08 de agosto de 2020
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EDICIÓN VERANO
Patio de columnas

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Lopez de Hache

El negativismo español

A partir de hoy, y con una colaboración dominical, quiero implicarme con este proyecto editorial independiente que supone “El Cierre Digital”, liderado por el periodista de investigación activo más importante de España, Juan Luis Galiacho.

Los hubo y muy buenos en periodismo de investigación como Rubio, Tijeras, etc. Pero ahora solo queda en activo, junto a Cerdán, este periodista albacetense, valiente, directo y siempre bien informado. Juan Luis siempre me gusta más cuando transita por la investigación seria y rigurosa y menos cuando olfatea por el corazón.  

Y de lo que fue el periodismo de investigación ni hablemos, hoy apagado por los intereses editoriales que bastante tienen con sobrevivir, firmando convenios publicitarios que luego les atenazan o amordazan.

Sin olvidar que al pueblo español, dócil, amansado, lo han anestesiado desde las cadenas públicas a las privadas.

Ya ven con la que está cayendo en España y en el mundo, y aquí, en esta vieja y apolillada piel de toro, el protagonista de la semana ha sido un tal Alfonso Merlo, por cierto les doy mi palabra que desconocía quien era, y un showman de la peor televisión como Jorge Javier Vázquez, objeto de boicot político y lo verán muy pronto también publicitario que le hará caer.

Se dice que en España la gente ya no lee en papel y que se ha ido a lo digital. No hace mucho investigue durante una semana cual eran las noticias más leídas en versiones digitales de El País, El Mundo o ABC. Todas en el top estaban lideradas por asuntos del corazón o sexuales. Hay una gran responsabilidad social de los medios de comunicación. Ellos deciden qué noticias emiten o publican.

Un grande de la televisión pública hasta que la reconversión de TVE, por cierto la mayor decapitación de talento periodístico de España liderado por el socialismo de Zapatero, como fue Baltasar Magro, me contó un día que cuando dirigía esa leyenda televisiva que fue Informe Semanal, hoy un programa descafeinado, acortado y recortado, decidió programar en directo y como último reportaje de la semana, el centenario de Luis Cernuda,  poeta referente de la Generación del 27, invadiendo la franja del reality de  José Luis Moreno.

La audiencia, que esperaba al presentador del  muñeco Rockefeller y del “toma Moreno”,  permaneció fiel a Cernuda y Baltasar recibió un premio por este reportaje.

Al pueblo, me decía Magro, lo que le echas te lo come: margaritas o bellotas. Ahí está la gran responsabilidad de los medios de comunicación.

El patio está así y mientras que el modelo de televisión pública no cambie, TVE, la que usted y yo sufragamos con la sangría de impuestos a las que nos someten, seguirá por el camino del baile, los modistos y los cocineros.

¿Se imagina el lector en estas ocho semanas de cautiverio, perdón de confinamiento, un programa como La Clave analizando el coronavirus y su impacto sanitario y económico? Ni está ni se le espera. Y da igual que manden rojos o azules. Adoctrinar al televidente será siempre la consigna. Solo interesa eso.

Pero no nos distraigamos. Hoy quiero hablarles de esa enfermedad como país que es el negativismo español.

Esta semana hemos conocido con cifras la hecatombe social y económica que se nos viene encima. El gobierno español prevé que el desplome de la economía por la crisis del coronavirus llegue al 9,2% en 2020 y que la tasa de desempleo suba al 19 por ciento, disparando el déficit público al 10,34% del PIB. Una barbaridad. Un drama.

Pero aunque no esté de moda hablar de ella, hay muchas razones para la esperanza. Este impacto es por el parón de la economía. Es como detener las máquinas de un trasatlántico y dejar que vaya a velas durante un año.

España no ha cambiado de sitio. Seguirá siendo un lugar geográfico privilegiado, óptimo, para el regreso del turismo. Es cuestión de un año. Hasta que tengamos la deseada vacuna y vuelva la confianza a la sociedad española. Este un país de roces, de carne, de cercanía, de charla, cafelito, fútbol, toros y teatros. De terrazas y tertulias. De confianza, en definitiva. Su economía se ha movido por su clima excepcional, la alegría de sus gentes, y una seguridad en las calles que ya quisieran países que van por el mundo de gallos de pelea. Y eso volverá, no lo duden, regresará pronto. Es una cuestión solo de tiempo. Además Europa ayudará a España y le obligará a ir por la senda del modelo económico sostenible.

Erróneamente se ha calificado de guerra a esta época de pandemia, por cierto para cuya gestión no había precedente alguno para fijarse. Conte en Italia, Macron en Francia, Sánchez e Iglesias en España han declarado la “guerra” al virus o han hablado sin cesar de una “situación de guerra”. Desacertada comparación que se ha fabricado interesadamente para meter miedo al ciudadano. Pero de eso hablaremos otro domingo.

Esto no es una guerra, ni mucho menos las consecuencias serán de una guerra. Las infraestructuras (civiles, sanitarias, de fabricación) siguen intactas.

El virus se ha llevado por delante a casi 25 mil españoles. Sí, una debacle de dolor y de pena, que se ha cebado con la población de edad más avanzada. Pero los más jóvenes de nuestro país, la generación mejor preparada de España sigue intacta.

Nuestra guerra civil se llevó por delante a 750 mil españoles, casi todos en edad de trabajar.  La Segunda Guerra Mundial se cobró 47 millones de muertos entre civiles y soldados, muchos de ellos  base laboral de la productividad de las 23 naciones implicadas.

Este bicho pasará y las fábricas y los jóvenes ahí seguirán. Y los políticos de uno y otro signo que nos han liderado pesimamente en esta crisis también pasarán, y quedará un país hermoso por levantar y reconstruir.

Recuperación que protagonizó en su día, tras la guerra civil, esa sociedad española cuyos protagonistas hoy han muerto solos, abandonados,  en esas residencias geriátricas del pánico.

Es momento, querido lector, para la esperanza,  que es un estado de ánimo en el presente y una convicción de fe en el futuro.

Este espíritu crítico y esperanzador, tan necesario, tan valioso, lleva dentro siempre la amenaza de ese negativismo tan español, tan empapado del espíritu larresco, de la crítica acerba, de una visión desesperada, negativista.

Una actitud, que ya denunciaba el gran Julián Marías, ha sido siempre muy española. Fundada en críticas casi siempre exageradas, llevadas hasta el extremo, donde no hay nada que merezca la pena y se aplaude todo lo que venga nuevo que acabe con lo anterior

Debemos transitar de juzgar a España (“no hay nada que hacer”) a amarla (“hay esperanza”).

Solo así reconstruiremos este país, intacto en sus personas, valores e infraestructuras, pero sumido en una gran depresión política y económica, con los peores políticos posibles para liderar esta transición.  

Aun así,  hay esperanza.

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

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