25 de agosto de 2019
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EDICIÓN VERANO

Con 17 años asesinó a sus padres y a su hermana María con síndrome de Dawn y una polémica sentencia consiguió que solo cumpliera 9 años

José Rabadán, el Asesino de la Catana y el debate sobre si los psicópatas pueden reinsertarse en la sociedad

José Rabadán.
José Rabadán.
Hay una extraña frontera que separa a un asesino de una mente sana. Esa frontera es tan diáfana que son apenas imperceptibles las diferencias hasta que ya es demasiado tarde. Los protagonistas de estos relatos de instintos criminales traspasaron esa barrera de manera brutal. Posiblemente, en su mente ya lo habían hecho antes de ejecutarlo. Un día su brutalidad llegó a tanto que pasaron a esa parte oscura de la Historia.

En la madrugada del 1 de abril del año 2000, José Rabadán, un adolescente de 17 años, entraría en la crónica de la España más siniestra. Todo en él hasta esa nefasta noche parecía normal, aunque llamaba la atención su afición por las artes marciales y los libros relacionados con el satanismo. Repartía su día a día entre el Instituto de FP y su casa en el barrio murciano de Santiago el Mayor que compartía junto a sus padres, Rafael y Mercedes, y su hermana María de 11 años y con síndrome de Down.

En las últimas semanas el carácter de Rabadán estaba contrariado. No conseguía pasar de cinturón blanco en sus clases de kárate. Se mostraba más retraído de lo normal. Comenta a los amigos que está pensando en matar a su familia porque cree que estará mejor solo. Por otro lado, ha conocido por internet a Sonia, una joven catalana y su padre le ha regalado una catana. Rafael intenta que su hijo se centre en los estudios, mientas su madre le oculta al padre algunas de las trastadas del joven como las largas charlas telefónicas que aumentaban las facturas.

La madrugada del 1 de abril se acostó con la firme intención de acabar con la vida de toda su familia. Todo ocurrió en torno a las siete y media. Rabadán se dirigió con su catana a la habitación donde dormía su padre. Lo golpea tres veces con fuerza en la cabeza y luego le clava la catana hasta cinco veces en el pecho. De ahí, se dirige a la habitación en la que duerme su madre junto a su hermana María. Mercedes está sentada en el borde de la cama espantada. Grita llamando a su marido sin saber que ya está muerto. José la golpea con la catana tan fuerte que incluso rompe la espada. Su siguiente objetivo fue su hermana María que estaba muerta de pánico ante la escena. No le tiembla el pulso y también acaba con ella.

Para evitar que el hedor de los cadáveres alertase a los vecinos, llenó la bañera con agua y metió el cuerpo de su hermana. Arrastró el del padre hasta el cuarto de baño, pero como pesaba demasiado lo dejó al lado de la tina. El de la madre apareció mutilado sobre la cama.

José Rabadán llegando a su juicio. 

La escena que dejó tras de sí era dantesca. Su ropa completamente ensangrentada era la prueba de aquella masacre, así que decidió cambiarse de vestimenta, pero dejándose la camiseta y la ropa interior.

Quería salir de allí lo antes posible. Lo único en lo que pensaba era en quedarse solo en el mundo, empezar una nueva vida y disfrutar de libertad para hacer lo que le viniese en gana. Su objetivo: irse a Barcelona. Allí vivía la chica, Sonia, con la que chateaba hasta altas horas de la madrugada a través de Internet.

Antes de partir, buscó dinero y con quince mil pesetas (unos cien euros) emprendió la fuga. Estaba amaneciendo. Lo primero que hizo fue irse al centro de Murcia y llamar a Sonia. Después, hacer autostop a las afueras de la ciudad para que le llevasen hasta Alicante. Ya en la estación de trenes, un guarda jurado advirtió la presencia del asesino acompañado de otro menor.

“Uno me dijo que era de Murcia y que iba a Barcelona con su amigo a ver a su abuela. Lo de Murcia me escamó, y también que viajaran solos”, explicó el vigilante a las autoridades. Entonces llamó a la policía narrando lo ocurrido. Cuando se acercaron a los jóvenes y les pidieron la documentación, ninguno llevaba el DNI.

Según el testimonio de los agentes, José “se comportó con naturalidad, muy sereno y hasta con frialdad”. Decidieron trasladarles hasta la Comisaría Central de Alicante para proceder a su identificación. Una vez allí comprobaron la verdadera identidad de José Rabadán. Habían pasado tres días desde el parricidio.

Trasladaron al joven a las dependencias de la Jefatura de Policía de Alicante y le tomaron declaración en presencia de un abogado. “Quería vivir una experiencia distinta. Estar solo. Que mis padres no me buscaran”, relató a los agentes. Los allí presentes no daban crédito a aquellas palabras, así que le preguntaron de nuevo: “Y a tu hermana, ¿por qué mataste a tu hermana?”. A lo que él respondió: “¿Y qué iba a hacer ella sola en el mundo...? La maté para que no sufriera”.

Una sentencia polémica

Tras confesar su autoría y una breve estancia en prisión, José Rabadán fue condenado por un juez a pasar seis años en un centro de menores y otros dos en régimen de libertad vigilada. Una sentencia que estuvo rodeada de polémica al dictarse en un juicio de treinta minutos de duración en el que fue clave un único informe psiquiátrico, que le diagnosticaba psicosis epiléptica idiopática, lo que sirvió como atenuante de la pena.

José Rabadán durante su entrevista concedida en 2017. 

La decisión generó todo un debate nacional. El sentir popular era que al joven le había salido barato matar a su familia. La Fiscal Mercedes Soler nunca estuvo de acuerdo con la condena y llegó a decir que Rabadán “se le escapó vivo”. Durante sus primeros meses en el Centro de Menores de Las Moreras recibió un montón de cartas de jóvenes que se declaraban fans del asesino. Como si fuera Alejandro Sanz, José Rabadán tenía un montón de seguidores. Entre ellos estaban las dos jóvenes que mataron a una compañera de clase en San Fernando (Cádiz). Con una de sus fans, Verónica Jiménez, llegó a tener encuentros vis a vis y hasta planeó casarse con ella. También envió varias cartas a medios de comunicación quejándose de que no estaba recibiendo el tratamiento adecuado a su psicopatía.

Otra carta cambiaría su vida. En este caso se trataba de un preso de la cárcel de Mansilla de las Mulas (León). Éste le recomendaba que se pusiera en contacto con una iglesia evangélica que se dedicaba a la rehabilitación de presos. Desde entonces, su vida dio un giro y al cumplir su condena se casó y encontró trabajo como bróker de Bolsa.

Hace dos años concedió una entrevista donde reconstruía su crimen. Achacó todo a la influencia del satanismo. Mostraba su redención, pero ¿y si en el fondo está protagonizando su escena final? De haber sido consciente de lo que hizo su crimen es perfecto. Pagó menos años de los que le tocaría y encima jugando con las reglas de la sociedad que cree en la reinserción ya no tendría que dar ninguna explicación. Tan sencillo como demostrar a todos que ha sido más listo. Para muchos, esta verdad, incómoda, se acerca a la realidad del caso Rabadán. ¿De qué sirve cometer un crimen perfecto si nadie se entera?. 

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