18 de septiembre de 2019
|
Buscar
FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

Juan Pérez de Mungía

Lotería de Tronos

En un acto oficial del monarca, Pablo Iglesias le entregó una copia de Juego de Tronos a Felipe VI. Pablo Iglesias, que no es muy leído en literatura no subversiva, podría haberle regalado el Príncipe de Maquiavelo, y haberle dado al Rey la oportunidad de haberle devuelto el regalo con el Espíritu de las Leyes de Montesquieu, o la República o Las leyes de Platón. Los símbolos mueven el mundo, y toda religión es antes libro, Savater dixit. La ciencia se abre paso a trancas y barrancas entre tanta religión y simbología. La lotería es un juego. Puede tocarte un rey u otro, a Rey depuesto, Rey puesto. El Rey ya no es la figura del tablero en el que la muerte ha venido a buscarte, no es el séptimo sello que se estampará sobre el futuro de nuestro país. La partida lleva jugándose desde la caída de Fernando VII y personajes como Sánchez o Iglesias juegan a los aprendices de brujo y Fígaros de la componenda política actual.

La mejor República en España es la Monarquía, y el mejor presidente de la República española es el Rey. Palabra de republicano. Pero ¿cuál es la utilidad de la monarquía? ¿qué garantías ofrece la corona en la persona de este Rey?. Consideremos que la sociedad española se mueve entre un silencio inconsciente y las reacciones que en ocasiones impredecibles mueven a sus actores a  la tragedia de la guerra civil. La debilidad de las instituciones y la debilidad de la sociedad civil  hace que los partidos vengan a reivindicar su representación, ocupando los poderes del Estado y maniatando la opinión pública a golpe de medios, prebendas y talonarios, a las ratas de las cloacas autonomistas. En medio, el PNV que enarbola la palanca de ETA a medida que crece la desmemoria para obtener ventaja de cada conflicto, y la propaganda nacionalista del independentismo que confundiendo realidad y deseo está dispuesta a quemar las naves en que viajan. Felipe VI encarna la única institución del Estado que ha sido capaz de oponerse al intento de suicidio colectivo catalán, con una España muerta en la cuneta. El simbolismo del cargo ha roto el espejo con el único acto que puede hacer una palabra, un acto perlocutivo, mostrar la deslealtad al Estado democrático que llevó a la activación del 155. Pese a su tibieza, Felipe VI procuró un bálsamo a una situación que aboca imparable a un enfrentamiento civil.

La monarquía obtiene su legitimidad de su utilidad. Solo por el hecho de oponerse al nacionalsocialismo de la decadente burguesía catalana merece nuestro respeto a la altura de Azaña en la República cuando mandó detener a Companys. Muerte al Rey, gritan. Algunos olvidan que la República defendió la unidad de España al igual que la monarquía, y el intento del federalismo sanchista y pablista un intento desesperado del cantonalismo irredento del siglo pasado. Europa es monárquica, incluso en Francia, con una república monárquica dado el poder omnímodo del presidente; nuestro Rey no cuenta con las atribuciones del Rey-Presidente de Francia, que se atribuye en España a las Cortes. Nuestro modelo político no puede ser tildado de monárquico.

Derrocar al rey necesita del concurso del partido socialista, y lo saben. Pedro Sánchez lo sabe y no va a dejar pasar la oportunidad de la mano de la necedad mísera de quienes le han aupado. Sabe que una declaración de la república llevaría a una revuelta popular y serían muchos republicanos de siempre que se personarían en La Moncloa para colgar al actual presidente por traidor; como en los mejores tiempos medievales, el cabreo puede no ser tan sordo para arriesgar la estabilidad y riqueza de todos. Pedro Sánchez camina sobre arenas movedizas, su gobierno un cenagal, un despropósito ético, el falseamiento pertinaz de su política y de sus políticos y el oportunismo que le caracteriza previenen a la población española para que en próximas elecciones se hunda en el abismo de la historia y sea encumbrado hasta las más altas cotas de impopularidad, desbancando a sus antecesores, singularmente Zapatero que nos robó el futuro de las pensiones, y el futuro económico con cheques bebé, planes E, y rebajas aparentes de impuestos para llevarnos a la actual ruina presupuestaria. Zapatero cuenta con residencia en Venezuela.

