19 de mayo de 2019
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FIN DE SEMANA

El mayor atentado terrorista de la historia de España dejó secuelas imborrables en quienes salvaron su vida aquel día

Los supervivientes no olvidan, quince años del 11-M: “Todavía pesa el silencio, el humo y el olor a carne quemada”

El día después del 11 M, la estación de Atocha se cubrió de velas
El día después del 11 M, la estación de Atocha se cubrió de velas
Madrid recordará este lunes con siete actos a las 193 víctimas mortales y los alrededor de 2.000 heridos provocados por los atentados terroristas del 11 de marzo de 2004. Recordará, quince años después, el aniversario de la tragedia y la memoria de los que dejaron su vida ese día en el que toda España, todo Madrid, saltó por los aires. Los supervivientes agradecen haber triunfado ante la muerte, pero siguen preguntándose “¿por qué yo y no los que estaban allí, tan cerca?”

El 11 de Marzo de 2004, un fuerte estruendo sacudió la capital. Debía de ser algo muy fuerte, otro atentado, quizá, pensaron muchos, familiarizados todavía con el recuerdo del golpe seco, sordo, impactante  al que el terrorismo de ETA nos tenía esporádicamente acostumbrados en España. Efectivamente. Diez de las trece bombas colocadas por terroristas yihadistas explosionaban en cuatro trenes de Cercanías de Madrid, en las estaciones de Atocha, Santa Eugenia, El Pozo y junto a la calle Téllez.

Velas en recuerdo de las víctimas de los trenes que no llegaron a Atocha.

A las 7:37 de la mañana estallaron las primeras bombas. Las cámaras de vigilancia recogen las tres explosiones producidas consecutivamente y el caos y el humo que inundó el andén. Un minuto después, dos artefactos más estallaban en el tren 21435, a la altura de la estación de El Pozo, en el barrio de Vallecas. El tren se dirigía, como cada día, hacia Atocha, repleto de universitarios y trabajadores.  Después llegó otra ,en un tren en la estación de Santa Eugenia. Tres estallaron en el vehículo 21431. Las últimas cuatro estallaron en la calle Téllez, en el tren 17305, a 500 metros de la entrada de la estación.

En ese último tren viajaban Francisco Alameda y Luis Alberto Ahijado. Dos usuarios del tren que a diario subían a sus vagones para ir, el primero a su trabajo, y el segundo, a estudiar.

Salvado por los demás viajeros que frenaron la onda expansiva

Francisco trabajaba como conservador del cauce del Río Manzanares. Iba sentado al final del vagón en el que hizo explosión una de las bombas. Subió en Alcalá de Henares, donde reside todavía. El tren se detuvo un poco más tiempo de lo previsto en la Calle Téllez. El vagón iba repleto de gente. Cuerpos, que “me salvaron la vida”, reconoce Francisco. “Ellos absorbieron la onda expansiva y frenaron el impacto”. De repente, un golpe enorme en sus oídos, un sonido ensordecedor y se despierta en el suelo.  “Vi que no había puertas en el vagón, todo estaba al aire, y sin pensarlo me bajé del tren, me di cuenta únicamente de que no tenía mis gafas y volví al vagón a buscarlas”. Entonces reaccionó, quizá el “olor muy fuerte a carne quemada” le hizo darse cuenta de la situación trágica que estaba viviendo.

“Estuve ayudando como podía a otras víctimas, utilizamos las puertas del tren como camillas, tenía los oídos muy dañados y un enorme dolor", por el que al final le llevaron al hospital. Recuerda especialmente “una señora intacta, a la que quise ayudar, junto a las vías, sin un rasguño pero muerta ya, según le dijo un policía”. Pero el “olor a carne quemada es lo que más metido tiene en su cabeza a día de hoy”, además de la “ imagen desoladora que poco a poco iba descubriendo” a medida que el humo y los amasijos de hierros iban dejando ver los cuerpos sin vida, completos o no, que había a su alrededor.  

Uno de los trenes afectados por las explosiones.

Francisco tardó dos años en volver a subir a un tren. Pero sigue preguntándose cada día "¿por qué  yo me salvé y no los demás? ¿por qué estoy vivo y los otros no?, es mi pregunta recurrente, inevitable..." No encuentra respuesta.  Ahora, Francisco se considera recuperado, su salud está bien y apenas se resiente de las secuelas en los oídos. Fue afortunado. Como secretario de la Asociación Víctimas del 11-M, Francisco recuerda que siguen necesitando ayudas médicas, prótesis, ayudas sociales para algunas víctimas que están en paro o convalecientes, ayuda psicológica para poder seguir viviendo con ese trauma.

