07 de agosto de 2020
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EDICIÓN VERANO
Patio de columnas

Patio de columnas

Esther Merino Peral

Crónica de guerra

España está en estado de alarma.
España está en estado de alarma.

Aplausos en tiempos del cólera, convertidos en la tradición de un pueblo agradecido a sus sanitarios.

Una estudiante universitaria cumple escrupulosamente con su tarea de forma telemática, pese al terror de tener a ambos progenitores en las urgencias hospitalarias.

La presidenta de la región epicentro de la catástrofe reniega de que se les llame “apestados”.

Un abuelo sale a la calle con el toque de queda a “pillar gamusinos o pokemon”, lo mismo da que me da lo mismo. Estulticia sin límites.

Otras abuelas bajan a la calle a sus únicos compañeros de vida, caninos, descolgados por sus arneses desde sus balcones, para que den un mini paseo.

Otros mayores con menos suerte mueren aislados, despojados y en soledad.

A un viejo rey le descubren cuentas millonarias, que deberían haber ido, supuestamente, a las arcas públicas. Otro rey, beneficiario de dichas cuentas, renuncia testimonialmente un año después y ahora llama a varios hospitales para interesarse por su penosa situación.

Un anónimo hace dos viajes diarios en moto, de un lado a otro de la capital, para sacar medio segundo a respirar algo de aire fresco a la mascota de su hermana -aislada en casa con una enfermedad autoinmune- y a la que recoge en el descansillo de su casa.

Caceroladas varias, sin descanso. Alaridos de un país convertido en prisión espacial de ciencia ficción, por la negligencia de sus políticos.

Una miembra de Podemos/Lanzarote afirma en rueda de prensa, literalmente, que "a lo mejor la Naturaleza está dando un aviso de que hay demasiados viejos sobre el planeta”.

Policías Nacionales.

Enfermer@s haciéndose trajes aislantes con bolsas de basura. A la jefa de un servicio que protesta la despiden, eso sí, infectada por trabajar de sol a sol.

El portero de un edificio limpia fregona en mano, a menos de cincuenta centímetros de un indigente tan solo cubierto por una manta maloliente, que lleva las semanas de encierro viviendo en el soportal de al lado, mientras patrullan policía y barrenderos dos veces diarias por esa calle. Por las noches, en los balcones sobre su cabeza, se escucha entonar al alimón una canción de Nino Bravo, mientras esa persona, también mayor, muy mayor, languidece a la intemperie entre proclamas de “quédate en casa”.

Un antiguo consejero de sanidad, de una importante comunidad autónoma se transforma en profeta de buenos usos y costumbres ante la pandemia, en una de las principales cadenas de televisión. El mismo que tuvo la bonita ocurrencia de recomendar a niños y jóvenes que se fabricaran abanicos de papel en clase de manualidades, para remediar el asfixiante calor de las aulas sin dotaciones de aire acondicionado.

Féretros hacinados en pistas de patinaje.

Enfermos también hacinados en el suelo, en los pasillos de los hospitales. Hospitales inaugurados como si fueran champiñones surgidos por generación espontánea, dotados a medias o de “gestión privada” y con “servicios externalizados”.

Políticos y tertulianos asalariados clamando porque “no es hora de revancha ni de pedir responsabilidades”.

Multas por pasear a un viejo, que estira las piernas, con su certificado de diabético entre los dientes. O la madre de un chaval autista que llora porque le reconozcan la excepcionalidad entre las medidas de excepción.

Silencio

Silencio pedía un político en campaña, otrora reconvertido en privado a la espera de ser padre. Debe de ser éste, el silencio de duelo de un pueblo al que se pide hibernación, a las puertas de una primavera que no llega.

Décimo día de encierro y se ven operarios de limpieza descolgándose por una fachada de ventanas cerradas a cal y canto, sin mascarillas, con balcones llenos de yeso, escombros y restos de pintura. Y siguen circulando furgonetas de trabajadores de obras varias a todas horas. El criterio al parecer es “seguir hasta que dejen de llegar los suministros”. Estas deben ser las actividades de máxima urgencia que permitía el Decreto de emergencia.

Un alcalde de una localidad italiana amenaza con sacar lanzallamas a las calles si la gente no se recluye en casa y deja de salir para ir en alegre compañía a la pelu o de picnic.

Afirma la OMS, tímidamente, que quizás lo de la “manifa” hiperfeminista, fue un error.

Los jugadores del equipo de fútbol que se desplazó a Milán en pleno estallido de la pandemia, la mayoría infectados, apuntan a que, a lo peor, sin acritud, tampoco deberían haber viajado. Pero, ni ellos ni los miles de aviones que circularon de un lado a otro del Tirreno.

No nos lo merecemos.

Y entre tanta muerte, también se va Uderzo, uno de los creadores de Astérix y Obélix. Ya no nos queda ni el último reducto del humor inteligente de la aldea gala.

Por si fuera poco, llueve.

Decía el replicante medio robótico de Blade Runner que había visto cosas “más allá de Orión que los humanos ni sospecharíamos”.

No sé, no sé.

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