30 de noviembre de 2022
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

José Ignacio Herce Maza

Desobedecer al poder autoritario

"Lo políticamente correcto y los mecanismos de censura agotan valores esenciales en una democracia sana".

En el siglo XXI nos encontramos ante una gran ficción. La sensación de libertad es mayor que en ningún otro momento, sin embargo, los mecanismos de intervención están alcanzando unas cotas inexplicables para un Estado de Derecho en el que se deben garantizar los derechos fundamentales de las personas, como la vida, la propiedad, la intimidad o la objeción de conciencia, entre muchos otros.

Lo políticamente correcto y los mecanismos de censura agotan valores esenciales en una democracia sana como la libertad de expresión o participación política. Estas formas de opresión suprimen del espacio público opiniones propias y autónomas, enfrentándose muchas de ellas a las verdades oficiales y oficialistas impuestas por distintas formas de autoridad.

Muchas veces estas verdades oficiales van acompañadas de textos regulatorios que, en el fondo, pertenecen a estrategias de ingeniería social que buscan institucionalizar de manera artificial el mundo líquido que Bauman diagnosticaba mediante la destrucción paulatina de los pilares de la sociedad occidental.

Beltrand de Jouvenel en sus estudios sobre el poder tuvo siempre presente la tendencia histórica y natural a su expansión. El poder tiende a crecer a costa de las libertades y espacios de autonomía de los individuos que integran el espectro que pretende ocupar. En sus escritos llegó a hablar del Estado Minotauro superando la visión clásica de Leviatán.

El poder crece a distintos ritmos. Con sistemáticas como el modelo Estado prestador o el Estado de seguridad se legitima en aras del interés general establecerse en espacios que naturalmente han ocupado y debieran ocupar instituciones de la sociedad civil. Aunque en ciertos casos algunas intervenciones están justificadas, nunca de manera permanente, el poder debe ser limitado para frenar la arbitrariedad en la que probablemente incurra.

Se limita la libertad de expresión mediante el borrado de comentarios en redes sociales amparándose en el discurso de odio. Se amenaza con suprimir la objeción de conciencia en el convencimiento de que el poder está por encima de los derechos fundamentales. Se tumban los cimientos de occidente ante una población adormecida por una nueva versión del “Soma” que señalaba Huxley en Un Mundo Feliz.

Y es que, con estas intervenciones, muchas de ellas ilegítimas, y amparándose de manera ficticia en el interés general se legitima el progresivo control del espacio público en el que el poder pretende imponer su cosmovisión. Por un lado, proporcionando subsidios, por otro incrementando los mecanismos de intervención pública justificándose en la maximización de la seguridad.

El problema no radica en la intervención, que muchas veces es necesaria, sino en sus límites. El Estado no debe intervenir absorbiendo el libre espacio de desenvolvimiento de los individuos y comunidades, en perjuicio de aquellas cosas bellas que merece la pena conservar y por las que colectivos, que se merecen ser escuchados, deben prestar batalla. El papel del Estado debe ser precisamente el contrario, ayudar, en virtud de la regla de la subsidiariedad, al libre desarrollo de las potencialidades de las personas desde el reconocimiento de su dignidad.

"Nos desenvolvemos en una sociedad hiperregulada y sometida a una intensa vigilancia".

Nos desenvolvemos en una sociedad hiperregulada y sometida a una intensa vigilancia consecuencia de los datos que inocentemente proporcionamos a las distintas manifestaciones de poder, público y privado, en la que las verdades oficiales de lo políticamente correcto pretenden imponerse a las conciencias individuales, muchas de ellas defensoras de la propiedad, de la libertad, de los valores y de la moral, que se ven ahogadas por un discurso público monopolizado y una regulación de él dependiente.

¿Dónde quedó la voluntad de desobedecer al poder? El Estado nunca podrá acabar con el sentido moral e intelectual de un ser humano, sino compelir las manifestaciones exteriorizables por mucho que intente controlar la conciencia mediante la propaganda y adoctrinamiento.

No es un poder superior, sino solo en apariencia más fuerte. De antaño viene reconociéndose el derecho a oponerse al poder cuando su tiranía o ineficacia sean intolerables, en los casos en los que afecte a los derechos inherentes de la persona humana, ya sean individuales o colectivos, internos o externos. También se reconoce el derecho a la participación pública, para defender en el ámbito de lo común derechos, valores e intereses que son legítimos en un Estado Social, Democrático y de Derecho.

En el desempeño de la resistencia frente al Modelo de Estado basado en el control, es fundamental la noción del Estado subsidiario que defiende la posición protagonista de las personas y de las sociedades en que se integra en el espectro público y comunitario. Primero la persona, después el Estado. Deben ser los individuos y comunidades que integran la sociedad quienes busquen maximizar el interés general gracias a las voluntades particulares y colectivas que dinamizan el espacio público y colectivo. Es el Estado subsidiario un modelo de libertad.

La historia nos ha demostrado y Tocqueville descrito como una sociedad fuerte es el principal freno a las formas de poder autoritarias. Para garantizar un verdadero espacio de libertad democrática las comunidades e individuos deben participar de manera proactiva en el espacio común para la búsqueda de su libre desarrollo individual y colectivo, defendiendo su visión del mundo frente a imposiciones pseudototalitarias.

Una sociedad civil fuerte y no lo contrario, será la que permita defender los derechos inherentes al ser humano, como el libre desarrollo de la personalidad o la propiedad, frente a los intentos de dominación en sus distintas formas.

Frente a las verdades impuestas por un poder público cada vez mayor, es necesario que la ilusión liberal-conservadora ocupe un espacio público que por derecho le pertenece. Y es que ser conservador en el siglo XXI es ser un revolucionario, un revolucionario que pretende proteger los cimientos de nuestra civilización.

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

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