05 de agosto de 2020
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EDICIÓN VERANO
Patio de columnas

Patio de columnas

José Ignacio Herce Álvarez

La mascarilla: Un mundo de sensaciones

Queridos amigos, debo de reconocer que a mí lo de llevar mascarilla me pone…si, si y además no me importa reconocerlo. Me produce una serie de sensaciones que en otra situación quizás no habría tenido nunca la oportunidad de vivirlas juntas y, quizá, ni por separado.

La primera sensación es la de, no me digáis que no, sentirte como si fueras uno de aquellos bandoleros que campaban otrora por Sierra Morena rodeados de una cierta “impunidad” que les brindaba ese rudimentario embozo…no voy a decir que nos dediquemos a atracar bancos, pero ¿cuantas cosas hemos dejado de hacer por temor a que nos vieran o más bien a que nos reconocieran? (seguro que alguno habéis esbozado alguna tenue sonrisilla). Pues ahora detrás de la mascarilla y, sobre todo si es de una de esas de tamaño familiar, nos podemos permitir hacer esas “cosillas” que de otra manera no haríamos nunca…sobre todo si además aprovechando el sol nos ponemos una buena gafa al uso. No voy a decir cosas que se me ocurren para hacer porque alguna de ellas sería objeto de denuncia solo por pensarlas, pero seguro que a vosotros también se os ocurre alguna pequeña maldad……

Otra de las sensaciones que me produce es una que seguro todos hemos soñado alguna vez, la de sentirte actor de cine. No me digáis que cuando vais por la calle y veis a todo el mundo con mascarilla, guantes y gesto de perrillo asustado, sobre todo en aquellos días pasados de confinamiento forzoso, no os sentís como parte de una de esas películas, generalmente de tipo catastrofista que tanto éxito tienen entre el público en general. Esa sensación de sortear el peligro frente a un “desmascarillado” o a unos cuantos jóvenes con la mascarilla en el codo…algo inigualable.

Luego está la sensación de vivir en riesgo permanente, esa sensación de rozar los límites de la aventura cuando te pasas todo el tiempo pendiente de si te has rascado o no el ojo o la nariz sin haberte bañado previamente en el gel hidroalcohólico, algo de cuya existencia antes no teníamos ni la más pajolera idea, o haber tocado de manera inconsciente la barra del metro, o ese choque que cuando ibas ciego con el móvil has tenido con una persona de aspecto algo…. sospechosillo.

Y ¿quién de niño no ha querido ser policía? Pues aquí tenemos otra sensación que podemos satisfacer. Estar ojo avizor, cual vieja del visillo, vigilando a todos para que no se infrinja la norma, esa sensación de justicieros que nos permite reconvenir a los díscolos, cosa que al estar ocultos hacemos con mayor ímpetu que si fuéramos a cara descubierta y nos hace sentirnos, además, arropados por el resto de conciudadanos que apoyan de manera vehemente ese gesto nuestro, llegando incluso hasta a arrancar el aplauso.

Pero no todas las sensaciones son buenas…no. Luego está el sentimiento de culpa que te surge cuando por algún motivo no autorizado, como después de estar una hora con la mascarilla bajo cuarenta grados, y no os digo más si encima es una “masbaratilla”, en que para poder sobrevivir tienes que retirártela para “boquear” durante breves instantes cuando de repente, ves como a tu alrededor te observan con miradas torvas, ceños fruncidos y puños encrespados…..un sentimiento de culpa y un sudor frío recorre todo tu cuerpo, de tal manera que de forma inmediata vuelves a colocarte las gomitas tras las orejas, ya de soplillo por la adaptación al medio, ante los gestos de aprobación de los que te rodean.

Otra sensación que nos ha producido la mascarilla es la de haber recuperado la agilidad perdida. Fijaos por ejemplo en el metro como intentas “clavarte” en el suelo para no tener que agarrarte a ningún objeto susceptible de albergar al “bicho” o de impactar contra un humano posible portador……Ver cómo somos capaces de abrir con el codo puertas imposibles, sortear con agilidad una puerta que se abre de manera descontrolada, beber de forma inverosímil y otras cosas de índole similar que nos recuerdan épocas pretéritas que pensamos que ya no volverían.

¿Y para aquellos buscadores de “amistad” no agraciados con un rostro atractivo? Pues han ganado el primer asalto que de no llevarla a lo mejor tenían perdido desde el principio, ahora en cambio hasta que llegue el momento de “desembozarse” pueden haber ganado esos puntos que a primera vista tendrían perdidos…esa sensación de confianza en sí mismo no tiene precio.

Y, por último, nos ha dado libertad, si libertad. Bajo la mascarilla y gafa de sol, podemos salir con la camisa de flores, el pantalón corto, sin afeitar e incluso… ¡con chanclas! Sin temor a ser reconocido y vilipendiado en tu círculo de amistades y conocidos.

No sé si todavía ejerce el mítico George Dann porque seguro que no tardaría en sacar una canción del verano remedo de aquella Barbacoa  llamada La mascarilla.

Querido amigos, quien no se consuela es porque no quiere.

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