06 de agosto de 2020
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EDICIÓN VERANO

EL PERIODISTA JULIO MERINO ANALIZA LA HISTORIA DEL ATENTADO QUE ACABÓ CON SU VIDA Y DE LOS PROTAGONISTAS QUE URDIERON EL MACABRO PLAN

El cuarto magnicidio de la historia de España: Se cumplen 99 años del asesinato del presidente Eduardo Dato

Moto del atentado a Eduardo Dato
Moto del atentado a Eduardo Dato
No fue un crimen pasional, no fue un asesinato ocasional. Fue el resultado de un atentado terrorista perfectamente ideado, planificado, ensayado y ejecutado. Fue la consecuencia de la grave situación social y política que vivía España y principalmente Cataluña, donde la violencia había llegado ya a unos niveles de verdadera guerra civil (desde el 9 de enero de 1920 al 1 de enero de 1922 se produjeron 313 atentados, que ocasionaron 255 muertos y 733 heridos).

La situación política y social en España era extremadamente convulsa tras la huelga general revolucionaria del 17, la Juntas Militares de Defensa, la Guerra de Marruecos, la onda expansiva de la Revolución Rusa, los ecos del fusilamiento de Ferrer y la Primera Guerra Mundial.

Anarquistas, comunistas, socialistas revolucionarios, obreros en paro, empresarios en ruinas, lerrouxistas, nacionalistas, los de la Lliga, independentistas, pistoleros a sueldo, familias hambrientas, militares en rebeldía, policías corruptos, curas obreros, aliadófilos, imperialistas, republicanos, liberales, conservadores, federalistas, españolistas, obispos desnortados y hasta los barcos anclados en el puerto vivían o morían enfrentados a muerte, unos contras otros y todos contra todos, cuando estalló el polvorín y el 8 de marzo de 1921 cayó asesinado el Presidente del Gobierno, a la sazón Eduardo Dato e Iradier. (Era el 4º Presidente del Gobierno que caía asesinado en menos de 50 años: Juan Prim en 1870, Antonio Cánovas del Castillo en 1897, José Canalejas en 1912... y no sería el último, ya que muchos años después, en 1973 caería el quinto, el Almirante Carrero Blanco).

Sin embargo, las cosas fueron a peor cuando en el invierno de 1920 el Consejo de Ministro, que presidía Dato, nombra a propuesta del de Gobernación, Gobernador Civil de Barcelona al General Don Severiano Martínez Anido, y Jefe Superior de Policía al también General Don Miguel Arlegui, que procedía de la Guardia Civil. O sea dos militares para dos cargos civiles. Lo que indica claramente que el Gobierno estaba decidido a poner orden en la ciudad más conflictiva de España de cara a las elecciones generales que debían de celebrarse el 19 de diciembre. En esos momentos ya imperaba la política del "ojo por ojo y diente por diente" entre los distintos grupos políticos. Las clases patronales y las clases trabajadoras estaban inmersas en una guerra sin cuartel. Tan radical que raro era el día que la autoridad judicial no tenía que ordenar el levantamiento de varios cadáveres.

La "gestión" Martínez-Anido-Arlegui comenzó en serio a finales de noviembre. Antes, eso sí, se habían preocupado ambos militares de "prepararse el terreno". En primer lugar habían conseguido del Gobierno plenos poderes para llevar a cabo su misión. Luego, organizaron y armaron el Somaten reforzado con jóvenes nacionalistas de la Lliga, además de contar con el apoyo total de la Patronal, a quien debían el haber sido nombrados.

Por su parte, las clases trabajadoras estaban organizadas en tres Sindicatos: el Único, el Libre y el Católico... ¡Y en ese ambiente se acordó la muerte del Presidente del Gobierno!, que caía asesinado un mes después de la muerte del abogado Don Francisco Layret, diputado republicano por Sabadell y gran defensor de la causa obrera. ¿Por quién? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?... He aquí la cuestión, porque otra vez, como siempre, se plantean una serie de dudas de difícil respuesta y una gran interrogante por encima de todas las demás: ¿Fueron responsables de la muerte de Dato los autores materiales del hecho?

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Pero llegados hasta aquí, no tengo más remedio que reproducir, integra, una entrevista que publicó Manuel Bueno en el diario “Pueblo” el 23 de diciembre de 1967 con el único superviviente del  atentado, que le costó la vida el 8 de marzo de 1921 al entonces Jefe del Gobierno. La entrevista, con el título de “Yo maté a Dato”, fue así:

“Aquella pistola mataba un buey a quinientos metros de distancia. Por eso cuando vacié el cargador de mi Mauser, calibre 7,65, a boca jarro, ya sabía que la descarga era mortal de necesidad  que Dato iba a pasar a mejor vida. Era una buena pistola, con un cargador de diez balas. Tenía una culata para apoyarla en el hombro y hacer mejor puntería, pero estábamos tan cerca del coche que no tuce que apoyarla en el hombro”.

Pedro Matéu Cusidó, de setenta años de edad, natural de Valls, provincia de Tarragona, habla despacio, en catalán. Mide 1,62 metros de estatura y pesa 72 kilos. Es un hombre fuerte, casi macizo, ligeramente encorvado. Está satisfecho de la vida y de su trabajo en un taller de calderería, situado a la salida de Cordes, un pueblo medieval emplazado en lo alto de una colina, a 40 kilómetros de Toulouse,  en el sur de Francia.

“No me puedo quejar. Trabajo cuarenta y otro horas a la semana y gano setecientos nuevos francos al mes. Llevo aquí desde el final de la guerra civil. Al principio trabajé en el campo, pero en cuanto surgió  una oportunidad volví a lo mío: tornero. Tengo una casita propia y un coche (un Dauphine). No me falta de nada. Aquí me respetan y me dejan vivir tranquilo. Mi compañera es una muer ordenada y tenemos unos ahorrillos, aunque no muchos, la verdad, porque no tenemos hijos y el dinero se lo va a llevar el diablo.”

Matéu ofrece alguna resistencia a relatar con detalle lo ocurrido en la trágica noche del día 8 de marzo de 1921, cuando tres desconocidos abrieron fuego contra el automóvil en el que viajaba Eduardo Dato, de setenta y siete años, jefe del Gobierno conservador, en la plaza de la Independencia. Al fin cede. Su relato es minucioso. Parece como si el atentado hubiera quedado grabado en su memoria con rasgos indelebles. Matéu sonríe casi continuamente.

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Presidentes asesinados

“Lo primero que quiero decir es que yo no maté a Dato por ser Dato, sino por ser Jefe del Gobierno y aprobar la represión contra los obreros que dirigía Martínez Anido en Barcelona. Dato era un liberal. Mejor dicho, un liberal conservador; un reaccionario, en definitiva. Nosotros (los anarquistas) creíamos que si lo eliminábamos su sucesor sería mejor y las cosas cambiarían. Pero nos equivocamos.

Cuando tenía catorce años, mi familia se trasladó a Barcelona. Yo estudié en el colegio de los Escolapios. Por cierto que siempre sacaba la nota más alta en conducta. Supongo que mis profesores quedarían un poco extrañados al ser detenido y confesar que había matado nada menos que a Dato. Pero no lo hice por dinero, sino por obligación moral. Mis ideas me impulsaron a hacerlo.

Yo trabajaba en la fábrica Elizalde, de motores, como tornero ajustador. Ganaba quince duros a la semana y no me iba mal. A los dieciocho años me habían ganado las ideas anarcosindicalistas. Sigo siendo anarquista. La gente cree que los anarquistas somos partidarios de la violencia, pero no es verdad. Somos gente pacífica que practica el lema “vive y deja vivir”. Cuando alguien no nos deja vivir, lo suprimimos. Eso ocurrió con Dato. Por eso no estoy arrepentido de lo que hice.

El 11 de enero de 1921, en tren, me trasladé a Madrid con otros tres compañeros. Nuestra misión era suprimir a Dato cuanto antes. Creíamos que la cosa era fácil, pero pronto nos convencimos de lo contrario. Dato utilizaba dos coches y tenía una escolta en permanente estado de alerta”.