La monarquía no se toca porque tocar esta institución lleva ineludiblemente a una conspiración perpetua que permitiría la declaración unilateral de tantas repúblicas como pistoleros subidos a la tribuna de oradores. España podría sufrir un colapso, un ejemplo para Europa de retorno al Medievo, un Brexit gigantesco y demoledor de territorios desgajados de ese proyecto común que es Europa. Si España cae, cae Europa, si la unidad española cae, Europa no permanecerá unida. La guerra civil española fue una contienda entre bloques. La moneda de cambio, el Rey, es la última barrera para el estallido de la guerra en cada esquina. Y no por causa de monárquicos inexistentes. Es y será obra de criminales y farsantes a sueldo del Estado.

Nunca los sucesos históricos tuvieron un efecto inmediato sobre la política, la economía o los movimientos sociales. La historia no es histeria. La revolución francesa no fue la toma de La Bastilla, ni siquiera el directorio, ni el imperio Napoleónico. El cambio histórico llevó todo el siglo XIX y no culminó hasta la primera gran guerra y sus secuelas hasta la II Guerra Mundial. Si la revolución francesa imprimió carácter al mundo contemporáneo este no se manifestó hasta el momento en el que EEUU toma las riendas del mundo 150 años después. Pablo Iglesias y Pedro Sánchez amordazan al Rey para jugar un juego de tronos donde se desvela su identitaria voluntad de tiranía, un estado de incertidumbre donde la seguridad civil desaparece a manos de la inseguridad jurídica, el caldo del cultivo de los nacionalsocialistas y los políticos nacionalfascistas catalanes.

La solución a la solución que proponen los populismos no es la solución y lo único que alientan es la guerra civil, ese tipo de guerra que nunca se sabe como empieza y siempre se sabe como acaba. Los muertos no son otros, y ni siquiera los nuestros, los muertos somos todos, el vecino, la madre, el amigo, el desconocido y la mayoría del pueblo porque solo sobreviven los militares y quienes se militarizan. Y no todos.

Las guerras civiles del siglo XXI en Europa no serán iguales a la devastadora de Yugoslavia. No podrá ser narrada en un Tribunal Internacional. No de España. Quizás la guerra ya ha empezado, y Pablo Iglesias y Pedro Sanchez en su cinismo corsario ya señalan las víctimas que desean. Tirar la monarquía es el designio ya puesto en práctica por el ausente parlamentarismo catalán, por ese mismo parlamento inexistente. Las víctimas que desean son las personas que amedrentan por su anticorporativismo, por su antinacionalismo. Para ello nutren con sus súbditos las televisiones públicas podemitas. Se acosa en las redes sociales a quien no piensa igual, es un procès de destrucción masiva, paso a paso, legalizando y promoviendo el desorden social en cada política para que exista un número de caídos suficientes como en la Guerra del Opio, ahora de la marihuana, sometidos a sus placeres autistas antes de asestar el golpe final. Dalí nunca fue el gran masturbador ni el amante de Amanda Lear, frente a tantos imitadores.

Todo queda, todo permanece. La guerra civil no terminó con la victoria de Franco y la dictadura, ni siquiera con el armisticio de la Constitución y la democracia, la guerra civil continúa y en este tiempo los Sánchez, los Iglesias, sus fotocopias, incapaces de madurar, se replican con el mismo talante y el mismo discurso. Si han falsificado su formación y asumen la ética cínica del catolicismo de confesionario, el retorno del pasado estará servido. Una vez mas. Como en esa frase que parafrasea al canciller prusiano Bismarck, “España es el pais más fuerte del mundo: los españoles llevan siglos intentado destruirlo y no lo han conseguido”.

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

COMPARTIR: