25 de julio de 2021
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EDICIÓN VERANO
Patio de columnas

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Máximo González

Aprovechar los jubilados

Jubilados.
Jubilados.

Tan importante es para todos los gobiernos el tema de las “pensiones”, que casi ninguno quiere  “coger el toro por los cuernos” por lo impopular que resulta la decisión obligada de rebajarlas.

Tanto pánico se tiene a aplicar esa impopular medida que siempre se demora hasta última hora su aplicación, ya que como hasta ahora ha ocurrido en nuestro país, “retocar las pensiones a la baja” equivale a perder las elecciones. Y es que claro, no estamos hablando de cuatro votos que poco puedan alterar el resultado electoral de un país.

Hasta ahora, las competencias en esta materia están en el Gobierno Central  y es a él y a los Agentes Sociales y a la Patronal a quienes corresponde una negociación satisfactoria en este campo, por el beneficio futuro de todos.

Pero si como digo, tanto temor se tiene a tomar medidas serias por lo que pueda pasar, ¿por qué no se buscan las fórmulas adecuadas para que haya más empleo y más cotizantes para obtener más ingresos y así no tener que rebajarlas?

Durante muchos años, se han estado prejubilando a muchos trabajadores jóvenes, sobre todo en el sector de la banca, con unas indemnizaciones y unas pensiones vitalicias enormemente sangrantes para las arcas del Estado.

Personas jóvenes improductivas, viviendo de por vida del Erario Público por una legislación de cortas miras y que ha permitido y aún permite la jubilación anticipada de personas útiles para el país, para la sociedad, para sus propios hijos, familiares y amigos.

Jubilados

Yo, cuando voy andando de mi oficina por el pueblo donde vivo a hacer gestiones, no paro de ver personas jubiladas con carritos de niños paseándolos al sol, sentados en algún banco haciendo tiempo hasta la hora de comer o intentando, desquiciados, callar los llantos de su nieto “desbocado”, metiéndole el chupete veinte veces en la boca.

Otros en cambio, no saben en qué emplear su tiempo libre; hacen las rutas de los bares, tomando cafés y cafés, consumiendo cigarro a cigarro, jugando a las máquinas tragaperras, o dando vueltas por las calles  o sentados cabizbajos en un banco esperando que llegue la hora de la comida para ir a su casa a comer.

Los miro con resignación y admiración a la vez, pero sinceramente, con profunda tristeza porque creo que un abuelo jubilado, sea de la edad que sea, merece una libertad que no ha podido tener en sus años jóvenes.

Claro que, este es un punto de vista. Otro es el que esos abuelos se sienten sumamente orgullosos de poder compartir su tiempo libre de ahora con sus nietos; ese tiempo que no pudieron dedicar a sus hijos por estabilizarse y luchar para sacarlos adelante y que ahora, cuando ven pasar el tiempo más deprisa que nunca, se agarran a lo que haga falta para sentirse útiles aún y ayudarles en lo que sea.

Muchos de estos jubilados, con incluso sus bajas pensiones, ayudan a sus hijos en casa para sobrevivir. No debemos olvidar que hay muchos jóvenes que se han quedado sin trabajo, sin casa y que al no tener dónde ir, vuelven a casa de sus padres y se apañan como pueden viviendo todos juntos y alterando también con ello, en ocasiones, la paz reinante de la casa  del abuelo.

No solo su paz y su tranquilidad, sino su espacio, sus nuevas costumbres, sus salidas y hasta el orden de su hogar, a veces revuelto por la inquietud lógica de unos nietos hiperactivos.

¿Cuántos de esos abuelos, buenos profesionales que fueron en sus empresas, bien formados cultural y profesionalmente darían lo que fuera necesario para intentar conseguir algunos ingresos extras para su casa con el fin de poder ayudar a su familia, aunque eso supusiera, casi “morir con las botas puestas”?

Mientras su hijo “inexperto y en paro” y no siempre en esta situación, no encuentra trabajo, su padre, en cambio, podría quizá, dándole una vueltecita a la ley, encontrar una fórmula para que sus conocimientos profesionales fueran a parar a los jóvenes que empiezan su vida profesional, en sus ratos de ocio.

Podrían perfectamente hacer labores de enseñanza, o prácticas o dar cursillos en el INEM, en las empresas, en los hospitales, en los colegios, en los talleres y en distintos ramos existentes en la sociedad, siempre claro está que fuera de forma voluntaria y sin ánimo de lucro por su parte.

Ellos creo yo, los que quisieran hacerlo, se sentirían útiles aún unas horitas al día y a cambio el Estado, a modo de “Formación” de trabajadores, podría subvencionar esa formación a los contratantes, cotizando por ellos una pequeña cantidad, similar a la tarifa plana de los autónomos, que ya ayudaría a la Seguridad Social en sus ingresos mensuales.

 A los jubilados “formadores” de trabajadores inexpertos, “Papá” Estado podría otorgarles una ayudita económica como complemento de su pensión la cual serviría también de ayuda para toda la familia que conviviera con ellos, estudiando cada caso.

No olvidemos que el “desgaste” de un jubilado no es igual en todas las profesiones: No se desgasta igual en su vida profesional un albañil o un transportista, que un maestro, juez, médico, asesor o comercial por poner algunos ejemplos por lo que, jubilados todos ellos a la misma edad, no todos ellos tienen la misma necesidad de descansar. Por tanto, tanto unos como otros tras su retiro, podrían seguir voluntariamente ayudando a la Sociedad.

Lo principal que yo defiendo aquí, es el aprovechamiento de los conocimientos de un médico, juez, mecánico, carpintero, fontanero, economista, etc. para sentirse útiles después de su jubilación al ser una fuente de conocimientos y experiencia que debería ser aprovechado y creo yo que se podría crear una especie de “bolsa de jubilados voluntarios” para este fin.

Una persona cuando se siente útil, se siente feliz y ayuda a la felicidad de los que tiene a su alrededor.

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

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