28 de noviembre de 2020
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FIN DE SEMANA

Nacido en Mühlheim, aterrorizó Alemania durante los años veinte y sufría de un trastorno denominado 'hematodipsia'

La historia de 'El Vampiro de Düsseldorf': Peter Kürten se bebía la sangre de sus víctimas

Peter Kürten
Peter Kürten "El Vampiro de Düsseldorf"
Durante los años 20 aterrorizó a la ciudad de Düsseldorf en Alemania, donde sembró el pánico en las calles por una serie de asesinatos y abusos sexuales a mujeres de distintas edades. Su caso impresionó tanto a los psiquiatras que decidieron conservar la cabeza para estudiarla y a día de hoy se sitúa como uno de los grandes paradigmas de la psicopatía criminal debido a que sus acciones sentaron las bases para realizar la mayoría de perfiles criminales en todo el mundo.

Peter Kürten nació en la ciudad alemana de Mühlheim el 26 de mayo de 1883. Como muchos otros asesinos en serie tuvo una infancia difícil. Era hijo de un obrero alcohólico que estuvo tres años en la cárcel por un intento de violación a su propia hija. Kürten decidió a muy temprana edad que no deseaba una vida junto a ese hombre y sus 13 hermanos, así que escapó de casa.

Vivió durante unos años como un mendigo y ladrón. Fue durante este tiempo que empezó a desarrollar sus conductas sadistas. Era violento e impulsivo, muchas veces los animales callejeros de Alemania sufrían la consecuencia de su frustración. Más adelante este maltratador de animales sería conocido como “El Vampiro de Dusseldorf” por sus extravagantes métodos de asesinato y afición a beber sangre.

Según la página de la Enciclopedia Británica, antes de cumplir siquiera los diez años de edad, Kürten había asesinado a dos compañeros de clase ahogándolos en un río, sin embargo, no parecen haber registros policiales de esto. Fue en 1890 aún junto a su familia que se mudaría a la ciudad de Düsseldorf, donde iniciaría una precoz relación con una prostituta y a los 14 años intentaría estrangular a una joven.

Primer asesinato y terror en Düsseldorf

El 25 de mayo de 1913 Kürten se graduaría como asesino. Con 30 años y viviendo de los objetos de valor que robaba, allanó la casa de Peter Klein y asesinó a sangre fría a su hija de 15 años degollándola. Klein fue acusado por el asesinato de su propia hija ya que Kürten, quien desde un primer momento mostró señas características de un asesino en serie con trastorno narcisista, dejó en la escena del crimen un pañuelo con sus iniciales: “PK” que casualmente coincidían con las del padre afligido.

Como afirmación a su comportamiento narcisista, Kürten visitaba las tabernas de la ciudad solo para regodearse en los comentarios acerca del cruento asesinato, destaca particularmente la visita que realizó a la taberna en la que trabajaba el mismísimo Peter Klein, padre de la víctima. Su obsesión con su primer asesinato lo llevó incluso a visitar la tumba de la adolescente cuando esta fue enterrada. Más adelante confesaría a las autoridades que al poner las manos sobre la tierra que cubría la tumba “eyaculó”.

Peter Kürten en su juventud

Dos meses después encontró a su siguiente víctima, nuevamente durante un allanamiento. Al entrar al domicilio Kürten encontró a la joven Gertrud Franken, de 17 años y la estranguló con sus propias manos. Admitió que había eyaculado nuevamente “al ver brotar la sangre de la boca de la joven”.

 

Este fue el punto de inflexión en el que comenzaría una serie de asesinatos que aterrorizaría a la ciudad de Düsseldorf. Las siguientes en el palmarés del asesino serían dos hermanas a las que mutiló. A partir de este momento empezaría a experimentar bebiendo la sangre de sus víctimas. El periodo de asesinatos más intenso fue el que se sucedió entre los meses de febrero y noviembre en 1929. Cuando su ego empezó a despuntar con burlas a la policía como muchos otros asesinos famosos por su narcisismo como Jack el Destripador. En su afán por demostrar su superioridad a la policía alemana envío incluso un mapa donde indicaba el lugar en el que había arrojado el cadáver de una niña. Las comisarías estaban colapsadas de denuncias con posibles sospechosos.

