10 de agosto de 2020
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EDICIÓN VERANO

El 19 de enero de 2002 acabó con la vida de sus hijos de 4 y 6 años estrangulándoles con el cargador del móvil por venganza hacia su padre

Francisca González, la parricida de Santomera, obtiene el tercer grado penitenciario tras 18 años de prisión

Francisca González.
Francisca González.
Francisca González, más conocida como la parricida de Santomera desde que en 2002 acabara con la vida de sus dos hijos de 4 y 6 años con el cable de su cargador de su teléfono móvil, salió en la tarde del viernes 17 de julio de la prisión murciana de Campos del Río después de cumplir 18 años de los 40 a los que fue condenada. La Junta de Tratamiento le ha concedido el tercer grado penitenciario en función del buen comportamiento de la rea.

Francisca González, conocida como la parricida de Santomera desde que en 2002 acabara con la vida de sus dos hijos de 4 y 6 años estrangulándoles con el cable del cargador de su teléfono móvil, salió en la tarde del viernes 17 de julio de la prisión murciana de Campos del Río tras obtener el tercer grado penitenciario. Esta nueva situación le permitirá volver a la cárcel solo para dormir, además de disfrutar de una mayor flexibilidad en la obtención de permisos de salida. Francisca González ha permanecido alrededor de 18 años en prisión, de los 40 a los que fue condenada como autora de dos delitos de asesinato, de los que fueron víctimas sus hijos más pequeños.

La buena conducta ha sido uno de los factores que han influido para conseguir esta semi-libertad a la parricida de Santomera según la valoración de la Junta de Tratamiento. Francisca González mantiene la relación con su familia directa y no ha perdido el contacto con su hijo mayor, que estaba en casa y tenía 14 años cuando cometió el doble crimen de Santomera.

Su caso alanzó trascendencia mediática cuando asistió al entierro de los niños junto con su marido entre continuos y aparentes gestos de dolor. Ante el público era una madre superada por una tragedia, sin embargo, ya en esas fechas la policía sospechaba de ella y poco después del sepelio fue detenida. A nadie llamó la atención la mano vendada de esta mujer de 33 años que era el vivo reflejo del dolor. Sin embargo, los agentes encargados de la investigación tenían claro el origen de esa mano vendada.

La Guardia Civil sospechaba de ella casi desde el principio del terrible crimen. La venda ocultaba las heridas y arañazos provocados por sus propios hijos cuando intentaron sin éxito defenderse de su propia madre que los ahogó con el cable del cargador de un móvil.

Su imagen doliente en el entierro de sus hijos no engañó a la olicía. 

Los asesinatos habían sucedido el 19 de enero de madrugada. Francisco Miguel tenía 6 años y Adrián Leroy, dos menos. Francisca aseguró a los agentes que mientras ella dormía junto a los pequeños en su dormitorio, ya que su marido estaba trabajando en Francia, dos hombres de nacionalidad ecuatoriana entraron en la casa con la intención de robar. Francisca, según su relato, fue atacada por los hombres y perdió el conocimiento. Al despertar, los niños estaban muertos.

Un cristal roto y la desaparición de algunas joyas eran las pruebas del presunto asalto. Las autopsias de los niños serían los primeros datos que echaban por tierra la versión de Francisca. Entre las uñas de unos de los críos encontraron piel de la madre. Esto coincidía con los arañazos que tanto hacían sospechar a los agentes de la Guardia Civil que se encargaban del caso. Francisca, al ver que no había otra salida, acabó confesando los crímenes, pero sin dar detalles ya que aseguraba que no recordaba nada. Según ella había tomado alcohol y cocaína en elevadas dosis.

La sentencia de la Audiencia Provincial de Murcia consideró probado que Francisca González actúo por venganza hacia su esposo. La relación amor-odio se había convertido en lo que hoy llamaríamos tóxica y ella no soportaba las supuestas infidelidades de él. Esto le habría llevado a vengarse de la forma más cruel: acabando con la vida de sus propios hijos.

El crimen fue planificado a conciencia por la mujer. Tras matar a los críos, rompió el cristal desde fuera de la vivienda y escondió las joyas para simular un robo. Tras todo esto, acudió a despertar al hijo mayor, de 14 años de edad, que dormía en otra habitación. Se presentó asustada ante su hijo adolescente y dijo que había escuchado un ruido. Instó al joven de 14 años a entrar en la habitación de sus hermanos y descubrir así el cuerpo de los pequeños.

Fue detenida después del entierro. 

Finalmente, Francisca González fue condenada a 40 años de prisión por los delitos de asesinatos. La sentencia determinó que era consciente en todo momento de los hechos que perpetraba y que, aunque sí que había restos de whisky y cocaína en su organismo, sólo las consumió para infundirse valor y poder llevar a cabo el plan macabro que había trazado. También se descartó cualquier tipo de trastorno psicológico o de conducta. Los informes periciales solo apuntaron a que sufría lo que se conoce como ‘Síndrome de Medea’: mujeres que matan a los hijos para vengarse de los padres.

Ahora, Francisca, tras 18 años de reclusión, ha obtenido el tercer grado penitenciario y, aseguran, que quiere volver a la máxima normalidad posible y olvidar la aciaga noche del 19 de enero de 2002.

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