06 de agosto de 2020
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EDICIÓN VERANO

La película 'El crimen de Cuenca' fue secuestrada y la militante socialista acusada de injuriar a la Guardia Civil por recrear torturas pasadas

Vuelve la censura: Cuarenta años del proceso militar contra Pilar Miró, la historia del primer caso en la democracia

Pilar Miró
Pilar Miró
Hace cuatro décadas una mujer tuvo que enfrentarse al rigor de la Justicia Militar por rodar una película de ficción. El enunciado de la frase no parece de una democracia, pero tuvo lugar en la España postfranquista. La protagonista fue una directora de cine, militante socialista y madre soltera:Pilar Miró. El asunto escandalizó al mundo de la cultura y tuvo ecos internacionales ante un proceso impropio de una España de 1980 que quería dejar la dictadura de Franco atrás. Hoy la censura vuelve.

Hace cuatro décadas, en 1980, España ya era una democracia, aunque lo correcto sería decir que peleaba por serlo. Aunque existía desde hacía dos años una Carta Magna y estaban legalizados los partidos políticos aún persistían los vicios de antaño. Pero el poder, acostumbrado a cuatro décadas de dictadura, seguía dando coletazos de intolerancia. El último gran caso se pudo ver cuando el país asistió a un proceso militar contra un civil, que era una mujer de aspecto enjuto, pero de coraje probado. Se trataba de Pilar Miró, cineasta y realizadora de televisión vinculada al Partido Socialista Obrero Español (PSOE), cuyas siglas ahora gobiernan en España.

En esos momentos estaba a punto de cumplir cuarenta años y desde su juventud se había acostumbrado a luchar contra una salud maltrecha y una sociedad donde el término machismo ni siquiera se utilizaba porque estaba asumido. ¿Cuál fue el delito de esta mujer madrileña y socialista? Realizar una película de ficción. Aunque ahora parezca alucinante, el Ejército se revolvió contra la cinta y contra su creadora. Como ahora también algunos dirigentes intentan contra los medios de comunicación y las libertades individuales.

La película de la polémica, El crimen de Cuenca, no era una obra de autor, sino un encargo. Los productores Lola Salvador y Alfredo Matas, decidieron llevar a la pantalla un guion, firmado por la primera con el pseudónimo de Salvador Maldonado, que versaba sobre una historia real sucedida en principios del siglo XX en los municipios de Tresjuncos y Osa de la Vega, en la provincia de Cuenca.

Dos campesinos (León y Gregorio) fueron acusados injustamente del asesinato de un paisano, de un pastor conocido como El Cepa que había desaparecido. Como no había pruebas ni indicios de ningún tipo, miembros de la Guardia Civil torturaron a los dos vecinos hasta arrancarles una confesión irreal del crimen que los llevó a prisión tras un proceso judicial sonrojante que lo fue aún más cuando El Cepa reapareció sano y salvo en su pueblo.

En una época donde los censos eran precarios, la supuesta víctima se fue de su tierra sin dar más explicaciones y nadie investigó nada. Ante este tremendo error ni los tribunales ni la Benemérita pidieron perdón. El poder no estaba acostumbrado a disculparse ante el pueblo y en 1980, seis décadas después, tampoco estaba dispuesto a que le recordaran errores pasados.

A los productores les costó encontrar a un cineasta que quisiera rodar este filme. Pilar Miró aceptó el envite. La realizadora de televisión, la primera que hubo en el país, había dirigido todo tipo de programas en TVE y una película, La petición (1976) sobre un relato de Emile Zola, con Ana Belén y Emilio Gutiérrez Caba, donde ya destacó entonces por su tratamiento naturalista de las escenas más escabrosas. En El crimen de Cuenca también parecía recrearse en las escenas de tortura.

Una civil ante la Justicia Militar

Este tratamiento hizo que el gobierno de la Unión de Centro Democrático (UCD) se asustara, y el Ministro de Cultura, por entonces Ricardo de la Cierva, pusiera la película a disposición de la Autoridad Militar. La censura había sido abolida oficialmente en 1977, pero el Director General de Cine avisó en diciembre de 1979, poco tiempo antes del estreno de la película, de que les retiraban la licencia de exhibición.

