26 de septiembre de 2020
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FIN DE SEMANA

El virus también afecta a la violencia de género, la ansiedad basal, las patologías previas y a algunas especialidades hospitalarias interrumpidas

Los daños colaterales que saldrán a la luz tras vencer a la pandemia: Desde ansiedad hasta violencia de género

Gente haciendo cola para entrar en la farmacia.
Gente haciendo cola para entrar en la farmacia.
La doctora Patricia Alcaraz analiza el coronavirus como fenómeno y explica que supone una amenaza global, no sólo por su carácter de pandemia, declarada desde el punto de vista médico o sanitario por la OMS, que afecta ya a la práctica totalidad del planeta, sino también porque supone una amenaza para la vida tal como la conocemos, puesto que está afectando a la totalidad de las esferas de la vida de las personas: La esfera personal, la familiar, la social, la laboral, económica, etc...

No cabe duda de que el coronavirus, considerado en su conjunto como fenómeno, tiene múltiples derivadas, que van más allá de la propia enfermedad que ocasiona —si bien ésta es, en sí misma considerada, el frente más importante—, amenazando en primer término con un colapso de la estructura sanitaria, y colapsando a su vez otras estructuras nacionales, así como también el resto de la esfera socio-económica.

Hay sectores de la población para los que esta pandemia viene a suponer un problema añadido a los que ya venían sufriendo con anterioridad. Me refiero, concretamente, a aquellas personas que ya arrastran unas patologías previas. El panorama sanitario ha cambiado radicalmente en un breve período de tiempo, pero no podemos olvidar que, antes del coronavirus, ya había en nuestro país 1.172 fallecidos al día por otras razones diferentes a las que ahora ocupan toda la actualidad. Una buena parte de esas personas, antes de fallecer de enfermedad o accidente, han precisado de atención hospitalaria en la mayor parte de los casos.

Ahora, a esos casos habituales, diarios, se suman los pacientes por Coronavirus, en tal cantidad y breve espacio de tiempo que el sistema sanitario de nuestro país está siendo sometido al que, probablemente, sea el mayor test de estrés que haya sufrido en su historia, sólo comparable, salvando las distancias, al habido en tiempos de guerra.

Los sanitarios se ayudan unos a otros.

La saturación de los hospitales con pacientes muy graves por coronavirus tiene un efecto colateral perverso, en forma de falta de sitio y falta de capacidad de atención para los enfermos crónicos o para los enfermos terminales por otras patologías. A ello se añade que estos enfermos hospitalizados por otras causas tienen muchas posibilidades de contraer el coronavirus y agravar de forma drástica su ya de por sí delicado estado de salud, ya que en los hospitales hay una altísima carga viral.

Por otra parte, el confinamiento necesario en los hogares está afectando a muchas personas de muy variadas maneras. Así, por ejemplo, se están anulando citas medicas presenciales y se cambian por otras telefónicas, que en algunos casos pueden servir, pero en otros no. Del mismo modo, se están anulando todas aquellas pruebas diagnósticas que no se consideran urgentes, dado que ahora mismo todos los esfuerzos deben enfocarse en aquello que constituye una prioridad absoluta. Es otro de los ejemplos, entre los muchos que podrían ponerse, de cómo afecta, o puede afectar la pandemia a nuestros conciudadanos a nivel individual, en este caso dentro de la esfera sanitaria.

No podemos olvidarnos tampoco de la vida en los hogares, en los que, cada uno de nosotros, debemos adoptar una actitud constructiva, comprensiva y colaboradora, que ayude a relajar posibles tensiones, si no queremos que se conviertan en verdaderas ollas a presión. En esta situación de miedo por la vida, tristeza por lo que diariamente vemos, sumado todo ello al parón y la incertidumbre laboral o económica a corto plazo, pueden vivirse momentos muy tensos dentro del hogar, que pueden motivar muchas discusiones de pareja, agravando con ello la situación.

Habrá que valorar los daños del coronavirus cuando la pandemia acabe.

