02 de julio de 2020
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FIN DE SEMANA

La madrugada del 30 de abril este joven de 20 años junto a un amigo de 17 asesinaron a Carlos Moreno un hombre de 53 por el placer de hacerlo

Jugar a matar: La historia de Javier Rosado y el 'Crimen del Rol', que impactó a la sociedad en los años 90

Javier Rosado.
Javier Rosado.
El conocido como ‘Crimen del Rol’ conmocionó a la España de los años 90. Un crimen sin móvil aparente sorprendió a una sociedad acostumbrada a crímenes con motivaciones clásicas: sexo, venganza o dinero. En esta ocasión, Javier Rodado, un estudiante de química de 20 años acompañado de un joven de 17 años acabó con la vida de un hombre de 53 años. Todo era un juego macabro que costó la vida a un inocente.

El 30 de abril de 1994, Javier Rosado, un joven estudiante de química de 20 años de edad entró en la historia de la crónica negra española gracias a un crimen terrible e irracional. Lo cometió en compañía de un menor de edad, su amigo Félix Martínez que tenía en esos momentos 17 años.

Rosado era aficionado a la literatura de tipo fantástico, en especial de H.P. Lovecraft, y a los juegos de Rol, algo casi desconocido en nuestro país en aquellos años. Rosado y su amigo mataron a Carlos Moreno, un hombre de 53 años que esperaba tranquilamente el autobús. Estos juegos tradicionalmente se desarrollan sobre un tablero, con dados, figuras a escala y otros accesorios que permiten a los jugadores reunidos en la mesa involucrarse mejor con la historia narrada por un miembro que ejerce como director. Eso es lo que intentaba ser Javier Rosado, el director de su propio juego de rol. A este juego decidió llamarlo “Razas”.

Para su juego captó como compañero a Félix Martínez, proveniente de una familia desestructurada y al que conoció asistiendo a un partido de fútbol. Rosado no estaba ahí por interés por el deporte rey y llamó la atención de Martínez que pronto entabló una relación de amistad con él.

Retrato de un asesino

Javier Rosado padecía problemas estomacales, era enfermizo y muy delgado, lo que hacía que muchas veces se encontrase postrado en cama sin salir de casa. Eso le hizo convertirse en una persona uraña y con pocas amistades. Sin embargo, con Félix Martínez su mostró expansivo y cercano. Fue en una de esas convalecencias, en este caso por una lesión en la pierna, cuando los jóvenes dieron con la idea de lo que sería su nuevo juego de rol “Razas”. En un primer momento no era más que otro juego de mesa. Rosado inventaba las reglas y ponía en marcha la narración, mientras que Félix simplemente escuchaba y seguía la corriente a su amigo. No obstante, con el tiempo, el mayor de los chicos decidió que un juego de mesa no era suficiente, que sus ideas podían trasladarse al mundo real, que podía ser capaz de ser un director y que sus actos no tendrían consecuencias.

Carlos Moreno, la víctima. 

De carácter engreído, Rosado estaba convencido de su superioridad intelectual y decidió jugar a quitar una vida humana estando convencido de que no le pasaría nada. Sin embargo, la víctima daba igual. Él prefería una mujer joven. Así lo dejó escrito en sus terribles diarios que en su día fueron usado como prueba en el juicio y que haría públicos la revista Interviú: “Era preferible atrapar a la mujer, joven y bonita (esto último no era imprescindible, pero sí muy saludable), a un viejo o a un niño, ya que si intentabas apuñalar a un tío nunca sabrías con qué te estabas metiendo.

Aunque la defensa de Rosado alegó que el texto de su diario era un relato de ficción parece claro que lo allí narrado se acerca, si bien dentro de la narratividad calenturienda de Rosada, lo sucedido aquella noche del 30 de abril de 1994.

 “Salimos a la una y media. Habíamos estado afilando los cuchillos, preparando los guantes y cambiándonos, poniéndonos ropa vieja en previsión de que la que llevaríamos quedaría sucia… Quedamos en que yo me lanzaría desde atrás y agarraría a la víctima mientras él le debilitaba con un cuchillo de considerables proporciones”, narraba Rosado.

Tal y como se relata salieron con ropa vieja a la 1:30 de la madrugada del 30 de abril y se plantaron en el barrio de Manoteras en busca de una víctima propicia. Así estuvieron hasta la 4:15 de la madrugada. Intentaron varias veces captar a alguien joven. Así lo refleja Rosado en sus diarios. Ante la dificultad, decidieron cambiar de objetivo.

“En una de las entradas de la calle de Cuevas de Almanzora vimos a la que pudo ser nuestra primera víctima: una morena, que salió de su casa para meterse en su coche, dejándonos con la boca agua y lamentándonos por no haber pasado por ahí treinta segundos antes. La segunda víctima posible era una jovencilla bastante de buen ver a la que el novio estaba acompañando a casa. Fuimos inmediatamente detrás de ella, que se había metido por un callejón. Nos metimos en él tras ella sólo para oír una puerta cerrarse prácticamente en nuestras narices. Esta vez fueron menos de diez segundos los que nos separaron de nuestra presa”, relata el diario, que unas líneas después añade: “Nos cruzamos además con un tío que salió de un coche y que me pasó a menos de diez centímetros. Si hubiera sido hembra, ahora estaría muerta, pero por aquel entonces seguíamos con la limitación de no poder matar más que a mujeres”, cuenta Rosado.

