20 de junio de 2019
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FIN DE SEMANA

Solamente se pudieron demostrar dos asesinatos, pero la Policía vasca intuye que pudo haber cometido muchos más

El perfil siniestro de Juan Carlos Aguilar, el falso monje Shaolín de Bilbao, un mentiroso donde se ocultaba un psicópata asesino

Juan Carlos Aguilar, el falso Monje Shaolín.
Juan Carlos Aguilar, el falso Monje Shaolín.
Hay una extraña frontera que separa a un asesino de una mente sana. Esa frontera es tan diáfana que son apenas imperceptibles las diferencias hasta que ya es demasiado tarde. Los protagonistas de estos relatos de instintos criminales traspasaron esa barrera de manera brutal. Posiblemente, en su mente ya lo habían hecho antes de ejecutarlo. Un día su brutalidad llegó a tanto que pasaron a esa parte oscura de la Historia. Es el caso de Juan Carlos Aguilar, el Monje Shaolín de Bilbao.

Juan Carlos Aguilar no era un monje Shaolín ni campeón nacional de Kung Fu. Sí era un asesino. Se le condenó por dos crímenes, pero las dudas sobre si hubo más asesinatos persisten en torno a un hombre que transmitía una falsa sensación de paz, mientras tejió una red de mentiras que, además, se tiñeron de sangre.

Juan Carlos Aguilar comenzó a interesarse por las artes marciales gracias a su hermano mayor, a mediados de los 80. El kárate y el Kung Fu se convirtieron en modas que hicieron furor en la España de la época. Un hobby que fue potenciado por el éxito de las películas de artes marciales que abarrotaban las estanterías de los recién creados videoclubs. Una moda que, como tantas otras, llegó con una década de retraso a nuestro país.

Esta afición llevó a los hermanos Aguilar a montar un gimnasio en su ciudad, Bilbao. En febrero de 1992 un suceso cambió la vida de Juan Carlos. Su hermano falleció mientras estaba agachado en el hueco del ascensor. Cuando el montecargas desciende por sorpresa acaba con la vida del joven. A tenor de la posterior vida de Juan Carlos, la Ertzaintza reabrió la investigación sobre esta muerte, cuanto menos curiosa.

Un viaje revelador a China

Dos años después de este fallecimiento, Juan Carlos viajó a China. Su visita al país asiático cambio su vida. Regresó a Bilbao un año más tarde y montó un nuevo gimnasio. Ahora se contaba con un nuevo atractivo: Juan Carlos era un monje Shaolín. Según él se había convertido en maestro en el milenario templo de los monjes guerreros. Era mentira. Aguilar se benefició de algo que, extrañamente, une a dos países tan distintos como España y China: la picaresca. El Gobierno comunista del país asiático, en los ochenta, vio el potencial turístico de los seguidores de las artes marciales milenarias y a 700 metros del verdadero Templo Shaolín construyó uno más pequeño para que turistas pudieran realizar cursos y obtener diplomas. Evidentemente, nadie salía de allí convertido en Maestro Shaolín. Sobre todo, porque no existen desde hace casi 300 años.

El cuento de Aguilar coló en España e incluso llegó a aparecer en algunos programas televisivos de gran audiencia junto a presentadores como Javier Sierra, Pepa Navarro, Javier Sardá o Eduardo Punset. Para esas apariciones se vestía ad hoc con túnicas, en sandalia y con un discurso pomposo y lleno de retórica hueca. “Una persona cuando está al límite se ve su verdadera naturaleza. Maestro Shaolín se nos ponía al límite de la resistencia para conocer nuestra verdadera naturaleza. Tenemos muchos frenos como animales que somos y nosotros a través de las artes marciales intentábamos potenciarlo”, contó en una intervención televisiva que a ojos de lo que pasó después es más que reveladora.

Sus mentiras estuvieron a punto de descubrirse en dos ocasiones. En 1997 en una exhibición en Marbella su actuación generó gran polémica por la extrema violencia mostrada. Ante invitados de postín como Conchi Alonso o Rappel, el revuelo que se armó fue considerable y Juan Carlos plegó velas y abandonó la capital de la Costa del Sol.

