17 de abril de 2024
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

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José Francisco Roldán

Zarrapos éticos

/ Ética.

Los que han tenido la suerte de leer mucho y bien sabrán mejor que nadie la etimología de gran número de palabras de nuestro idioma, que conserva manantiales lingüísticos inigualables. En los orígenes del castellano, como en su modo de vivir los más pobres y olvidados en una sociedad terrible y, como casi siempre, injusta, los harapientos sobrevivían mendigando y comían con vestimentas roídas y miserables.

En aquellos tiempos, más que ahora, distinción social que determinaba el ropaje, por eso, zarrapastroso era sinónimo adecuado para identificar a lo peor visto dentro un grupo humano. Aristóteles acuñó el término ética para definir un comportamiento humano relacionado con la moral. Lo ético, por tanto, como valor supremo, está posicionado en la más alta consideración de la conducta.

En estos días, por esos regalos que llegan a través de las redes sociales, que no son siempre perversas, hemos conocido el pensamiento de un matemático árabe, inventor reconocido del álgebra, que desarrolló su actividad en la época del califato Omeya en Bagdad. Al Khawarizmi, según la leyenda, hablando a un estudiante sobre ética, le asignó el número uno, la inteligencia era un cero a la derecha y sumaba diez; un segundo cero, por ser rico, subía al cien; y si era buena persona ponía un tercer cero, lo que llegaba a mil su calidad social; pero si perdía la ética quedarían sólo esos tres ceros: nada.

Entre Aristóteles y Al Juarismi cualquier ser inteligente, bien nacido, no tendrá dificultad en entender qué esperan los españoles de sus dirigentes políticos. Porque de su ejemplo, no de sus palabras y gestos, que suelen tener mucho de propaganda y poco de verdad, tomaremos conciencia de las posibilidades que ofrecen para mejorar el bienestar general. Dicho de otro modo, el bien común supone orientar las decisiones buscando la mayor tasas de prosperidad, seguridad y armonía en una sociedad que demanda ligeras dosis de ética.

Tampoco es preciso que la derramen en exceso, aunque sería muy bien aceptada por tanto descreído apelando a lo intangible. La pomposidad en las formas, como el vestido, que suelen distinguir determinados estamentos sociales, tienen menos valor de lo que algunos se imaginan. La calidad humana no está en los modos de adornarse, sino en los comportamientos, en ocasiones, más sencillos y demoledores. El tremendo terremoto, que ha destrozado una parte del oriente medio, nos está proporcionando lecciones de ética cada minuto. Los medios de comunicación, con la inmediatez que atesoran, regalan tutoriales de ética, dignamente impartidos por presuntos harapientos manchados de polvo arrancando la vida entre las piedras.

Después de tantos días de tragedia, dolor e inconmensurables retazos de alegría, los aparentes zarrapastrosos, empanados en barro, recuperan cadáveres por miles en unas calles que fueron el hábitat de seres de toda condición. Nos lejos de allí, los dos sabios inventores de una ética inmortal habían enseñado a sus alumnos el mejor modo de comportarse en unas sociedades tan distintas. Y mientras tanto, en el ruedo hispano, donde ambas doctrinas se impregnaron en nuestro vetusto bagaje, observamos la demostración asquerosa de zarrapastros ético alardeando despreciablemente su prepotencia.

Una élite social, disfrazados con elegantes vestimentas aparentando una dignidad falsificada, ignorando lo importante, escupe cada día palabrería falaz para engrandecer su autoestima, enaltecida por los cortesanos y mamporreros de siempre solapando la desgracia colectiva con discursos despreciables interpretando églogas para los elegidos por la historia.

La situación no está para fardar de éxitos mientras miles de muertos esperan bajo el hormigón y otros muchos esperan vivir con lo que llegue. La muerte nos vigila, aunque sea desde la distancia, porque allí están trabajando y sufriendo los héroes de verdad, rellenos de la mejor ética, que no tienen tiempo para dejarse manipular con opiniones que aseguran el clientelismo mamando de la ubre pública, silenciando o alardeando los asuntos que en cada caso toque. Por mucho que se vistan con alhajas, no son más que zarrapos éticos.

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

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