25 de junio de 2019
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FIN DE SEMANA

La periodista Ana María Pascual lo cuenta en un libro con el testimonio de Teresa Rilo, viuda del terrorista francés

Vuelven los GAL: la historia de las cloacas de la Transición a través de la figura de Cherid, sicario referencia de la 'guerra sucia'

Jean Pierre Cherid.
Jean Pierre Cherid.
Los GAL han vuelto con un libro. La periodista Ana María Pascual recupera en 'Cherid, un sicario en las cloacas del Estado' una parte olvidada de la historia reciente de España, aquella en la que luchó contra el terrorismo usando sus mismas armas. El libro aporta la novedad del testimonio de Teresa Rilo, viuda de Cherid que, por primera vez, relata sus vivencias en la retaguardia de la llamada 'guerra sucia'.

El 19 de marzo de 1984 un hombre se acerca a un coche aparcado en el paseo marítimo de Biarritz. Cuando abre una de sus puertas estalla el coche. Pronto se sabrá la identidad del muerto. Es Jean Pierre Cherid, sicario ejerciente en diversos países y en España en la última década. Desde entonces se han mantenido dos versiones de la muerte de Cherid. Una asegura que Jean Pierre estaba instalando una bomba que tenía como objetivo a etarras que estaban instalados en Francia. La otra asegura que fueron las cloacas del Estado para las que trabajaba. Nadie ha aclarado aún el suceso, pero supuso un antes y un después en la historia de la llamada ‘guerra sucia’ contra el terrorismo.

Jean Pierre Cherid, ciudadano francés, se pasó toda su vida luchando como mercenario. Vivió la vida como si fuera una guerra y en varias estuvo. Perteneciente a los Pied Noirs (Pies Negros) de Argelia, cuando el General de Gaulle tomó la decisión de conceder la independencia a la antigua colonia estos le consideraron un traidor y comenzó la trayectoria bordeando la ley de Cherid. En 1962 huyó de Francia y se instaló en España. La dictadura de Franco era un paraíso de calma para los ultraderechistas de medio mundo, donde podían vivir con plena libertad de movimientos.

Tras su paso como mercenario en la Guerra de Biafra, Cherid comenzó su trayectoria como sicario para las cloacas del Ministerio del Interior español. Se movió con soltura entre los extremistas italianos y españoles. Antonio González Pacheco, conocido como ‘Billy el niño’ o el italiano Mario Ricci, confiaban plenamente en el francés. Sabían que era eficaz como sicario y que su experiencia en conflictos armados le dotaban de una extraordinaria capacidad de supervivencia.

En el momento de su muerte estaba a punto de volver a sus actividades iniciales de sicario en Sudáfrica que en esos momentos vivía una época de tensiones raciales y militares. La muerte impidió que pudiera filtrar nada de la ‘guerra sucia’, se había convertido en una persona peligrosa. Lo era por la cantidad de información que atesoraba. Si alguien lo sabía todo sobre el terrorismo de Estado ese era él.

Su muerte nunca ha sido aclarada. La Justicia francesa, a quien le corresponde hacerlo al haber sucedido en territorio galo, nunca ha querido abrir esa puerta que podría traer complicaciones al país vecino.

Símbolo de los GAL, con la serpiente de ETA cercenada por un hacha.

Con todo, la desaparición de Cherid fue la caja de Pandora para los medios de comunicación. La prensa española empezó a vincular los GAL con gente de los Cuerpos de Seguridad. Un reportaje, publicado poco después de la muerte de Jean Pierre, en el que un miembro de GAL, a cara tapada, concedía unas declaraciones en las que aseguraba que el grupo de terroristas trabajaba a sueldo de algunos empresarios vascos encendió la mecha de los periodistas. No se tragaron el sapo y los GAL entraron en una fase agónica.

Del Batallón Vasco Español a los GAL

La crónica de la denominada ‘guerra sucia’ contra el terrorismo forma parte del relato más ignominioso de nuestra historia reciente. Hunde sus orígenes en el tardofranquismo, cuando la dictadura agonizaba y todos los protagonistas del tablero político tomaban postura para estar lo más cómodos posible en el nuevo escenario.

