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Un bombero observa un gran incendio forestal rodeado de vegetación y llamas intensas
COLUMNAS

Tiempos heroicos contra fuegos forestales o acordarse de Santa Bárbara cuando truena

Columna de opinión de José Ignacio Herce

En los últimos días, como la mayoría de los españoles, he seguido con preocupación el desarrollo de los terribles incendios forestales que asolan varias zonas de nuestro país. 
 
Ahora que la meteorología empieza a dar un respiro y parece que los incendios van a contar con un aliado muy eficaz para su control, siento la necesidad de recordar una realidad que suele olvidarse: los incendios no son cosa de un verano ni fruto exclusivo del cambio climático, otro invento gubernamental para desviar la problemática real, porque calor extremo ha habido y seguro que habrá siempre, y es por eso que todos los años ha habido incendios y los seguirá habiendo y  sólo con  la prevención, la coordinación y el trabajo callado de muchos profesionales se consigue que la mayoría no pasen de conatos.
 
Y es ahí donde quiero poner el foco del articulo y nunca mejor dicho. No pretendo analizar la situación actual ni repetir lo que los profesionales de la extinción saben desde hace tiempo, mi objetivo es otro, recordar que, igual que nos acordamos de Santa Bárbara solo cuando truena, a menudo solo se reconoce la labor de los equipos de extinción cuando el fuego “truena”. Y es que los incendios forestales, insisto, no son cosa de este año y aunque no siempre “truenen”, todos los veranos ha habido y habrá incendios  de mayor o menor magnitud que los actuales, pero todos ellos son potencialmente peligrosos en origen y  pueden ser lo suficientemente importantes cómo para poder darnos quebraderos de cabeza si no se atajan a tiempo.

Mi intención con este artículo no es otra que, haciendo un poco de historia, poner en valor los trabajos que se desarrollan cada año en relación con los trabajos de prevención y extinción de los incendios forestales y con ello, a los profesionales que los llevan a cabo “a pie de obra” evitando que en muchas ocasiones que esos “fuegos” incipientes lleguen a mayores.

Un bombero con casco y linterna lucha contra un incendio forestal de gran magnitud durante la noche rodeado de llamas y humo entre árboles.
Incendios. | Europapress


En aquellas inicios éramos apenas una veintena de técnicos en la Dirección General de Medio Natural, entre los que cuando comenzaba la campaña de incendios, se distribuian guardias de 24 horas en las que asumíamos la prevención, detección y, llegado el caso, la extinción de incendios.
 
Con el paso del tiempo, cuando el incendio tomaba grandes proporciones, estas responsabilidades se aliviaron con la creación del Puesto de Mando Avanzado (PMA), cuya labor se centra en coordinar brigadas, retenes, medios aéreos y forestales sobre el terreno. Todo ello en conexión con el CECOP, que asume la coordinación institucional. Un esquema que se mantiene hoy día.

¡Como olvidar cada mañan, cuando “cogíamos” la guardia de manos del técnico saliente con la esperanza de que no hubiera algo pendiente para resolver durante las 24 horas que nos quedaban por delante…! Y es que nuestras guardias no eran guardias tranquilas, eran guardias de tensión y decisiones rápidas. Había días con diez o más incendios, la mayoría de ellos rurales o agrícolas: quemas de rastrojos, de pastos, chispas de cosechadoras o trenes, barbacoas en urbanizaciones, etc. En nuestras actuaciones, lo que nos primaba era la eficacia -llegar pronto con los pocos medios que tenemos- y la seguridad de la gente a nuestro cargo. 

bomberos
Incendios. | Europapress

Era todo un engranaje en el que cada decisión contaba, desde la primera acción que era enviar a los agentes forestales a comprobar un aviso de humo, hasta movilizar los entonces llamados retenes, la maquinaria pesada y si eran necesarios, los medios aéreos.
 
La consigna era clara,  llegar lo antes posible al foco del fuego con los pocos medios disponibles y evitar que se extendiera, contando con que a menudo las comunicaciones -que se realizaban a través de emisoras y después con teléfonos móviles-, fallaban y dependíamos para mantener el contacto,  de la pericia de otro de nuestros grandes apoyos junto a los agentes forestales, los emisoristas.

Una vez con los medios ya sobre el terreno se iniciaba la partida de ajedrez contra el fuego, en la que había que sopesar nuestras bazas y, sobre todo, las suyas como el viento. humedad, tipo de vegetación…Una partida dura contra un enemigo feroz en la que había que valorar muy bien el uso de los medios, sobre todo los aéreos por su escasez, había que valorar muy bien donde había material combustible, para donde iba el viento, si era continuo o no…había que hacer una valoración rápida y en base a ella, una estrategia de intervención que, además, cambiaba continuamente y había que adaptarse a la situación según se desarrollaba.

Varios bomberos con equipo de protección trabajan para controlar un incendio forestal junto a una carretera
Bomberos. | Europapress

Como olvidar la angustia ante un cambio de viento, el principal elemento en un incendio o la llegada de la noche y con ello la retirada de los medios aéreos…Recuerdo noches enteras sin dormir sin apenas notar el cansancio por la adrenalina generada -otra cosa era al día siguiente-, cuando el viento cambiaba o caía la noche y había que replegar medios aéreos. 
A ello se una a veces la angustia de tener que gestionar varios incendios simultáneos en lugares distantes, que me toco vivir en mas de una ocasión. Pero gracias a la rapidez de respuesta y al conocimiento del terreno, muchos fuegos se quedaron en conatos y no se convirtieron en tragedias. 
 
Como dije, nuestros recursos materiales y humanos eran escasos y limitados, pero nuestro compromiso ilimitado, Éramos conscientes de nuestra responsabilidad y de  que  respondíamos de nuestras decisiones  hasta con la cárcel.
 
Hasta que se fue modernizando, trabajábamos con mapas en papel, con pocos retenes, menos helicópteros y una coordinación casi artesanal, pero con enorme compromiso humano. Recuerdo como cuando estallaba un incendio importante, los compañeros —técnicos y agentes forestales— se ofrecían voluntariamente, incluso fuera de servicio para aportar su ayuda. 
 
Y no lo haríamos muy mal porque, en casi tres décadas apenas hubo grandes incendios en la Comunidad de Madrid. Pero no fue casualidad, sino fruto de ese esfuerzo conjunto de técnicos, agentes forestales, bomberos, emisoristas y todos los integrantes del operativo.
 
 Y hoy, con más medios materiales, tecnológicos y económicos, sigue siendo necesario alguien que dirija y coordine. En algunas zonas será un técnico de la correspondiente consejería,  en otras un bombero, según las competencias, pero lo que que queda claro es que, sin esa labor callada de este personal, muchos incendios alcanzarían magnitudes mucho peores.
 
Por eso quiero reivindicar a todos esos profesionales invisibles que durante todo el año —y no sólo en verano— dedican su vida a que los fuegos no pasen de ser un susto. Porque los incendios se apagan y con el tiempo se olvidan, pero la memoria y el reconocimiento a quienes luchan contra ellos deberían durar todo el año.

Para finalizar solo quiero recordar a mis compañeros de aquellas épocas (muchos ya jubilados), técnicos, agentes forestales, emisoristas y demás personal con los que tuve el honor de compartir aquellos duros momentos y que, en mi caso al menos, siempre perduraran en mi memoria.

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