06 de abril de 2020
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

Juan Pérez de Mungía

Ora propubis

Pablo Iglesias e Irene Montero.
Pablo Iglesias e Irene Montero.

La hija de Spielberg quedó encantada con la reacción de su padre, que se sorprendió por tan buen negocio, cobrar por pringarse de pasión clitoridiana. Quería dedicarse al porno para "empoderarse". Ignoraba que una actriz porno había denunciado a su empleador por explotación sexual, al cobrar solo 200 dólares por una filmacion clásica y 500 por una orgía, algo que obviamente chocaba con esa otra forma de sacar un rendimiento extra si en lugar de esa actividad ejerciera como ministro, que le permitiría alcanzar una retribución superior y contar con un escudero.

Nadie tiene que explicar al suegro de Pedro Sánchez el negocio del sexo industrial, desde los lupanares que quiere regular la izquierda hasta el alquiler de vientres para engendrar monstruos que le permitan a cualquiera sentirse padre o madre por derecho de autodeterminación sexual. La autodeterminación sexual es un precedente de la autodeterminación catalana y la constitución vasca. Que pregunten a Aitor sobre ambas.

Irene Montero y Pablo Iglesias.

Toda esta panoplia de despropósitos gubernamentales viene muy a cuento de una ley de libertad sexual con el auxilio de una lesbiana pederasta que ejerce como directora general del matriarcado del instituto de la mujer. Debiera entregarse a una transexual en un ejercicio de congruencia ideológica.

Las feministas heterosexuales de izquierda han sido ajusticiadas por los popes de las iglesias podemitas que aspiran a la castración química para reducir las penas a violadores y muchos son de borrachas que van solas a casa, o se arriesgan a ser amenazadas por machos verdes en virtud de la ley de seguridad vial. Una socia-lista proclama que una marquesa no puede ser feminista, pero si, si es duquesa y se hace lesbiana despues de dar a luz a cinco hijos.

El genio se ha salido de la lámpara de Aladino. Y una vez fuera ni las feministas de mirada racional pueden ya controlarlo. Debe reconocerse el genio sociopodemita para resolver la desigualdad originaria de la diferencia biológica del sexo. No hay ninguna ley que deba imponer igualdad salarial, ni ley que deba acabar con los techos de cristal de las mujeres. Si las mujeres desaparecen, si ser hombre o mujer es sólo género, y el género es fluido y se obtiene por autodeterminación, ¿qué ley cabe imponer para evitar la discriminación hombre-mujer?

El ciudadano común lo tiene fácil, si se siente discriminado como hombre, puede decidir ser mujer, y si se siente discriminado como mujer, puede decidir ser hombre. No hay mejor solución para una desigualdad crónica, que sacrificar el sexo al género y escapar de una cadena perpetua como Chelsea Manning, o tener una vida exitosa como Deborah Ombres. Ejercer una identidad sucedánea mejor que una fracasada. Considere el lector la inteligencia de la propuesta, orgasmo sí, para todos, pero orgasmo de género. Desaparecida la diferencia ya solo queda la práctica social que extingue la desigualdad y anula los motivos para una ley. No en vano reacciona el feminismo pensante, si la mujer se hace máscara, si se niega el sexo, que sentido tiene la protección de la mujer. Por lo mismo, si un hombre puede ser discriminado, puede beneficiarse del cambio. El cine y el teatro español está trufado de beneficiarios del sexo fluido.

La profeta podemita y su augusto consorte predican lo que en otro tiempo era la promesa del paraíso comunista, el premio del mártir; tras una obscena vida de miseria se solazaría con 100 vírgenes en la gloria. Esta vez no es la promesa de un incierto futuro que nunca llega; el paraíso está al alcance en el orgasmo, ¿qué importa el sexo?. El obrero de entonces bajo la égida internacionalista solo podía aspirar a que sus hijos gozaran de la vida que no tuvo, como en aquel tango en el que el moribundo agradece la vida en el infierno por no padecer el mayor infierno de su propia vida. La ignorancia sociopodemita solo traerá la ira, la ira de los que les auparon cuando les sirvieron como soldados.

