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Una sesión parlamentaria con numerosos asistentes aplaudiendo en un hemiciclo.
COLUMNAS

Extrema estupidez

Columna de opinión por José Francisco Roldán

Cuando nos hablan de polarización social debemos entender que hay dos grandes equipos enfrentados defendiendo posturas distintas y distantes. Hay demasiados obtusos decidiendo la ubicación geográfica de las ideologías olvidando a un gran número de ciudadanos libres, que deciden optar entre las ofertas partidarias teniendo en cuenta el análisis de los actos que definen su forma de entender la actividad política. Hay que tomar en consideración toda una serie de mensajes difundidos para convencer, a pesar de que la mayoría suelen ser la expresión de una hipocresía imperante, y lo que es peor, aceptada como normal por demasiada gente, alguna condicionada por su adhesión inquebrantable a monsergas falaces, emanadas de mentirosos compulsivos, especie que no parece estar en peligro de extinción.

Los sectarios  de siempre, como algunos nuevos poco originales, suelen etiquetar las ideas ajenas con arreglo a una consideración geométrica obsoleta, pero les sirve para identificar al oponente sin mayor rigor que la matraca infumable de los estúpidos. Las majaderías conforman el discurso de quienes resumen en unos cuantos eslóganes su proyecto político olvidando a quienes se informan y asumen sus decisiones con reflexión y serenidad, sin dejarse arrastrar por las boberías que algunos palestrantes derraman con demasiada profusión.

Sin embargo, y eso no supone un hándicap, cuentan con un tropel de seguidores, abducidos por siglas o argumentos enquistados, que suelen denominar progresista, un truco encuadernado en una trayectoria completamente opuesta, pero se emponzoñan en catalogarse como avanzados y no son más que predicadores sin dar trigo. Los gabinetes de expertos progres se arrogan la autoridad moral, absolutamente injustificada, como  fieles devotos de la apariencia, certificando a las personas con descaro y sin contraste. No es sencillo poder colocar ideológicamente a machistas, homófonos, racistas, sinvergüenzas, rastreros, estafadores, filibusteros o macarras, pues resulta injusto distribuirlos en algunos cajones sociales al uso.

Hay que aguantar defensores de la democracia sin practicarla, como los que tratan de acaparar el respeto por la justicia, mientras sus decisiones les sean favorables, porque tardan un instante en cambiar de lugar para criticar a los que osan interponerse en su ideario de la impostura. Es complicado posicionar a los malversadores o quienes se aprovechan del tráfico de influencias practicando sin remilgos el cohecho o las falsificaciones. Tampoco deberían admitirse los ejercicios geográficos justificando alianzas indecentes, mientras se ataca sin piedad conductas similares en otros nichos de la influencia social.

La extrema traición es mucho más grave que la traición benévola, como la insidia política o la intransigencia de los que se reparten el pastel del poder, porque lo esencial es sumar para ganar, sin entretenerse en valorar si estamos en el lugar ajustado a lo que proclamamos en el discurso trolero. Los puestos en el campo de la contienda partidaria los asignan quienes manejan la propaganda, sin valorar que en ese escenario del juego deben destacar los porteros, medios, centrales, defensas, delanteros, extremos y jugadores de equipo, luchadores aportando compromiso colectivo, empeño y disciplina para colaborar en el objetivo común.

Los hay empeñados en estigmatizar a los extremos descalificando su aportación sin argumentos solventes, porque todos son necesarios, mientras defiendan los colores del equipo, sus valores y reglas de juego. Resulta que Ortega Lara, que sustenta el maldito record de cautividad en un zulo terrorista, es un despiadado componente de la extrema derecha, sin embargo, sus captores y toda una serie de asesinos, como colaboradores del delito, aparecen en el campo como defensores de la convivencia y el progreso. Los más intransigentes, condenados por atentar contra la unidad de España ejecutando toda una larga serie de infracciones penales, son paladines de la normalidad y concordia institucional. Las demenciales decisiones puestas al servicio de la arbitrariedad deben considerarse de extrema estupidez. 

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