Un hilo conductor une los primeros actos de mediados de los 70 con el Batallón Vasco Español que operó durante los primeros años de la Monarquía y ya en los ochenta con los Grupos Antiterrorista de Liberación. Nombres con los que Roberto Conesa o Antonio González-Pacheco, el temido ‘Billy el niño’, pusieron en práctica la estrategia de la tensión que tan buenos resultados había dado en países como Italia, Francia, Portugal o Argelia.

Ellos junto con ETA, el GRAPO y otros grupos terroristas de izquierda y derecha tiñeron de sangre los años de la Transición y pusieron trabas a la construcción de una sociedad democrática homologable a la de los países de su entorno. El Ministerio del Interior mezcló así nombres de policías con elementos de la ultraderecha tanto española como italiana dispuestos a todo por un afán ideológico.

La llegada del PSOE al poder en 1982 bajo la bandera del cambio también afectó a la ‘guerra sucia’. Los líderes socialistas no supieron o no quisieron cortar de raíz con los modos de luchar contra el terrorismo heredados del franquismo y los gobiernos de UCD. Eran los años de plomo de ETA, cuando sus acciones constantes y la maquinaria de la ‘guerra sucia’ era demasiado efectiva como para cortar de raíz con ella sin provocar guerras internas en los Cuerpos de Seguridad del Estado.

Miembros de la derecha más ultra acabaron así unidos a los nuevos mandos del PSOE como Julián Sancristobal o Rafael Vera. La política (antiterrorista) puede hacer más que extraños compañeros de cama. Del Batallón Vasco Español se pasó a los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL) y de una estructura jerarquizada propia de los grupos paramilitares a una organización donde la malversación de los fondos reservados lo presidiría todo. Del convencimiento ideológico de los neofascistas a la obsesión por el dinero de los pistoleros a sueldo de la mafia que anidaba en el Ministerio de Interior.

José Amedo. 

Fue a finales de 1987 cuando la prensa y la Justicia comenzó a hacerse preguntas sobre el origen de los GAL. Empezó así una lucha por descubrir la verdad, al menos en una parte importante. La descomposición del PSOE y los gobiernos de Felipe González por los diversos casos de corrupción ayudaron a que el Caso GAL se hiciera un hueco en la agenda judicial e informativa.

Finalmente, el secuestro en 1983 del ciudadano francés Segundo Marey al haberle confundido con un etarra acabó con toda la cúpula de Interior condenada por el Tribunal Supremo en 1998: José Barrionuevo, Ministro de Interior, por secuestro y malversación de caudales públicos, a 10 años de prisión y 12 de inhabilitación absoluta; Rafael Vera, secretario de Estado para la Seguridad, por secuestro y malversación de caudales públicos, a 10 años de prisión y 12 de inhabilitación absoluta; Ricardo García Damborenea, Secretario General del PSOE en Vizcaya, por secuestro, a 7 años de prisión y 7 de inhabilitación; Francisco Álvarez, jefe de la Lucha Antiterrorista, por secuestro y malversación de caudales públicos, a 9 años y seis meses de prisión y 11 de inhabilitación; Miguel Planchuelo, jefe de la Brigada de Información de Bilbao, por secuestro y malversación de caudales públicos, a 9 años y seis meses de prisión; José Amedo, subcomisario de la policía, por secuestro y malversación de caudales públicos, a 9 años y seis meses de prisión; Julián Sancristóbal, Gobernador Civil de Vizcaya, por secuestro y malversación de caudales públicos, a 10 años de prisión y 12 de inhabilitación absoluta; Michel Domínguez, policía, por cómplice del delito de secuestro, a 2 años, cuatro meses y un día de prisión, y a inhabilitación por el mismo tiempo; Enrique Rodríguez Galindo, General de la Guardia Civil, por detención ilegal y asesinato de Lasa y Zabala, a 75 años de prisión y a inhabilitación; Ángel Vaquero, exteniente-Coronel de la Guardia Civil, por detención ilegal y asesinato de Lasa y Zabala, a 69 años de prisión y a inhabilitación y Julen Elgorriaga, ex gobernador civil de Guipúzcoa, por detención ilegal y asesinato de Lasa y Zabala, a 71 años de prisión y a inhabilitación.

Tras las condenas se instaló un manto de silencio. Acabadas las repercusiones políticas parecía no interesar el recordar una parte de nuestra historia, complicada y retorcida y que puso puntos negros en el idílico relato de la Transición a la democracia. Un libro acaba de traer de regreso toda esa oscura historia.

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