15 de julio de 2020
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FIN DE SEMANA

Adolfo de Jesús Constanzo, un practicante de la religión palo mayombe, lideraba una banda delictiva y hacía brebajes con cuerpos mutilados

Los Narcosatánicos: las historias de canibalismo y rituales más terroríficos de los capos de la droga

Portada de prensa mexicana
Portada de prensa mexicana
Los narcos y la religión van de la mano. Como la mayoría de los países hispanos, la religión católica se ha fusionado con otras creencias oriundas del continente o importadas de África y Asia. En el mundo del sincretismo mexicano encontramos también las creencias especiales de los delincuentes que rezan y piden a santos protectores que les ayuden a escapar de la justicia. Lo tétrico de la historia son los rituales que realizan algunas bandas que son más propias de una película de terror.

Los narcosatánicos fue una organización de delincuentes mexicanos que salieron a la luz en 1989. En aquel año, David Serna, uno de los integrantes de la organización cayó en manos de la policía en la localidad de Matamoros, Tamaulipas. El operativo rutinario se convirtió en el hito que cambio la forma de ver las religiones del narco.

Además de un cargamento de drogas, los oficiales encontraron en el vehículo de Serna un caldero con huesos de una columna vertebral, corazones y restos de sangre. Después de indagar se descubrió que eran parte de los restos de Mark Kilroy, estudiante americano, desaparecido en un viaje a México.

El tétrico hallazgo derivó en la persecución de la organización por parte de las autoridades federales. El líder de la banda era un cubano estadounidense llamado Adolfo de Jesús Constanzo, un practicante de la religión palo mayombe.

Constanzo, el líder del grupo.

El delincuente nació en Miami, hijo de una sacerdotisa de esta religión sincretista. De joven, Constanzo se desplazó a Ciudad de México para hacer carrera como modelo, pero terminó conociéndose por sus habilidades en la santería, algo que le abrió las puertas a personas influyentes y autoridades mexicanas.

El brujo comenzó a realizar viajes frecuentes a Matamoros, próximo a la frontera con Estados Unidos. Ahí conoció a Sara, una estudiante de antropología de la Universidad de Texas, que lo integró en su grupo de amigos. Entre los círculos de la joven, se encontraban Elio y Serafín Hernández, dos narcotraficantes que terminarían operando con él.

Constanzo creó entonces un entramado de protecciones para los narcos y autoridades que acudían a él. Llegó a conformar su propia agrupación de adoradores. Las primeras pistas contra él las aportó Serna, el delincuente detenido con la olla con restos humanos. Según contó a la policía, en el rancho de Santa Elena, a pocos kilómetros de la frontera operaba una organización de narcos satánicos.

Las investigaciones policiales derivaron en una intervención contra la propiedad. Ahí se encontraron 13 cuerpos humanos mutilados, entre ellos, los restos que faltaban  de Kilroy. A las víctimas les sacaban el corazón, cerebro y algunas vertebras. Estas piezas se usaban para preparar brebajes en rituales de santería.

Sara sigue cumpliendo hoy su pena de medio siglo de condena.

Entre los preparativos se incluían sangre, ajos y tortugas asadas. Hasta ese momento, las autoridades mexicanas no habían dado suficiente importancia  a la religión de los narcos y delincuentes comunes.

Al parecer, Constanzo aseguraba a sus seguidores que beber estas pociones daba habilidades extraordinarias como invisibilidad o inmunidad.

En la intervención del rancho, los miembros de la agrupación delictiva, Constanzo, Adolfo, Sara, Álvaro Valdez y Martín Quintana, lograron escapar hasta llegar a la Ciudad de México, dónde se encontraron con la mayoría de sus clientes o “discípulos”, como prefería llamarlos Constanzo.

Aunque parecía que el narco satánico había escapado de la policía. Sara, decidió abandonar el barco; escribió una carta a la policía diciendo que “era un rehén de los narcos” y que temía por su vida. El texto incluía la dirección, lo que facilitó que la policía interceptara a los delincuentes, luego de tres semanas de fuga.

En la operación, los satánicos abrieron fuego contra la policía. Durante el tiroteo Martín y Constanzo se suicidaron. Al parecer, ambos habían hecho un pacto suicida, por lo que el líder de la banda disparó a Martín y luego se suicidó.

Ritual de Palo Mayombe.

El resto de miembros tomaron el brebaje  que supuestamente proporcionaba invisibilidad. Al salir del edificio para huir, recibieron decénas de balas de la policía. Años después, películas como “Perdita Durango” contaron la historia de la banda en forma de parodia; no obstante, ninguna obra audiovisual ha recogido el horror que supuso para las víctimas estar en manos de los narcosatánicos.

Tras el tiroteo, solo sobrevivió Sara, que fue condenada a cincuenta años de cárcel. Defendió siempre su inocencia y alegó que era un rehén de la organización, argumentos desestimados por el juez. Ha cumplido hasta ahora cerca de treinta años tras las rejas.

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