21 de octubre de 2020
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

Elsa Martínez

La vida de los otros

Treinta aniversario de la caída del Muro de Berlín.
Treinta aniversario de la caída del Muro de Berlín.

La historia comienza en el Berlín Este del año 1984. La Stasi, la policía política de la RDA, con 100.000 agentes y 200.000 informantes, vigila cada día la vida de sus compatriotas. Gerd Wiesler (Ulrich Mühe) quien firma sus informes como HGW XX/7, convencido comunista y capitán de la Stasi, es elegido para la vigilancia del conocido dramaturgo Georg Dreyman (Sebastian Koch), escritor fiel al régimen de la RDA. Wiesler no sospecha que el ministro de cultura Bruno Hempf respalda el proyecto con la intención de quitarse del medio a Dreyman y quedarse con su novia, la actriz Christa-Maria Sieland (Martina Gedeck). Ésta había cedido a los avances del ministro, porque de lo contrario hubiera peligrado su carrera de actriz. El teniente coronel Anton Grubitz (Ulrich Tukur), superior de Wiesler, intenta estimular su ya pronunciado olfato de espía y seducirle con un ascenso si el proyecto tiene éxito.

Un equipo de hombres de la Stasi cablea la vivienda de Dreyman, instalando micrófonos ocultos, y se dispone la central técnica en el desván del edificio. El espionaje le permite a Wiesler —soltero, con una vida privada insignificante y un piso dormitorio decorado de modo espartano— observar el mundo del arte y de los librepensadores, así como las relaciones interpersonales, de las que él no disfruta. En la fiesta de cumpleaños de Dreyman, un amigo suyo y director teatral, Albert Jerska, quien tiene una prohibición de trabajo por ser crítico con el régimen, lee a solas un libro de Bertolt Brecht. Wiesler, que vigila la escena, sustrae en otra ocasión furtivamente el libro. Especialmente se muestra el momento en que Wiesler lee inspirado unos versos del mismo en su casa”.

Así cayó el muro de Berlín.

Asi comienza la película oscarizada en 2007 “La vida de los otros" y asi podría comenzar el sueño de dominación treinta años después de la “caída del Muro de Berlin” que pretenden imponer algunos a la salud del virus, o de lo que caiga, en círculos políticos españoles, gracias a la incultura total de, incluso, presentadores de televisión con cero nivel bajo el pelo. Por eso y porque esencialmente temo la alienación de la tropa universitaria y juvenil de hoy, ajena a una Historia que se les ha banalizado y cuanto menos contado a “su manera” escribo esta columna que, hoy más que nunca, es de higiene moral, por la salud de nuestros actuales y futuros ciudadanos que deben saber la verdad.

Me crié con música de Bach, jazz, buena comida y unos padres liberales, cultos, profesores ambos que me inculcaron los valores de la democracia y la libertad tras haber vivido ellos su juventud en el franquismo. Me eduqué escuchando y luego militando con mi padre en el Centro liberal, siguiendo a aquel Adolfo Suarez de la UCD y luego el CDS , y leyendo en la carrera a Simone de Beuvoir, Eric Fromm, Alexis de Tocqueville Chomsky, Russell, Benassar, Montesquieu, Voltaire, Bretch, Artola, Keines, filosofía existencial, política histórica, o incluso el mismísimo Confucio y su alter ego Maquiavelo; el arte y la cultura de romanos y griegos en la Republica y en la Polis respectivamente me embargaron hasta hacerme arqueóloga durante unos largos años y cuando termine la carrera, ya era una “mulier politicus” en toda regla.

Feminista, que nunca hembrista, adoré y adoro a una sociedad donde los hombres fuertes pero sensibles, listos y aliados de las mujeres nos ayudan a construir un futuro mejor. Y desde luego empecé a viajar desde la carrera por toda Europa. Fue entonces, corrían los años 88 y 89, tropecé con la “otra Europa”. Esa Europa del Este, la que me recibió en la estación de tren de Bratislava, donde acababa de empezar la revolución contra la ocupación comunista de la URSS, que ya estaba en plena descomposición y recién caído el Muro. Flipé viajando a Cracovia y luego a Varsovia, trayecto en el que unos amables “bopos” del régimen de “libertades comunistas” me bajo del tren por rechistar medio segundo sobre un permiso que podíamos obtener “pagando” cómodamente allí la mordida de 100 dólares de entonces ( una suma muy elevada en aquellos momentos). Como resultado me lanzaron a una vía, intentando quitarnos antes el pasaporte a mi amiga Isabel Tejeda , ahora crítica de arte, y a mí, y nos lanzaron a un andén donde lo más fácil era no volver a Checoslovaquia (era ni más ni menos que la terrible y triste Auschwitz , en polaco Oswiecim).