Es el momento en el que, más que nunca, debemos responsabilizarnos de nuestra conducta, esforzarnos y aprender verdaderamente a convivir, tratando de evitar que la pandemia dañe también nuestras relaciones personales con aquellas personas con las que convivimos y a las que amamos. Dentro de los hogares, los padres tienen una tarea añadida, puesto que a ellos les atañe la responsabilidad de gestionar debidamente el confinamiento, procurando aprovechar de la mejor manera posible el tiempo con sus hijos y de conseguir una vida familiar en armonía y rica. Probablemente, habrá familias a las que esta situación les servirá para descubrir una nueva vida familiar, quizás inexplorada, en la que se potencia el contacto, aumenta el cariño, y se descubre la verdadera convivencia que, muchas veces, sometidos al estrés de la vida diaria, tomamos como algo rutinario o, incluso, olvidamos.

Por desgracia, habrá también familias a las que esta convivencia obligatoria, con permanencia constante y continua en el hogar de todos sus miembros, les lleve al extremo opuesto, desencadenando rupturas. Es esta pandemia otro verdadero test de estrés, en este caso para las familias, a las que deseo que superen esta prueba con la mayor unidad posible.

Mención aparte, en el ámbito de los hogares, merece la denominada violencia de género, así como la violencia doméstica. Ojalá que, en estos tiempos difíciles, en los que estamos obligados a un parón en casi todas las esferas, se produzca también un gran parón, una caída en picado, en los casos de violencia, llámese de género, doméstica, intrafamiliar, o como se quiera.

Es el momento, como decía antes, de que cada uno, hombre o mujer, se haga absolutamente responsable de su conducta, tome clara conciencia del alcance de su posibles actos, y acierte a poner en valor la vida y la integridad física de su cónyuge o su pareja. Esto es algo que debiera ocurrir siempre. En cualquier caso, toda persona que se vea amenazada por la violencia doméstica debe saber que, incluso a pesar de la pandemia, puede contar con la labor de los cuerpos y fuerzas de seguridad. Del mismo modo, todo agresor debe saber, también, que a pesar de la pandemia será oportunamente perseguido, juzgado y castigado. La situación de excepcionalidad en la que vivimos como consecuencia de la crisis sanitaria que se extiende a otros niveles, no puede suponer una relajación, ni siquiera en un ápice, de la necesaria Justicia.

Depresiones de la pandemia

Debemos también acordarnos con un énfasis especial —y estoy segura de que dejo a muchos conciudadanos fuera, dado que la casuística puede ser cuasi-infinita, pero en ningún caso olvidados— de los enfermos o personas que sufren patologías mentales. Esta pandemia, junto a las obligadas y necesarias medidas de confinamiento y distanciamiento o restricción social, sumado a la incertidumbre económica, altera el ánimo de cualquiera, pero sin duda afecta con mayor énfasis a las personas que tienen una delicada salud mental, que precisan de la atención presencial de sus Psiquiatras, ya que la calma y el equilibrio que da un médico en persona, no se puede sustituir por una llamada telefónica.

Las personas con depresión, o con problemas de salud psíquica o psicológica suelen necesitar salir por prescripción médica y ahora no pueden. La ansiedad basal, junto a la derivada de la catástrofe que estamos viviendo, lógicamente se acentúa en los largos períodos entre cuatro paredes, pudiendo llegar a generar a estas personas una situación de angustia. Es por ello que, en estos casos, se recomienda, si están solos, que su círculo de amistades o familia más inmediata les supervisen por teléfono también, y que sólo se asomen a la dura actualidad una vez al día, a fin de estar informados, evitando en la medida de lo posible descompensar más su ya precario equilibrio emocional.

Esta guerra la vamos a ganar, pero llenos de cicatrices en el alma, en el corazón, perdiendo muchos seres queridos y amigos, perdiendo familias y perdiendo muchos trabajos. Pero sabiendo también que, todavía, existen personas que se ponen en primera línea, arriesgando su vida para salvar otras vidas, que aún existen valores y que, pese a que el estrés y las ocupaciones de la vida diaria a la que estamos acostumbrados nos anestesia y nos hace, en ocasiones, parecer inhumanos, seguimos teniendo humanidad. Es el momento de sacar a flote los valores que aún atesoramos, y remar unidos con criterio, demostrando todas las enormes potencialidades que tenemos en conjunto como país.

 

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