Es lo que también recuerda como necesario Luis Alberto. Un joven de apenas 24 años que se preparaba para ser bombero cuando, en un lateral de ese mismo tren que se detuvo en la Calle Téllez, sintió que el mundo le caía encima. Luis Alberto recibió un impacto de tal dimensión en su cabeza y rostro que pensó que la catenaria se había desplomado sobre el techo del tren.

Un golpe inmenso en su mandíbula 

Luis Alberto sintió  una fuerza descomunal que le catapultó hacia arriba. “Sentí un golpe como de barra en la mandíbula, y de inmendiato, me sorprendí quitándome otros cuerpos de encima, cuerpos de gente que viajaba conmigo, me tiré del tren a las vías, sin pensarlo, y me puse a caminar sin saber hacia dónde iba. No oía nada, no veía nada, había humo denso, solo escuchaba un fortísimo pitido. Estaba mareado, desorientado. Me di cuenta de que tenía sangre, la ropa rota, la piel se me caía de las manos, se despegaba, y volví hacia atrás a buscar mi mochila que recordé de pronto. Vi entonces muchos cuerpos y había silencio sepulcral. Cuerpos por todos sitios, silencio, y olor muy fuerte a carne quemada, muy fuerte...”. 

Luis Alberto recuerda que "no es como en las películas, no hay gritos, los heridos apenas podían decir nada, pesaba el silencio.  Vi gente deambulando y otros que empezaban a ayudar a los heridos. Unas chicas me recogieron y me sentaron en el suelo, me decían que no me tocara nada, sangraba por la cabeza mucho y pensaron que tenía  algo ahí.”

Manifestación multitudinaria frente a Atocha en la que se unieron autoridades y ciudadanos contra el terrorismo.

Luis Alberto sufrió gravísimas heridas en la mandíbula, en las extremidades, quemaduras en las córneas, perforación de tímpanos... Todavía tiene secuelas en sus oídos, y en su rostro y cabeza, metralla. “Escucho un pitido constante, me he acostumbrado a vivir con ello, y tengo que ponerme gotas en los ojos a diario, he perdido parte de la sensibilidad de mi rostro...  y no he podido volver a bucear, que me encantaba...”.  Pese a todo, Luis Alberto aprobó su oposición a bombero, aunque aún hoy espera su plaza.

“Cuando me llevaron al hospital, al 12 de Octubre, al entrar, vi como un hombre se cubrió la cara con un periódico y se giró, pensé que mi aspecto debía de ser muy malo. Me rasparon la piel quemada con un cepillo duro. Así evitaban que se me quedara la piel oscura. Después, empezaron a llegar otros heridos realmente en peor estado que yo... fue el caos en el Hospital”. 

Los ciudadanos  se volcaron esos días con las víctimas de Madrid  y acudieron a donar su sangre haciendo largas colas. 

Todos los hospitales y centros de salud se vieron desbordados tras el atentado del 11-M. No había ya ambulancias para trasladar a los más de 1.500 heridos que provocaron las explosiones yihadistas. Taxis y coches particulares llegaban hasta Atocha y demás lugares afectados para ayudar con los traslados.  Ese día todos eran uno. La estación madrileña era un escenario dantesco, los heridos apoyados en farolas, muros, coches, fuentes, paradas de autobús... Sangre y restos de pertenencias y materiales por el suelo, gente corriendo, gritos y llantos. Los sanitarios realizando los primeros auxilios en plena calzada. Madrid había sido golpeada y herida. El impacto entraba por los ojos y perforaba el ánimo. Había miedo en el aire, inseguridad, incertidumbre pero también se podía sentir la fuerza de los que aún podían correr, ayudar y  hablar.

Luis Alberto nunca quiso hablar de ello. “Hay otras personas que lo tienen continuamente en sus conversaciones, en su cabeza, yo no. Sin embargo, un día, en la Audiencia Nacional, durante el juicio, la madre de una chica que murió allí, me pidió que habláramos por los que ya no estaban. Desde entonces lo cuento, pero solo he ido una vez al psicólogo. Lo que sí creo se necesita es que se recuerde todo lo que se prometió tras los atentados. Ayudas sociales, iban a reservar ciertas plazas para las víctimas en los concursos públicos, sólo lo ha hecho Aragón este año, se iban a dar facilidades para acceder a viviendas de protección oficial, tampoco se ha hecho. Solo hay ciertas becas y ayudas por hijos. Se prometió mucho y ahora hay un poco de abandono. Yo me pago todos los medicamentos necesarios para tratar mis secuelas...”   

Madrid nunca fue igual tras esos atentados. 

Luis Alberto tiene ya 38 años y describe ese día, esos momentos con 3 palabras: muchísimo miedo y desorientación.  Aquella noche pudo dormir, pero durante días tuvo sirenas retumbando en su cabeza. Nunca tuvo pesadillas. Vivió una demasiado fuerte.

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