La segunda fue en el año 2000 cuando acudió al pueblo donde de crío veraneaba con sus padres, Espinosa (Burgos), para dar una exhibición de sus supuestos poderes durante las fiestas patronales. Cobró 1.200 euros, contó El Diario de Burgos. Aguilar iba a empujar un coche con una cuerda sujeta a una lanza que le pinchaba en la garganta. El ayuntamiento contrató incluso una ambulancia ante el peligro del asunto. Lo cierto es que no llegó a hacer ese número. El maestro Aguilar y los suyos hicieron algunas acrobacias vistosas, rompieron algunos ladrillos y dejaron su pueblo de adopción entre escombros y cierta decepción.

Sin embargo, todo le va bien, saca dinero a sus alumnos, a sus novicios, funda una sociedad en 2003 con su esposa y un discípulo… En 2004, el socio de Aguilar, su brazo derecho, lo abandona. Aparecen pintadas cerca de su casa y el hombre lo denuncia, pero el caso no prospera. Ese mismo año, la esposa de Aguilar también rompe con él.

La verdad al descubierto

Sería en 2013 cuando todo se desmorona para él y sale a la luz su secreto. La Policía Autonómica Vasca recibió un aviso de un vecino de Juan Carlos. Le había visto introducir a una mujer en su casa arrastrándola de los pelos. Los agentes encontraron los restos de Janny Sofía Rebollo, una prostituta de 40 años y natural de Colombia aparecieron hace poco más de un año repartidos en la vivienda y el gimnasio que regentaba el falso monje Shaolín en Bilbao.

El experto en artes marciales, entonces con 47 años, fue detenido en junio del 2013 por la Ertzaintza en Bilbao inicialmente por agredir de forma brutal a otra mujer, la nigeriana Ada Otuya, de 29 años, que falleció poco después en el hospital de Basurto tras permanecer en coma durante varios días.

Además, también encontraron un zulo o sótano con una pequeña bañera (para descuartizar y trocear a sus víctimas) con cuchillos y katanas. Y también, y esto es muy revelador, un trípode, un ordenador, archivos de fotografías y vídeos de las dos víctimas y de decenas de mujeres más. Lo que hacía Aguilar era fotografiar muchas mujeres que merodeaban en las inmediaciones de la calle General Concha, en Bilbao, una zona clásica de prostitución y marginalidad desde hace muchos años, que ha mejorado, pero sigue siendo dura. Allí encontró a Ada y a Jenny. También grabó a algunas mujeres a punto de practicar el acto sexual (no se sabe si forzada o libremente) y a algunas más con los ojos vendados o con aspecto incluso de estar inconscientes. Esas imágenes tan tremendas son las que cotejaron los investigadores con las denuncias por mujeres desaparecidas para tratar de averiguar si el falso monje cometió más asesinatos.

Juan Carlos Aguilar, durante el juicio. 

El problema es que las víctimas del falso monje Shaolín eran potencialmente prostitutas, mujeres desarraigadas a las que muy rara vez se echa en falta y mucho menos se denuncia su desaparición. A esto hay que sumar la condición de extranjeras y sin arraigo en el país de muchas de ellas. Aguilar sólo confesó esos dos crímenes, pero las dudas de que pudo cometer más, son más que razonables.

Aunque intentó reducir su condena asegurando que padecía un tumor cerebral que le hacía cometer actos violentos, se demostró que era otra de sus mentiras. Fue condenado a 38 años de cárcel que está cumpliendo en el Centro Penitenciario La Moraleja de Dueñas (Palencia). En julio de 2014 volvió a la actualidad al saberse que otro preso lo había apuñalado en la citada prisión. El agresor, identificado como J.S.S, un interno de origen canario con “un alto perfil psiquiátrico y muy conflictivo”, además de muy corpulento (más de 1,90 de estatura y más de 120 kilos de peso) asestó al falso monje Shaolín dos puñaladas en la cabeza y en el cuello con un cepillo de dientes afilado -arma de fabricación carcelaria que no pita al pasar por los detectores de metales. Juan Carlos sobrevivió y sigue cumpliendo condena por los crímenes que cometió.

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