Las reacciones no se hicieron esperar y a mediados de enero el diario El País hizo público un manifiesto de más de cien intelectuales, como José Luis Aranguren o Nuria Espert, en defensa de Miró alegando que “es un gesto arbitrario, un abuso de poder, la demostración palpable de que la censura ideológica sigue vigente y, en definitiva, una medida anticonstitucional”.  

Sin embargo, en un país poco dado a respetar a la cultura como ocurre ahora también con el propio PSOE, nadie iba a hacer caso a un grupo de intelectuales y el 31 de enero de 1980 se oficializó el secuestro de la película. “Tanto por el planteamiento, duración de las escenas de tortura, núcleo central de la película, así como la crudeza de las mismas, unido a la campaña actual que sobre las torturas se está llevando a cabo, constituye una vejación al Cuerpo (Guardia Civil) de todo punto intolerable”, alegaron.

Pilar Miró en 1981 con su hijo, el mediático Gonzalo Miró. 

Aunque, en un alarde de hipocresía dejaron que el filme se viera en febrero en el Festival de Berlín, el asunto generó una enorme polvareda. El mundo cultural se posicionó a favor de la cineasta tanto a nivel nacional como internacional, donde reconocidos cineastas como Polanski o Fassbinder pusieron el grito en el cielo. Por si fuera poco, desde Francia se puso en duda que España se hubiera convertido de verdad en una democracia.

La imagen de Pilar Miró sentada ante un Tribunal Militar dio la vuelta al mundo y escandalizó a toda la prensa. Desde el diario ABC hasta la revista Interviú, todos los medios apoyaron a la cineasta. Al no existir redes sociales no hubo voces discordantes. “Lo que a ella le pase o no le pase es lo que le va a pasar o no pasar a la mujer española en la democracia creciente o menguante”, escribió Francisco Umbral en El País.

Clasificada S

Durante los meses que duró el proceso, Pilar Miró, además se convirtió en madre soltera, todo un ejemplo de libertad sobre sí misma en una España donde los axiomas más radicales de la Iglesia Católica aún marcaban la agenda moral. Gonzalo Werther vino al mundo sólo diez antes del Golpe del 23-F, que Pilar vivió aterrada. Madre soltera, militante de izquierdas y en mitad de un proceso militar, podría haber sido una víctima clave para los golpistas.

Pero el intento de involucionismo fracasó y, afortunadamente, el juicio de Pilar pasó de ser militar a civil y, finalmente, no hubo consecuencias. La película se estrenó finalmente en agosto de 1981 y fue todo un éxito de taquilla. Si bien, hubo de hacerlo bajo el sello de ‘Clasificada S’, una peculiar clasificación moral de los films muy representativa de la España del momento.

Pilar Miró con su amigo Felipe González. 

Los filmes 'S' iban más allá de las películas del destape, pero sin llegar a las explícitas películas pornográficas. Esto generó situaciones curiosas. Muchos actores se quejaron de que los productores incluían escenas más fuertes sacadas de filmes pornográficos extranjeros que se insertaban en mitad de los planos generales. Además, estos filmes se exhibían junto a cine convencional al no existir salas específicas.

También esta clasificación se colocó a películas que no tenían nada de erótico como Mad Max, La naranja mecánica o Las colinas tienen ojos. La confusa S desapareció precisamente cuando Pilar Miró ocupó la Dirección General de Cinematografía tras la llegado de Felipe González en octubre de 1982. Seis meses más tarde Miró legalizaba el cine X en España.

La clasificación S no fue el único cambió que albergaba El crimen de Cuenca cuando llegó a las salas. También los productores incluyeron al final de los títulos de crédito un mensaje a navegantes: “Esta película, de fondo histórico, relata unos hechos acaecidos hace más de 65 años, que fueron objeto de juicio y sobre los que recayó una sentencia.
Esta sentencia fue revisada y anulada en su día por el Tribunal Supremo. No hay en ella la menor intención ofensiva para ninguna persona, provincia e institución o Cuerpo del Estado, pues todos ellos merecen el mayor respeto de los ciudadanos”.

Había, todavía, que recordar que se estaba recreando una situación del pasado en un presente donde muchos parecían añorar ese terrible tiempo pretérito. 

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