El sátrapa premia

Se promete ahora el gulag para los desafectos, o hacer sangre de las Esperanzas hasta la muerte según predicamento de las Iglesias feministas, las mismas que decían que quien besa de día, mata por la noche. Solución, el transgénero. ¿Os acordáis del engolado y baboso Magistral?. O la gloria se sirve ya o no hay promesa que pueda justificar el sacrificio. ¿No ves acaso como goza el jefe? ¿Que tiene César que le ha hecho tan grande, qué tiene que yo no merezca?

El sátrapa premia a sus siervos y castiga con la muerte la defección o se obliga a comprar su silencio. Sanchez, una vez mas, ha devenido en el títere podemita, en ese pelele inconsciente tan característico de quien ocupa una posición efímera, como el Hindenburg que se muere mientras Hitler es canciller. ¡Queda poco para el colapso del dirigible Hindenburg del títere Sanchez con una bomba de relojería!. Los camaradas Puigdemont y Junqueras compiten por activarla; Iglesias ya la ha puesto en sus tripas.

Destruida la familia, y en la continua desconstrucción de la identidad sexual, el mártir y la mártir de sí mismos, deben contar con artilugios sexomatriarcales y gozar de sí mismos hasta la extenuación como Sacher-Masoch, un ventajoso defensor de la emancipación femenina porque no existe mujer que no aspire a ser verdugo. El único bien universalmente disponible es el orgasmo por sí mismo. Lástima que el sucedáneo no pueda eclipsar lo real. ¡De otro modo, siempre dependerá de quien no controlas!

A grito pelado, la Montero promete el orgasmo púbico universal, a fuerza de extinguir el deseo. Puritanas y estériles, o putas pero retribuidas. La creación de un misterio del orgasmo púbico para gestionar la promesa final, el satisfier universal que substituye la lengua francesa viperina que antes se paseaba por el coño insumiso de quien entrega su cuerpo bajo precio en busca de predio y premio. El orgasmo ya no es una experiencia privada que cada cual imagina a su modo y manera, sino una realidad palpable, una posesión, de la que solo se goza por substitución del sexo por el género.

Se goza quien se autopinta, se goza quien se aparenta, se goza quien confunde a otros, se goza quien se sirve de la etiqueta que se aplica a sí mismo. Es el beneficio universal de la marca, su propio fondo de comercio. Se vende a sí misma, y cree que se realiza, y tras el botellón "quiere sola y borracha llegar a casa". El género es su propia estereotipia, el adefesio, el esperpento. Nada que objetar, salvo que ella y él lo cobran por anticipado. Siempre habrá quien goce por goce ajeno, ¡cuanto prosperaron los negros con un presidente negro!, pero va a haber quien reclame su ira ante la burla de quien se presentó como el mesías de Vallecas y ejerce de verdugo vende-obreros.

Para el individuo nuevo, debe desaparecer el sujeto, ¿a cambio de qué? Basta ya de que solo los varones disfruten sobre el cuerpo inerte de sus mujeres, el súcubo que retorna al imaginario del íncubo, el violador en tu camino, esa danza evocadora del erotismo púbico. Se reclama el orgasmo debido, el partido promete que no hay ninguno mejor que aquel que uno mismo se procura, como sabían Carradine, Milligan, Motteaux, Gilbert y tantos otros. ¿Por qué no han de exhibir el mismo autoerotismo las hembras en el espejo? Los aspirantes Ishida han encontrado a su Sada Abe, la promesa de un orgasmo próximo y continuado, universalmente disponible. ¡Por fin, el paraiso en la tierra!. Ni hombres ni mujeres, orgasmo feminista. ¡O se procura el orgasmo para todos o se cobra si se tiene que simular!

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