28 de noviembre de 2020
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FIN DE SEMANA

Boston, Amberes y Glasgow fueron los escenarios donde tuvieron lugar estos espectaculares sucesos, cada uno con un modus operandi muy particular

Cuando el robo se convierte casi en arte: Los tres atracos más recordados de la historia

Bruce Reynolds, el ladrón más famoso de la historia, fue el cerebro del asalto al tren de Glasgow.
Bruce Reynolds, el ladrón más famoso de la historia, fue el cerebro del asalto al tren de Glasgow.
Pese a su naturaleza delictiva, el robo y sus protagonistas, los ladrones, parecen ejercer sobre nosotros una inevitable atracción gracias en parte a la influencia del cine y la literatura, que nos hacen indagar en su lado humano. Hoy, repasamos los que posiblemente sean los tres atracos más celebres de todos los tiempos.

Los atracos generan una controversia mayor de la que podría imaginarse en un primer momento. Hablamos de atracos a gran escala, de los que exigen meses de estudio y preparación para llegar a buen puerto. Si bien la mayoría de la población los censura, resulta complicado resistirse a la fatal atracción que producen en nuestra mente. El riesgo, la complejidad, la teatralización de la que han gozado por parte de Hollywood… todo ayuda a la hora de que el gran público empatice con las motivaciones y sentimientos de los criminales.

La realidad, en ocasiones, supera a la ficción. En este sentido, no son pocas las ocasiones en las que la maestría de los “cacos” ha dejado estupefactos a pocos y extraños. Y es que, cuando se anhela algo con ansiedad, suele pasar que el ingenio humano alcanza cotas insospechadas. A lo largo de las siguientes líneas, abordaremos la historia de algunos de los atracos más célebres de todos los tiempos, hurtos descomunales que no dejarán indiferente al lector.

Simple y efectivo: Tragedia en el mundo del arte en la noche de San Patricio

Nuestro primer gran golpe se remonta al 18 de marzo de 1990, el día de San Patricio. Nos situamos en la ciudad de Boston (Massachusetts). Aquí se ubica el imponente museo Isabella Stewart Gardner, que alberga alrededor de 2.500 obras de arte procedentes de todo el planeta. Dos hombres disfrazados como policías entraron en la recepción del museo aquel día. De acuerdo con las autoridades, accedieron explicando al guardia de seguridad que su presencia respondía a un aviso por un altercado que se les había notificado.

Como el lector habrá podido deducir, las intenciones de estos “policías” no eran precisamente las de garantizar el orden en el museo. Todo lo contrario. El guardia que les dejó pasar se saltó el protocolo de la entidad. Craso error. Una vez dentro, los ladrones revelaron su verdadera identidad. Redujeron al guardia que les permitió la entrada y a uno de sus compañeros, encerrándolos posteriormente en el sótano. Entretanto, los criminales se hicieron con las piezas.

Sabían perfectamente lo que querían, pues se dirigieron directamente a la sala holandesa. Hurtaron dos valiosas obras de Rembrandt. Por un lado, un grabado en blanco y negro, Dama y Caballero en negro y, por otro lado, Tormenta en el Mar de Galilea, única pintura marina del pintor. Del mismo modo, se llevaron (parece ser que por una confusión) un Govaert Flinck, puesto que originalmente se le atribuyó a Rembrandt. Sea como fuere, su robo continuó. Sustrajeron El concierto, de Vermeer, cinco dibujos de Edgar Degas, un Manet y un estandarte en forma de águila de época napoleónica.

El museo muestra a través de marcos vacíos qué obras se robaron y dónde se ubicaban.

En total, los criminales estuvieron una hora y veintiún minutos en el museo y, al salir, tuvieron la precaución de quedarse con las cintas de seguridad. Cargaron los cuadros en dos furgonetas y se dieron a la fuga. Un robo tan simple en su concepción como eficaz en su ejecución. Boston durmió aquella noche con la tranquilidad que aporta el desconocimiento. No obstante, a las 8:00 de la mañana del día 19, el descomunal robo salió a la luz. La conmoción en el mundo del arte estaba servida. En total, 13 obras valoradas en 500.000 millones de dólares fueron robadas. Ninguna de ellas se ha recuperado.

La única pista que siguió el FBI los llevó hasta dos sospechosos, que presuntamente podían ser los atracadores. Sin embargo, para cuando les localizaron, ya habían fallecido. Antes, habían introducido los cuadros en los círculos mafiosos, donde las autoridades les perdieron la pista. Más que el robo en sí llama la atención el hecho de que las autoridades no hayan conseguido localizar ningún rastro de las obras en todo este tiempo. El robo del Gardner está considerado como el mayor de la historia de los Estados Unidos y hoy sigue siendo un auténtico misterio.

