23 de mayo de 2022
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

José Francisco Roldán

Avergonzados

Avergonzados.
Avergonzados.

Sentirnos orgullosos supone una inyección subjetiva de emociones que nos hacen muy felices, más aún si se trata del entorno cercano, donde nos vemos representados enalteciendo valores y méritos que nos hubiera gustado alcanzar. Comprobar el éxito de los nuestros no es más que asumir la alegría sin limitaciones. Hay que reconocer el orgullo de compartir gloria con personas desconocidas a las que asignamos talento y capacidad dignos de ensalzar.

En las antípodas de la alegría colectiva encontramos personalidades vergonzosas que esconden su potencial por temor a verse menospreciados. Muchos descarados e insolentes logran objetivos que no hubieran sido capaces de lograr si otros, por culpa de su vergüenza, hubieran superado las cortapisas de su temor.

El mundo actual es de los desvergonzados, como tenemos la oportunidad de constatar cada día. Conocemos comportamientos osados que logran el éxito sin merecerlo. No hay más que repasar el escalafón político para descubrir una retahíla de torpes e incompetentes, henchidos de poder e influencia, decidiendo sobre seguridad, vida y hacienda de sus semejantes. Y esos fatuos hedonistas, sin categoría personal o profesional, nos avergüenzan.

Es evidente la desafección que ocasiona tanto desprecio a la inteligencia general difundiendo mensajes falsos o tergiversando verdades inapelables con cuentos mal interpretados. Y esos sinvergüenzas, algunos con escolta, nos afrentan cada vez que prometen o facilitan cifras estadísticas maquilladas sin pudor.

La vergüenza ajena tolera un sinfín de improperios para desgracia de muchos ciudadanos prudentes y correctos aguantando todo tipo de maldades. Y es en el mundo de la delincuencia donde la vergüenza ha sido erradicada. Las demostraciones de desprecio han ido sumando en proporción geométrica. Al otro lado, algunos desvergonzados, a quienes no afecta la desgracia ajena, se entretienen buscando el sexo de los ángeles y repantigándose en la butaca recreándose mientras contemplan el espectáculo de tantos ciudadanos enfrentándose, desprotegidos, a la sinrazón de lo injusto.

Sufrimos la desvergüenza ajena cuando conocemos tragedias insoportables para corazones suficientemente afectados y estremecidos. El dolor se manifiesta cuando la impotencia nos impide cambiar acontecimientos desgarradores. Los seres humanos estamos avergonzados de nuestra especie, que ha generado tragedias espeluznantes. En muchos casos, las tropelías históricas aparecen relatadas en libros y nos distancian lo preciso como para no entristecernos el alma.

Las deficiencias en el espíritu, como las carencias afectivas vinculadas a las ideologías solidarias, han ido endureciendo el modo de enfrentar las dificultades. Abandonar la fe religiosa ha propiciado un modo de entender la vida, como la muerte, demasiado superficial, superando controles morales que pudieron representar límites en el comportamiento más abyecto.

Anna y Olivia, las menores presuntamente asesinadas a manos de padre. 

Según nos dicen algunos medios informativos, en los últimos ocho años han sido asesinados cuarenta niños en manos de sus progenitores. Es muy complicado encontrar semejante atrocidad en el resto del reino animal, donde algunos instintos parecen mostrar detalles relacionados con la vergüenza, pero no con esa maldad en sentido puro. Matar a los hijos puede ser el colmo trágico de una demencia incontrolada, pero no hay lógica alguna en el desgarrador móvil de quien asesina para causar mal al que no muere. Hay sucesos terribles que desprecian la congruencia ética y moral. Castigar a otro ultimando a los hijos comunes no tiene parangón en el catálogo de males. Y se repiten desde aquella macabra vileza que terminó en una hoguera.

La desvergüenza puede considerarse graduable. A estas últimas noticias, tan dolorosas, que han lesionado el corazón de una madre, empeñada en no aceptar lo que se podía temer como posible, le ha seguido un espectáculo despreciable protagonizado por auténticos carroñeros sociales acechando el escenario que diseña la tragedia para obtener rendimiento político. Es sencillo reclamar en el delirio de un desasosiego exigiendo respuestas al viento o denunciando carencias legales cuando se detenta el poder para ejercerlas. No hay mayor desvergüenza que actuar desde el privilegiado asiento de un Gobierno representando el papel de opositor de sí mismo disfrazando deficiencias con propaganda vacía e injusta. Los que suelen cuestionar la prisión permanente revisable o reclaman no legislar en caliente enarbolan banderas de conveniencia. En estos días trágicos, frente a conductas desvergonzados, nos sentimos muy avergonzados.

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

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