El descuido que lo llevó a la guillotina

Su error fatal sería el intento de asesinato y violación a Maria Büdleick, una joven estudiante de 20 años que acababa de bajar del tren en la estación de la ciudad que durante años había sido su coto de caza. Büdleick entabló conversación con Kürten, irónicamente, cuando este la salvó de un acosador que la estaba atacando. Después de esto, el asesino se ofreció a acompañarla hasta la residencia de estudiantes. Aun alterada por el ataque del anterior sujeto, la joven accedió. Sin embargo, el vampiro se las ingenió para llevarla hasta su casa, donde se insinuó sexualmente y fue rechazado. Fue entonces cuando Kürten aparentemente aceptó el rechazo con madurez y se ofreció a llevarla, esta vez sí, hasta la residencia de estudiantes. En lugar de eso, la condujo hasta un bosque a las afueras de la ciudad, la violó y la estrangulo dándola por muerta. La joven era más fuerte de lo que parecía, sobrevivió. Unas horas más tarde denunciaba los hechos a la policía.

Kürten había cometido un error fatal al llevar a la joven a su propio domicilio, la recordaba perfectamente, el trauma que le había generado a la joven estudiante no se borraría jamás, tampoco la dirección de su hogar. Las autoridades se apresuraron a arrestar al vampiro.

Todos los psiquiatras del país se mostraban intrigados con el caso, el estudio de las acciones de “El Vampiro de Düsseldorf” sirvieron para asentar las bases de muchos estudios en el campo de la psiquiatría que explicaban la patología de un asesino en serie de manual y sirvieron para elaborar numerosos perfiles criminales a lo largo de los años.

La cabeza de Peter Kürten se exhibe en el Museo Ripley's de Wisconsin Dells en EEUU

Los interrogatorios le dieron otra oportunidad para intentar satisfacer su ego. Confesó alrededor de 70 crímenes entre los que se incluían actos como la agresión sexual, el homicidio y la piromanía. Decía que a veces prendía fuego a edificios abandonados con la esperanza de ver salir ardiendo del interior a vagabundos que pernoctaran dentro.

Entre sus fetiches se encontraba la sangre, decía que le proporcionaba un gran placer estar en contacto con ella y que a veces la bebía. Este trastorno se denomina hematodipsia o vampirismo clínico y ha sido frecuente en otros personajes históricos y asesinos en serie como la condesa húngara Elizabeth Bathory. Según los expertos se caracteriza por la necesidad compulsiva de ver, sentir o ingerir la sangre, a veces acompañada con delirios que hacen creer al enfermo que es un vampiro de verdad y que necesita beber la sangre para sobrevivir.

Tras escuchar las sádicas declaraciones del acusado, el jurado no dudó en condenarlo a muerte, nueve penas capitales en concreto. Kürten no protestó ni intentó apelar, aceptó su castigo en silencio. Su ejecución se fijo para el 2 de julio de 1931.

El delicado estado mental de este asesino y su grado de trastorno queda evidenciado por sus últimas palabras antes de morir. De manera calmada, pero, según los testimonios, visiblemente intrigado preguntó a su verdugo: “¿después de que me cortéis la cabeza…podré oír como brota la sangre de mi cuello?

Los psiquiatras, profundamente intrigados por la psicopatía y anatomía del cerebro de “El Vampiro de Düsseldorf” no dudaron en preguntar si podían conservar la cabeza cercenada para realizar investigaciones y la justicia alemana no vio inconveniente. A día de hoy es exhibida en el Museo Ripley's de Wisconsin Dells en EEUU como una curiosidad histórica. Protegido por una caja acristalada y con un cartel que explica su caso para todos aquellos interesados en su vida y en su perfil criminal.

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