La “Escuela de Turín” se hace con un tesoro custodiado bajo tierra

Los diamantes son por excelencia uno de los objetos más codiciados por los ladrones. Pocos lugares en el mundo hay con más gemas de este tipo que el Centro Mundial de Diamantes de Amberes (Bélgica). El 15 de febrero de 2003 tendría lugar el conocido como “robo del siglo” en esta ubicación. No obstante, para tener éxito, los atracadores no lo tuvieron nada fácil. Iban a infiltrarse en uno de los edificios más seguros del mundo.

Diez niveles de seguridad para llegar a una bóveda situada dos pisos bajo tierra que albergaba las piedras preciosas. Entre ellos y su objetivo, una cerradura con cien millones de combinaciones, sensores sísmicos e infrarrojos, un campo magnético y un radar de Doppler, entre otras lindezas. Sin contar, claro, con el personal de seguridad del centro.

Los diamantes robados por la "Escuela de Turín" todavía no han aparecido.

A pesar de todo, la Escuela de Turín, una banda de cinco hombres liderados por el célebre Leonardo Notarbartolo, consiguió robar diamantes por valor de 100.000 millones de dólares sin dejar una sola huella. Tampoco hicieron uso de violencia alguna. Nadie se explica cómo lo consiguieron.

Sin embargo, aunque el botín no ha sido recuperado, al contrario que en el caso anterior Notarbartolo fue detenido y condenado a diez años de prisión (aunque en seguida se le concedió la libertad condicional). Después de tanta precisión y concienzuda preparación, el ladrón fue localizado gracias al ADN que había dejado en un sándwich que las autoridades encontraron cerca de donde había tenido lugar el atraco. Según su versión de los hechos, la Escuela de Turín fue contratada por un comerciante de diamantes de identidad desconocida.

El Monopoly frustra una travesía de película en Glasgow

Lo que sucedió el 8 de agosto de 1963 en el trayecto del tren de correos Glasgow-Londres, que transportaba 2.6 millones de libras (cifra récord para la fecha), constituye uno de los episodios más recordados de la historia del crimen mundial. Previamente, en el cerebro de Bruce Reynolds, santo y seña del atraco, se gestó el atraco, un atraco que perviviría para siempre en la memoria colectiva. Reynolds pasó meses estudiando el recorrido y los posibles contratiempos que pudieran derivarse de su misión. Asimismo, escogió en función de sus habilidades a sus camaradas para tan arriesgada empresa.

La localidad de Cheddington fue la ubicación escogida para que Reynolds y los 15 integrantes de su banda subieran al tren. Ataviados con pasamontañas, consiguieron rápidamente desenganchar la locomotora, haciéndose con el botín. No utilizaron armas, aunque se vieron obligados a golpear con una barra de hierro al conductor del tren. Todo había resultado según lo planeado. Los problemas vendrían después.

Una vez cometido el crimen, la banda se refugió en una granja de Leatherslade. Allí, mataban el tiempo jugando al Monopoly. Teniendo en cuenta sus circunstancias, podían permitirse jugar con billetes reales. Este juego de mesa sería su perdición. Reynolds y sus cómplices abandonaron la granja, pero el Monopoly permaneció allí. Cuando el detective Jack Slipper y sus compañeros localizaron el lugar, las huellas del juego de mesa posibilitaron una redada que, medio año después del golpe, acabaría con varios miembros de la banda detenidos.

Algunos de los asaltantes al tren años después. 

Todos fueron declarados culpables en el juicio que se celebró posteriormente. Cuando cumplieron sus condenas, muchos encontraron un triste final. Algunos se suicidaron. Otros, fueron asesinados. El destino de Reynolds fue diferente. Se las arregló para escapar de la justicia y se movió entre las sombras por países como Canadá o México. No obstante, acabó arruinándose y tuvo que volver a su nación natal en busca de fortuna, hecho que las autoridades aprovecharon para capturarle. Cumplió una condena de diez años de prisión. Cuando salió, en plena década de los ochenta, volvería a ser detenido por tráfico de anfetaminas

A partir de aquí, su faceta criminal se extinguió. Durante el resto de sus días se dedicó a asesorar proyectos de todo tipo orientados de alguna manera a su gran atraco. Finalmente, falleció en 2013 en su cama a los 84 años.

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