, por haber sido cogida en una falta que tenía nombre y título: el marqués de Griñón. Quizá porque pensaba que no hay mejor defensa que un ataque, comenzó a hablarme de sus frustraciones, de las ausencias de Julio, de sus infidelidades, de sus soledades… que eran verdades conocidas por este periodista“.

El comunicado final indicaba: “Saliendo al paso de posibles especulaciones o noticias escandalosas que puedan tener origen en la situación personal nuestra, conjuntamente nos consideramos obligados a explicar, de una vez para siempre, la determinación a la que libremente hemos llegado de separarnos legalmente. Ante todo, el supremo interés por nuestros hijos nos obliga a resolver de una forma amistosa y legal nuestra situación personal. Las razones, por ser íntimas, quedan para siempre en nuestras conciencias”.

Fue Julio Iglesias quien decidió cómo dar la noticia, redactarla, ofrecerla a los medios, etc. “Tú la firmas y punto”, le dijo a su ya exmujer. Pero faltaba lo fundamental: la resolución económica del conflicto. Tras iniciar Isabel Preysler las acciones judiciales para reclamar los bienes que le correspondían, se pactó que el cantante pasaría a su exmujer la cantidad de 180.000 pesetas que más tarde se elevaría a la de cerca de un millón de pesetas mensuales -según algunas fuentes- con el fin de contribuir a la alimentación, ropa y educación de sus tres hijos. Cuentan algunos allegados que, al dedicarse el cantante tan intensamente a su profesión, el dinero que le pasaba a su exmujer como manutención servía para él como coartada y justificación moral ante sus hijos.

A Isabel también le quedó un chalé en Guadalmar, en la Costa del Sol, y la vivienda de la madrileña calle de San Francisco de Sales, en el centro de Madrid, que el matrimonio había adquirido por doce millones de pesetas. Posteriormente, Isabel la vendió por cerca de cuarenta millones. Fue su primer pelotazo inmobiliario. Algunas fuentes que participaron en esa separación indican que Isabel actuó con generosidad pudiendo haber sido mucho más dura aún económicamente con el cantante, ya que había contraído matrimonio sin separación de bienes y tenía derecho a los gananciales.

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Isabel Preysler durante su boda con Julio Iglesias en 1971.

Esta desunión familiar provocó un cisma en el clan de los Preysler, que pusieron el grito en el cielo, nunca mejor dicho. Sus padres jamás comprendieron ni aceptaron esta separación y dejaron de llamarla. El trato entre ellos desapareció, al menos, durante dos años. Que una mujer decidiera separarse de su marido que era un señor famoso y triunfador, que decidiera rehacer su vida por solitario, sorprendió y resultó chocante para muchas mujeres de esa época que todavía estaban sometidas, en algunos casos, al yugo matrimonial impuesto por la iglesia católica.

Pero a ella parecía darle igual. Sabía que su primera meta estaba lograda. Y con la popularidad adquirida podía conquistar nuevos objetivos y erigirse en estrella por sí sola. Isabel Preysler dejó muy claro a todos sus enemigos que continuaría en el punto de mira de los españoles sin la necesidad de ser la mujer del cantante español más internacional. Un testigo presencial lo declaró de esta forma: “Julio le dijo a ella que ya no tendría nunca más la oportunidad de seguir saliendo en las portadas de las revistas, cosa que a ella le encantaba. Isabel no titubeó en la respuesta: Puedes estar seguro de que saldré en la prensa tanto o más que tú”. Isabel niega este rifirrafe: “Se han dicho tantas tonterías sobre esto, como que cuando me separé de Julio dije que iba a tener más portadas que él, eso no lo he dicho en mi vida, vamos, ni se me ha pasado por la cabeza, ni Julio lo puede decir y me ha asegurado que no lo ha dicho jamás porque no es verdad”.

Fue por entonces cuando Julio Iglesias, ya convertido en una celebridad tras su definitivo acuerdo con la discográfica americana CBS, adquirió su casa de Indian Creek en Miami (EEUU), para dar definitivamente el salto internacional e introducirse de lleno en el show business. Necesitaba refugiarse en su profesión para sobrellevar un fracaso amoroso que para él fue traumático, como recuerdan las letras de las canciones que por entonces compuso con gran éxito comercial.

Desde ese momento se convirtió en el cantante español que más récords ha batido. Sin embargo, cuentan sus amigos que es un personaje tendente a la depresión y egoísta, que necesita estar rodeado de personas que le quieran o aparenten quererlo. La familia de Julio Iglesias, que durante sus casi ocho años de matrimonio ejerció una gran influencia sobre la joven inexperta filipina, presionó insistentemente para que ésta renunciara a todos sus derechos.

Pero Isabel siguió su camino dejando de lado los obstáculos y críticas, mostrándose como una mujer aparentemente serena. “Cuando nos separamos, francamente y sin hacerme la humilde, pensé que se iba a acabar, pensé que me iban a dejar en paz, que la etapa de la fama se había acabado y que iba a ser una mujer normal, que haría su vida en el anonimato. Lo que ocurre con las revistas del corazón es que tienes que saber que una vez que te enfocan ya no puedes salir del círculo de luz…

¿Entonces, por qué crees que hay este interés en ti?... Yo creo que por la insistencia de la prensa y por la época en que comenzó todo esto”. Isabel ya parecía intuir que la fama no sólo es un placer sino también un medio importante de vida. Para ella, la fama era como el dinero, le permitía acceder a cosas que de otro modo le estaban vetadas. Quizá, su problema radicó en que no supo entender que la fama se retroalimenta de la propia fama. Y que uno no puede decidir en qué momento la deja. Es el mercado quien dispone y salirse cuando uno quiere es prácticamente imposible. E Isabel, desde entonces, nunca ha optado por abandonar ese modo de vivir.

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