Pedro Matéu tenía entonces veintitrés años. Sus acompañantes eran Ramón Casanellas, de veinticuatro años, y Luis Nicoláu, de veinticinco. El cuarto hombre fue descartado casi inmediatamente. No hace falta decir su nombre. Pero el caso es que se asustó y le dijimos que regresara a Barcelona, que ya nos arreglaríamos.

Después de vigilar los movimientos de Dato durante más de veinte días, llegamos a la conclusión que necesitábamos un vehículo. Se impuso mi criterio de que lo mejor era una moto con sidecar. El sidecar debía tener dos asientos. Nicoláu y yo dispararíamos.

Habíamos alquilado un piso en el número 164 de la calle Alcalá. Era un bajo interior izquierda. Allí vivía con Casanellas. Alquilé el piso con el falso nombre de José Gallardo. La patrona era una mujer muy simpática y nosotros procurábamos pasar por personas honorables. Por lo general, sólo íbamos a casa a dormir. Nicoláu había alquilado un piso en el número 142 de la misma calle. Escogimos la calle Alcalá para vigilar mejor los movimientos de Dato.

Casanellas y yo regresamos a Barcelona para comprar la moto. Encontramos una que iba perfectamente para el trabajo en un salón exposición de la calle Trafalgar. La compramos el día 20 de febrero y nos costó 5.100 pesetas. Era una Indian de siete caballos, color gris. Corría más que un bólido. Tenía un pequeño inconveniente: el sidecar era sólo de una plaza. Entonces decidí que Nicoláu dispararía desde el asiento trasero de la moto, y yo desde el sidecar.

Emprendimos el camino de vuelta a Madrid el día 21. Casanellas era un buen mecánico y un conductor de primera clase, pero también era medio miope y me hacía pasar un miedo espantoso. La mayoría de las veces íbamos a más de cien por hora, y cuando adelantábamos a un coche de millonario se reía como un condenado. Total, que en el puerto de La Muela, en Zaragoza, nos caímos por un terraplén de siete metros y no nos matamos de milagro. Lo peor no fueron las magulladuras y la ropa hecha cisco, sino la moto, que quedó en muy mal estado. La reparamos en casa de un herrero y Casanellas trabajó casi un día entero hasta ponerla a punto. Para que Nicoláu no se intranquilizara le pusimos un telegrama.

Ya en Madrid, comenzamos a planear cuidadosamente el atentado. Escogimos la plaza de la Independencia, porque el coche de Dato subía por la izquierda de Alcalá y giraba también por la izquierda de la plaza para meterse en la calle Serrano. El chófer disminuía la marcha al tomar la curva. Era el lugar ideal. Dato vivía en el número 1 de la calle Olózaga.

Todos los días, por la mañana, vigilábamos a pie el trayecto Cibeles-plaza de la Independencia. La moto la teníamos guardada, con el depósito lleno, en un almacén que habíamos alquilado en la calle de Arturo Soria, en la Ciudad Lineal. La sacábamos todos los días a las siete de la tarde y dábamos vueltas. Teníamos calculada la operación al segundo. Todo tenía que liquidarse en doce segundos, quince como máximo. Debíamos hacer fuego contra la parte posterior del coche. Sabíamos que no estaba blindado y que veinte proyectiles de Mauser, calibre 7,65, eran capaces de perforar una pared.

Pedro Matéu Cusidó

El día 3 de febrero hicimos un ensayo general de atentado. Todo salió a la perfección. Nuestros ánimos crecieron. Por otra parte, comprobamos que el coche de Dato circulaba normalmente sin escolta de ninguna clase. Era un trabajo fácil.

El día 8 se presentó la oportunidad. A las siete de la tarde aproximadamente sacamos la Indian y comenzamos a dar vueltas en torno a Cibeles. Al llegar a la altura del Palacio de Comunicaciones vimos subir el coche de Dato. Iba a unos sesenta kilómetros por hora. Subía por el lado izquierda de la calle. Casanellas dio un viraje y se situó a unos veinte metros del coche, modelo americano, grande, de color negro. Al llegar a la plaza de la Independencia, el coche frenó un poco y entonces nos acercamos hasta casi tocar la trasera.

