19 de septiembre de 2020
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

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Juan Pérez de Mungía

El amanecer de la ultraderecha

Un fantasma recorre Europa: el fantasma de la ultraderecha. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: los socialistas franceses y los polizontes alemanes, los partidos de la izquierda plural y las corporaciones oenegé y los sindicatos, todas las organizaciones que tienen a los migrantes y a los parias de la tierra como clientes y las subvenciones del Estado y las mordidas mafiosas como nutrientes. Hace tiempo que la que se hizo denominar a sí misma izquierda dejó de ser internacionalista para esconder sus intereses privados bajo la superchería de su antiguo discurso.

Con ese vulgar recurso de denominarlo ultraderecha, con ese recurso a una falacia lógica, pretenden los políticos beneficiarios de la democracia censitaria que manipula la opinión pública reprobar el hastío ciudadano. La mendacidad se ha instalado en el poder: predican, de una parte, la austeridad imperativa de los ciudadanos con impuestos y exacciones fiscales confiscatorias, de otra predican el humanitarismo y el buenismo hacia esos nuevos proletarios que alimentan su negocio político y sindical. Marinaleda y EREs en su retórica. Ya inventaron este recurso extraordinario las hermanitas de los pobres en todas sus versiones y variantes con la estructura orgánica de la caridad. Aman la pobreza que necesitan extender y conservar.

De las víctimas de sátrapas y verdugos que ha amparado la democracia occidental viven estos nuevos ricos del capitalismo oenegé. Forman parte de la misma trama que trafica con seres humanos. No hay nada mas mendaz y patético que declarar solidaridad con el miserable sin apostar en modo alguno por reventar las costuras de sistemas sociales y políticos que convierten a sus ciudadanos en víctimas propiciatorias. Nada en su discurso de las herramientas políticas que anularían los efectos económicos y sociales de la inmigración: integración legal y pactada de inmigrantes cualificados especialmente de quienes ya dominan el español, integración en la cultura de la libertad preservando la propia cultura, exportación de desarrollo a paises emisores, aislamiento y castigo político de los paises que comercian con esclavos humanos. Las catástrofes humanitarias tienen su origen en todos los Maduros que en el tiempo han sido, todos los Maduros que compran leguleyos occidentales que presumen de intelectuales y carecen de pudor e inteligencia, que halagan como presidente al autócrata.

En una reconstrucción torticera de su propia trayectoria, los fascistas de siempre han cambiado su discurso para parecer demócratas y encarnar el autoritarismo bajo el artificio del derecho a la autodeterminación y la singularidad nacionalista, para reconstruir el hombre nuevo del socialismo abdicando de la igualdad de la ciudadanía, para enmascarar sus intereses privados como intereses públicos bajo el artificio del humanitarismo laico y la protección del ciudadano. Ahora se roba con el pretexto de beneficiar al ciudadano, y cunden las subvenciones para autoaplicarse mordidas y beneficios en un extenso mercado de tráfico de influencias. Es la metamorfosis del lenguaje.

Las fuerzas del mal vienen llamando ultraderecha al hastío del ciudadano en Francia, en Suecia, en Alemania, en Italia, en Polonia, en Hungría, en Austria, en Holanda, y en Chekia, en Grecia, en Eslovenia y en Eslovaquia. Los políticos convencionales responden con el populismo del que se benefician y envenenan con el mantra de la ultraderecha. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han concitado para resucitar una socialdemocracia corrupta desde sus cenizas. Y la desgracia quiere que la entera clase política resulte amenazada. La suerte está echada. La ultraderecha es un síntoma, no sabe nada todavía de la política ni tampoco de un proyecto social. Le Pen entretanto aprende.

El hastío ciudadano se extiende como reguero de pólvora allí donde el doctrinarismo socialista invierte la carga de la prueba. Predican el feminismo, pero es el caso que el feminismo solo alimenta la mejora de posiciones de clase de sus castas femeninas, herederas de sus viejos oligarcas. Predican la tolerancia para que un sucedáneo ocupe la posición de una mujer en el reconocimiento social. Predican el humanitarismo, pero solo sirven a los intereses corporativos de quienes viven del erario público, arremeten contra la iglesia que ha practicado durante siglos a lo que ellos mismos practican: administrar la miseria, y dicen representar a los pobres de los que viven estas castas socialdemócratas. Las mismas hembras que se pasean por la alfombra roja ejercen de embajadoras de las compañías que se nutren de la piedad del ciudadano y la subvención pública y se redimen en causas de interés humano como predica el periodismo basura. Predican la sanidad universal para quien no contribuye con su trabajo a la riqueza de todos, mientras se recortan las prestaciones a los ciudadanos y disponen a su antojo del excedente social sacrificándole en mejoras miserables de becas y subvenciones, que sacrifican los beneficios de inversiones en economías de escala. Predican la educación universal para quien levanta barreras a su integración social, derechos y libertades para quien no respeta las leyes, las costumbres y valores sociales de quien les acoge. Por doquier parecen concederse beneficios y reconocerse derechos a quienes no pagan sus impuestos y amenazan con violencia. Hay que venir con cal viva, arrojar excrementos, y apuñalar para que el ministro al uso se entere.

El hastío ciudadano viene permeando todos los rincones y la amenaza se extiende en el mismo grado en que se prodiga el discurso vacío del respeto hacia quien muerde la mano que le alimenta, el respeto hacia quien ocupa nuestras calles y plazas con una fe excluyente, hacia quien practica la ablación de sus hijas y casa a sus menores en matrimonios amañados, a quien extiende el velo a sus mujeres que les excluye del intercambio social y el matrimonio con sus conciudadanos y conculca sus derechos individuales, a quien amenaza la cultura de la libertad y de la democracia. La integración social de los inmigrantes es un principio que se colige del artículo 14 de la Constitución. La Constitución, precisamente por ello, no ampara que la integración social de los inmigrantes pueda emplearse como un instrumento para construir la gran nación catalana en contra de la nación española imponiéndoles la lengua propia del irredentismo catalanista en detrimento del español. Los terroristas islámicos hablan un perfecto catalán pagès. La Constitución no reconoce los derechos de ningún tipo de comunidad social originaria que castigue o sacrifique la libertad individual.

La Constitución ampara el derecho de los individuos para formarse y ejercer como ciudadanos, no ampara derecho alguno a una comunidad de fe que pretende imponerse a un ciudadano. La comunidad de origen no puede decidir el destino. El ciudadano puede aceptar al individuo que inmigra, pero no acepta su comunidad de pertenencia, esa comunidad imaginaria que el discurso socialdemócrata ha convertido en bandera de su credo igualitarista hasta la imbecilidad. No cabe igualdad de derechos para distintas culturas. Abrir las puertas a todos los credos, apostar por la disolución de la propia cultura, alimenta el hastío del ciudadano. De nada servirá que con argumentos falaces ad hominem la socialdemocracia europea trate de convencer a los ciudadanos que perciben una amenaza en las concesiones ilimitadas a los inmigrantes de  derechos que se niegan al ciudadano, de nada servirá la corrección política, el catecismo socialista que trata de subvertir la razón. El hastío ciudadano viene cobrando fuerza cuando se percibe que se reconocen derechos a quienes no se les exige responsabilidad. Integrarse significa convertirse en ciudadano con los mismos derechos y deberes.

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