De ahí, comenzamos un viaje de vuelta finalmente por tren a Italia , a casa de una amiga de aquel verano, Emanuella, a Palermo y Caserta. Durante toda mi carrera viaje muchísimo y luego también gracias no solo a la arqueología sino también a la Internacional Liberal donde militaba activamente. Y es gracias a ello como conocí de nuevo la realidad del Régimen comunista recién caído en Berlin. En Octubre de 1990.

La vida en el muro era así.

Tuve la inmensa suerte de ver todavía ese Berlín del Este, con sus coches de motor a dos marchas, con gente en el metro llevándose lavadoras entre dos y tres a mano, televisores, ordenadores de los antiguos primeros o todo tipo de ropa y compulsivamente comida, mucha comida, distinta del Berlín Oeste. Asistí a la Fiesta de la Unificación alemana bajo ríos de vino, champagne, cámaras de todo el mundo en el Puerta de Brandemburgo con millones de alemanes venidos de todas partes emocionados. Y conocí a unos y otros. Viviendo la emocionada palabra libertad. Sí, porque en la extinta URSS y en toda la Europa del Este “protegida” por los soviéticos y el comunismo, no había libertad ninguna. El muro de Berlín fue y es un símbolo de los que murieron por cruzarlo a miles, por huir , por vivir, para poder respirar, fuera de ese “paraíso comunista” y hoy tengo que escuchar como Pablo Iglesias, Irene Montero, Echenique o Alberto Garzón, y un montón de burgueses atrincherados (mejor dicho pequeñoburgueses) en la vida de lujo de casas, sueldos o vida universitaria de enchufe, Monedero mediante y su fulgurante fundación de “pobres” millonarios, nos quieren contar un rollo para no dormir.

Pues no y cien veces no. Nuestro deber moral como ciudadanos libres es contarle al mundo, a nuestros hijos, a los que no han podido verlo con sus ojos en la tele, mientras miles de alemanes se subían al muro con flores y lloraban de emoción, que es lo que pasó al “otro lado del muro”. Porque si no tenemos referencias, es posible que todavía haya incautos que no sepan de que va este rollod, por el que unos pocos acaban siendo el partido único opresor de todo un pueblo en su propio nombre. Hoy, ahora, el maldito COVID-19 nos ha puesto de nuevo en esta diatriba: Libertad frente a seguridad, y conviene recordar que este discurso esconde la falacia de la dominación de discursos totalitarios. Jóvenes chavales que hablan de comunismo, mientras visten de marcas capitalistas, en la más tremenda de las burguesas acomodadas vidas, que no quieren soltar ni con agua caliente, son tan peligrosos como los nuevos fascistas, de los que también difiero y aborrezco.

En el fondo como diría Orianna Fallaci estamos ante una sociedad de “bárbaros tecnológicos” donde se han perdido por desmemoria bien orquestada en libros del cole, los grandes referentes de la Historia. Y un pueblo sin Historia es un pueblo sin futuro. Por último me gustaría añadir, que en la película, el espía de la Stasi acaba por, emocionado, vivir la vida de esos “otros” en los que descubre la belleza del librepensamiento y la vida de la sensibilidad, actores y dramaturgos que le enseñan el bello lado del ser humano en libertad. Una gran moraleja que deberíamos repasar, ahora que tanta gente está perdida para no perdernos nosotros mismos.

El resumen seria “ser comunista al precio y estilo de vida capitalista", acomodada izquierda burguesa que no deja nada al sacrificio y cuyo verbo, exigir, solo a los demás, claro, es su denominación de origen, mientras viven en el lujo del “opio del pueblo”. La insoportable levedad del Ser. Una historia para no dormir que espero evitar sin tener que caer en el Lexatin para soportar la incultura funcional de tantos.

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