22 de octubre de 2020
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FIN DE SEMANA

Hay que dejar para más tarde, cuando llegue la normalidad, los rituales funerarios o de despedidas virtuales

Cómo hacer el duelo sin poder ver ni despedirse de los muertos en los tiempos de pandemia

Un anciano.
Un anciano.
Eva Milla, máster en Psicopedagogía Clínica, perito Judicial en Intervención social y mediador social en educación afectiva, explica en estas líneas cómo vivir la pérdida de amigos, familiares o vecinos que han perdido la lucha contra el coronavirus y que debido a las restricciones no reciben la despedida habitual, lo que genera muchos estados de ansiedad entre los más cercanos y un duelo que para muchos no puede cerrarse como es debido.

Un alto porcentaje de la población española tendrá que sufrir estos días el duelo ante la pérdida de un ser querido o de alguna persona del entorno cercano, que de repente ya no está, y no solo no está, sino que además hay que vivir la ausencia y el final de manera repentina, sin posibilidad de que nuestra mente asuma y se acostumbre a la muerte. 

Cuatro son las fases más importantes del duelo; negación, enfado/ira, tristeza y aceptación. El transcurrir de estas fases suele hacerse entre un mes y seis meses o un año. A veces este duelo dura más porque alguna de las fases se enquista, otras veces es más corto porque la persona posee un carácter o recursos personales que le ayudan más. En algunas ocasiones el tener que cuidar de otras personas que dependían del que ha muerto ayuda a tener objetivo concretos por los que seguir luchando, lo que atenúa bastante la etapa de tristeza. De manera general todo el mundo pasa por estas etapas, y tratar de obviarlas es a veces prolongarlas innecesariamente.

El dolor debe aflorar, no debe esconderse. En esta etapa de confinamiento las etapas se pasarán necesariamente recluidos, pero no se aceptará de verdad lo sucedido hasta que no salgamos de esta reclusión, fuera de peligro. 

¿Cómo soportar este duelo?, ¿cuándo empieza?, ¿qué debo hacer con los niños?, y otras muchas preguntas que surgen de este escenario de ciencia ficción en el que estamos inmersos. Los adultos debemos actuar con cordura para no crear más angustia en nuestros niños o jóvenes. Nuestro duelo no empezará realmente hasta que las cosas no vuelvan a la normalidad. Será el día que volvamos a nuestras rutinas cuando tengamos una tristeza profunda y real, limpia de aditivos circunstanciales y caóticos.

Los sentimientos ahora deben fluir. Si hay pena, no debe ocultarse, debe compartirse con los más pequeños, ser realistas y no mentir para proteger a nuestros hijos de una realidad que deben conocer. Hay que enseñarles a gestionar. Ahora toca demostrarles que no somos infalibles, que nuestra vida puede cambiar de un minuto para el otro y no se acaba, hay que seguir viviendo. Hay que dejar para más tarde, cuando llegue la normalidad, los rituales funerarios o de despedidas virtuales. Ahora no hay que añadir pena a la pena.

Si sufrimos no hay que ocultarlo, no hay que reprimir la angustia, solo hay que tratar el dolor con medida. Tomar algún tipo de infusión calmante o si la pena es grande consultar con el médico para tomar algo de medicación que ayude a soportar el día a día en casa. Hay que hablar abiertamente del dolor con los seres más queridos, tratando de no cargar emocionalmente con drama. Fluir con el vacío que se nos quede dentro. Nada de pensar en la persona que se ha ido, sino más bien recordarla como si aún no nos faltara.

Destrozados o no, debemos seguir cuidando nuestra alimentación, dormir lo que nos pida el cuerpo, si estamos ante un duelo, y dejar pasar el tiempo que todo lo atenúa.

 Las personas tendemos a pensar que es mejor morir acompañadas. Nos torturamos pensando que no hemos podido estar al lado de nuestros seres queridos en los últimos momentos de sus vidas. Acompañar en los últimos trances de la vida es algo que consideramos necesario para demostrarle el cariño al que se va, pero tenemos que tener en cuenta, que no tenemos certeza de que esto sea necesario para el que agoniza o muere. A veces es más nuestra necesidad de estar y de lo que nos gustaría que nos pasara a nosotros que lo que de verdad siente una personas en los últimos momentos de su vida. Probablemente no sienta esa necesidad, probablemente no sienta si está solo o acompañado. Casi con toda probabilidad estará viviendo un momento de desconcierto de tal magnitud que la confusión sea lo único que reine en su mundo. No hay que machacarse con esta idea. Hay que intentar entender el momento tan difícil que vivimos y no añadir fuego al drama. 

A los niños hay que invitarles a que dibujen, a que entrenen la aceptación enseñándoles a reconocer las fases del duelo para que sepan por lo que pasarán y no se ausenten cuando lo experimenten, a que no sufran más allá de la inmediata pena que reflejan sus padres. No hay que engañarlos y tampoco hay que cargarlos con excesiva angustia. Cuando todo esto acabe, que acabará, y salgamos de nuestras casas y tengamos que adáptarnos de nuevo a la vida, será momento de volver a llorar y de echar de menos practicando rituales que nos ayuden a despedirnos.

De momento, hablar mucho con los niños, contar lo sucedido, recordar momentos de la persona muerta, y dejarles sentir pena, siempre controlada por si en algún momento pueden necesitar ayuda terapéutica. En algunas ocasiones hay emociones que no somos capaces de explicar en nuestro entorno y debemos expresarlas con desconocidos que si son profesionales, aún mejor. Los tíos o familiares cercanos son un buen paño de consuelo y en su ausencia amigos más íntimos o vecinos con los que se pueda hacer un skype y hablar de lo que se siente o llorar si es necesario.

Estar confinados no significa negar lo que vivimos, o ignorar lo que sentimos, hay que hacer el recorrido que nos vaya marcando la vida en la situación actual, que ya es dramática en si misma y que requiere de una fuerza emocional compensatoria importante.

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