Carlos Moreno estaba casado y tenía tres hijos. Cobraba una nómina de 60.000 pesetas (360 euros) y ese día volvía de visitar a su amiga Modesta, a quien solía acompañar a esas horas desde hacía cinco años. Carlos esa noche había cobrado, lo que usualmente lo incitaba a coger un taxi. Sin embargo, ese día decidió no hacerlo y esperar el autobús nocturno, el ‘búho’.

Los juegos de rol eran poco conocidos en aquella época en España. 

En la parada se le aproximaron los dos jóvenes, quienes le pidieron un cigarrillo y de inmediato empezaron a apuñalarlo. Carlos se resistió todo lo que pudo al ataque. Su resistencia quedó plasmada en uno de los extractos del diario de Rosado: “Era espantoso: ¡Lo que tarda en morir un idiota! Llevábamos casi un cuarto de hora machacándole y seguía intentando hacer ruidos. ¡Qué asco de tío! Mi compañero me llamó la atención para decirme que le había sacado las tripas”.

Pasaron 20 minutos hasta que Moreno dejó de gritar y pedir ayuda. Sus verdugos se habían ensañado con él. Lo habían apuñalado, destripado, golpeado y habían quebrado su columna. Finalmente, su cadáver fue desechado en un terraplén para ser encontrado más tarde por un conductor de autobús. Félix se fue a dormir pensando que había pasado una buena tarde con su mejor amigo y Javier creía que había cometido el crimen perfecto, un masaje más para su ego.

“Mis sentimientos por hacer el asesinato en sí mismo no existían en absoluto, demostrándome que mi mente era fría y calculadora en cualquier situación y dándome esperanzas para otras acciones. No sentí remordimientos ni culpas, ni soñé con mi víctima, ni me inquietaba el que me pillaran. Todo eso eran estupideces”, confesó Rosado en su Diario.

La traición del ego

No obstante, Rosado no era el genio que creía ser. Durante el ataque habían perdido un reloj, y Carlos había arrancado un pedazo de látex de uno de los guantes de los jóvenes. Una de las grandes ventajas con las que contaban es que este era su primer delito y, por lo tanto, su ADN no estaba fichado y tampoco tenían antecedentes penales. No obstante, el ego, en colaboración con la falta de sentido común de Rosado lo llevaron a vanagloriarse del crimen delante de otros jóvenes, entre ellos, un joven de 17 años llamado Enrique que explicó a su padre lo que había escuchado y este fue de inmediato a denunciar los hechos a la policía.

Los dos culpables fueron detenidos y el caso saltó pronto a los medios de comunicación. Javier Saavedra, abogado de la acusación recordaba años después en El Español la trascendencia del asunto: “Hay que recordar que fue el primer juicio en Europa en el que se planteaba, desde el punto de vista de la psiquiatría forense, la doble personalidad”. La función de Saavedra fue demostrar que Rosado no estaba loco, que era responsable de sus actos y que no sufría de ningún padecimiento psicológico, que solo era un narcisista compulsivo que había sobrestimado enormemente su inteligencia.

Javier Rosado llegando al juzgado en 1997. 

A diferencia de su amigo, Félix confesó enseguida. No era un muchacho conflictivo, simplemente carecía de una personalidad fuerte y auténtica, era capaz de todo para satisfacer a su amigo. Sin embargo, Rosado intentó convencer a los psicólogos de que padecía un trastorno de personalidad múltiple, pero no fue capaz de engañar a dos de las psicólogas que le evaluaban: Blanca Vázquez y Susana Esteban.

Finalmente, Rosado fue condenado a 42 años de prisión. Por ser menor de edad, Félix recibió una condena significativamente menor 12 años. Félix se ha vendido durante años como un ejemplo de reinserción por parte del sistema penitenciario español. Estando en prisión estudió informática. Durante la investigación y las visitas de los psicólogos se mostraba arrepentido e incluso dudaba de haber estado cuerdo cuando cometió el crimen. Admitió que su falta de personalidad y necesidad de aprobación lo habían hecho débil a las manipulaciones de su amigo por el que seguía demostrando respeto. Vivió varios años en Berlín (Alemania), pero regresó a España en 2006, donde pasó al anonimato y se ha ocultado de la vida pública.

En cuanto a Rosado, durante su estancia en la cárcel se sacó tres carreras, Química, matemática e ingeniería informática. Su buen comportamiento y voluntariado enseñando matemáticas a otros reclusos le permitieron reducir su condena, aunque la Junta de Tratamiento renunció ponerlo en libertad cuando lo solicitó su defensa en 2007. Tres años después salió de prisión. Como su amigo, ha pasado al anonimato y ha procurado mantener un perfil bajo, sin apariciones en la vida pública.

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