25 de septiembre de 2021
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

José Francisco Roldán

Deporte nacional

Anillos olímpicos.
Anillos olímpicos.

Hemos vivido un acontecimiento excepcional planteado como un reto impresionante para ofrecer al mundo un espectáculo espléndido, mientras se trataba de paliar determinados inconvenientes, entre ellos, el más importante, la ausencia de público en las gradas contemplando, vibrando, animando, sufriendo o deleitándose con las actividades deportivas que cada cuatro años, al menos hasta estos juegos olímpicos, se repiten para llegar más alto, más lejos y más rápido.

La pandemia ha trastornado a esta humanidad, entretenida en otras cosas. En tal fiesta deportiva, como en otras, la cita olímpica permite a los deportistas compararse y representar a naciones muy distintas y distantes. Los tramposos, al menos esta vez, han debido ausentarse de ese escaparate de lo bueno enviando una delegación de atletas sin patria, enfundada en una anónima bandera de conveniencia. Debería suponer una lección para tantos sinvergüenzas que se dedican a enfangar las competiciones. También valdría para servir de ejemplo en tantos aspectos que determinan la convivencia de los humanos.

Estos Juegos de Tokio han servido para rememorar una cita única e irrepetible, como fueron nuestros Juegos Olímpicos de Barcelona 92. Para algunos supuso una experiencia inigualable, que no volverá a repetir, entre otras razones, porque los países de segunda línea debemos pelear demasiado para ser elegidos en acaecimientos especiales.

Ceremonia inaugural Barcelona 92. 

España sabe competir, especialmente, en deportes de equipo. Los diplomas y medallas obtenidas en esta cita olímpica lo han demostrado. Cuando conseguimos ponernos de acuerdo somos capaces de lograr grandes marcas y récords. La transición política supone un hito que mereció medalla de oro con una puntuación en el ranking mundial complicada de igualar.

Esta sociedad, cuando se lo propone, compite entre las mejores y está en condiciones de ganar en cualquier disciplina social, pero es complicado cuando algunos indeseables persiguen el éxito personal a costa de cualquier cosa, ejercicio de egoísmo embadurnado de envidia, al que tanto recurrimos, desgraciadamente.

En nuestro historial colectivo aparecemos situados en el palmarés perverso de los envidiosos, deporte nacional en el que destacamos con solvencia. Y este maldito defecto patrio nos ensucia cada reto cuando debemos competir mucho y bien.

Sería complicado tratar de resumir los enormes éxitos que nos permiten sentir un orgullo tan especial. Nos quedamos con el número de trasplantes de órganos practicados cada año o las donaciones de sangre, paradigma de la solidaridad.

Comprobamos cómo determinados seres despreciables desarrollan sus peores intenciones buscando el modo de romper lo que está contrastado superando marcas sociales de alto nivel. Cuando estábamos disfrutando de algunas medallas obtenidas por atletas de nuestra delegación en Tokio, sin venir a cuento, apareció el desdén ideológico para enfangar lo que debía ser ejemplo de compromiso, disciplina y lucha por obtener la excelencia, que se pone a prueba en cada escenario deportivo.

No se puede entender la obsesión por cribar políticamente cualquier iniciativa merecedora de dignidad. Muchos colectivos han probado su capacidad de trabajo y sacrificio en tiempos de tragedia, como tantos ciudadanos empeñados en colaborar para paliar la desgracia ajena, héroes anónimos que no compiten en contiendas deportivas. Mientras unos morían, otros acaparaban poder y amasaban recursos con los que afianzar un futuro personal o de grupos sectarios. Profesionales de élite, formados con mucho esfuerzo, se veían abandonados por ineptos justificando sus falacias con propaganda para lograr el oro en ignominia.

Vivimos tiempos para mostrar el reproche más riguroso. Miles de sanitarios vacunando para reducir la mortandad, mientras otros advenedizos mal entrenados ocupan los puestos más altos de la incompetencia. El colmo contrastado en estos días, cuando la electricidad alcanza récords olímpicos en España, quienes compiten en inoperancia y egoísmo envidioso corren despavoridos para esconderse de la mirada de un público aletargado, que observa desde casa, porque no puede ir a las gradas, tantas demostraciones de nuestro maldito deporte nacional.

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