Eran las 8,14 minutos aproximadamente. Me acuerdo perfectamente, porque miré la hora y le dije a Nicoláu, que iba sentado en el sillín trasero de la moto: “¡Ya lo tenemos. Duro y a la cabeza!”. Casi simultáneamente. Nicoláu y yo abrimos fuego con nuestras Mauser. Agotamos el cargador los dos. Veinte balas en total. Salimos disparados por la calle Serrano. Doblamos hacia la Castellana por la calle de Goya, y luego todo arriba hasta la calle de Arturo Soria, en donde habíamos planeado dejar la moto. Por cierto, se me ha olvidado un detalle: al hacer fuego, yo grité: “¡Viva la anarquía!”. Me parece que no me oyó nadie, porque teníamos el escape libre para amortiguar el estampido de los disparos, y además, en la calle no se veía un alma.

En el interior del coche, don Eduardo Dato yacía con la cabeza destrozada. Murió instantáneamente. El coche fue alcanzado por dieciocho proyectiles. El conductor Manuel Ros, sargento de Ingenieros, aceleró la marcha rumbo a la casa del político conservador. No fue alcanzado por los disparos. El tercer ocupante del vehículo, Lacayo, que iba sentado al lado del chófer, sufrió una herida superficial en la cabeza. El chófer nada más llegar a Olózaga, 1, recibió instrucciones para trasladarse a la Casa de Socorro del distrito de Buenavista, en donde Dato ingresó cadáver.

A las 9,30 aproximadamente, Casanellas y yo llegamos a nuestra pensión. Cenamos tranquilamente y nos fuimos a la cama. Estábamos convencidos de que todo había salido a la perfección y que difícilmente nos cazarían. Nicoláu se fue a la suya. Al día siguiente, la patrona me comunicó que habían asesinado  a Dato. Como era analfabeta, tuve que leerle la información que publicaba “La Voz”, llena de inexactitudes. Yo siempre he tenido una gran sangre fría.

Por otra parte, mentalmente me había hecho a la idea que podían cogernos  que eso suponía el pelotón de ejecución. Nicoláu también estaba tranquilo. Canellas era más nervioso y decidí que saliera inmediatamente de Madrid. Tuvo suerte y se largó a Rusia. Al llegar la Republica regresó a España, y como, ya he dicho antes, era miope y un fanático de la velocidad, se mató al estrellarse contra un coche bajando el Bruch. Iba en la moto. A Nicoláu y a mi nos detuvieron y nos condenaron a cadena perpetua. Al llegar la República salimos a la calle, como era lógico.

Me detuvieron, por idiota, a los cinco días del atentado. Tenía un cuarto cerca del cementerio del Este y allí me trasladé el sábado día 12 por la mañana. Con las prisas se me olvidaron en Alcalá, 146, unos documentos comprometedores, y el domingo, a las cinco de la tarde aproximadamente, volví para llevármelos. Entré en el piso y al llegar al comedor me encontré media docena de policías apuntándome con sus revólveres. “¡Arriba las manos!”, me dijeron. Yo intenté sacar una pistola Star que llevaba siempre cargada en el bolsillo derecho del pantalón, pero un policía me agarró por la espalda y me inmovilizó, con la ayuda de otros dos. Yo hubiera dado la batalla de ocurrir la detención en la calle, pero en aquel cuartucho no había nada que hacer. Recuerdo que al salir esposado me dijo mi patrona: “¿Quién iba a pensar que usted era el asesino del señor Dato?” y yo respondí: “Sí, señora; yo soy.”

Señores, así se escribe la Historia de España. Mejor dicho, de las Dos Españas, de las Dos Españas, repito, que cuando duermen son pacíficas, más pacíficas que nadie, y cuando se despiertan, o las despiertan alguien, se vuelven fieras y se matan entre sí. Ya lo dijo Unamuno: "Los españoles son pacíficos y se lo tragan todo, como borregos, hasta que un día enloquecen y acaban en las cunetas o en las tapias de los cementerios". O como escribiría Rafael Alberti : "A paseo".

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