12 de diciembre de 2019
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FIN DE SEMANA

Fue el afiliado número 7 del PSOE de Mérida

La verdadera historia del socialista Juan de Ávalos: el escultor del Valle de los Caídos

El escultor emeritense dio vida a algunas de las figuras artísticas que conforman el conjunto del Valle de los Caídos. Se le relacionó con el Franquismo, aunque él siempre sostuvo que su relación con el dictador fue puntual e incluso estuvo afiliado al partido socialista

En una de sus últimas entrevistas en vida, publicada en la revista dominical Magazine de El Mundo en el año 2001, explicó su pasado como socialista, concretamente como afiliado número 7 del PSOE de Mérida. “Si usted me pregunta en este momento qué es el socialismo, me pondrá en un compromiso porque no sé qué fines tiene ahora. Realmente soy cristiano y me afilié por amor al prójimo, porque consideré que era bueno sentar precedente y animar al resto. Así me lo pidió el alcalde de Mérida, don Andrés Nieto Carmona, y así lo hice. Más que socialista me considero cristiano”, expresó el escultor en aquella entrevista.

Juan de Ávalos y Taborda nació en Mérida (Badajoz) en el año 1911 y a los ocho años se trasladó a Madrid con su familia. Su pasión por el arte fue descubierta desde muy joven, así lo demuestra el hecho de que con seis años recibe clases de dibujo con D. Juan Carmona, cura párroco de la Iglesia de Santa Eulalia junto a otros tres niños, y tuviera que dejar de asistir porque no creían que fuera el autor de los dibujos. Desde los 12 años empezó a visitar el Casón del Buen Retiro, entonces Museo de Reproducciones, donde realizaba bocetos a carboncillo de los grandes modelos de la tradición escultórica. Su padre, le colocó en un taller de restauración de muebles y antigüedades, donde trabajó durante dos años aprendiendo la talla. Su familia regresó a Mérida, pero Juan de Ávalos se mantuvo en Madrid para seguir formándose como artista. De esta manera, ingresó en la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado. Más tarde, en 1926, comenzó la carrera en la Escuela de Bellas Artes de Badajoz y en 1931 finalizó los estudios logrando el Premio Aníbal Álvarez y otros en su especialidad de modelado.

En 1933 volvió a su ciudad natal y obtuvo una plaza de Profesor de Término de Modelado y Vaciado en la Escuela de Artes y Oficios. Tres años después se convirtió en el director de dicha escuela y también alcanzó el puesto de subdirector en el museo arqueológico de Mérida. Desarrolló diversos trabajos de recuperación de restos romanos, destacando los del Teatro de Mérida. Cuando estalló la Guerra Civil, Ávalos comenzó la contienda posicionado en el lado republicano, siendo funcionario de la República a sus 25 años. Cuando entraron las fuerzas Nacionales, el excavador del peristilo de Mérida le denunció ante el general Yagüe, a quien le cuenta su relación de amistad con Miguel de Unamuno. Acorde a lo que cuenta Ávalos, le llevaron al Casino junto a otras personas a las que estaban rapando el pelo y obligando a beber aceita de ricino, para más tarde fusilarlas. El párroco de Santa Eulalia fue quien le salvó de una muerte segura, intercediendo entre los ejecutores y el escultor, asegurando que Juan era una persona “decente”. Más tarde, Ávalos participó en la contienda de lado del Ejército Nacional destinado en Andalucía, donde fue herido en 1938.

Depurado y exiliado en Portugal

Sin embargo, años después de que terminara la guerra, el 27 de julio de 1942 Ávalos fue depurado por el régimen, tal y como apareció en el BOE número 208 de aquel día: “Según la orden firmada por el ministro de Educación Nacional señor Ibáñez Martín, don Juan de Ávalos García-Taborda queda depurado por falta de confianza al no ser afecto al régimen”. En la entrevista mencionada anteriormente, el escultor se muestra contrario a quienes siempre le habían vinculado con el franquismo, señalando que “Me da risa cuando se empeñan en relacionarme con Franco. Yo sé quién soy. Lo que pienso. Lo que siento. Esa depuración me obliga a marcharme de España en 1944, harto de hacer santos baratitos garantizando los milagros y de pintar retratos de señoras a cambio de una miseria.”.

Tras esta medida, Juan de Ávalos se exilió a Portugal sin posibilidad de llevarse su obra. Sería en el año 1950, cuando el reconocido escultor volvería a pisar suelo español. Su regreso tuvo que ver con una exposición nacional en la que presentó una de sus obras, el Héroe Muerto. Franco visitó la muestra y, según las palabras del artesano, dijo: “Este es el gran escultor que necesita España”.

Un año más tarde se presentó al concurso para elegir al escultor que habría de ornamentar la Cruz del Valle de los Caídos, además del grupo representativo de “La Piedad”, y le adjudicaron la obra. Pero ante su elección, tres académicos se opusieron y firmaron un escrito al ministro de la Gobernación, don Blas Pérez González, en el que protestaron por su elección al no ser afecto al régimen. Ávalos afirmó que quiso renunciar al proyecto, pero el mismo ministro le aconsejó que fuera a hablar con Franco. En aquella reunión en El Pardo, el escultor asegura que mostró su opinión tal y como era, exponiendo que en el Valle de los Caídos no debería haber escenas alusivas a la guerra civil como el paso del Estrecho o el tren de Jaén, pues el monumento donde serían enterrados los muertos de ambos bandos no tenía que herir a nadie.

300.000 pesetas por su trabajo en el Valle de los Caídos

La formalización para la realización del proyecto escultórico del Valle de los Caídos se produjo en 1952, cuando Juan de Ávalos firmó un contrato con el Estado. El documento recogía que el conjunto estaría compuesto por nueve piezas, de las cuales destacaría una ‘La Piedad’ compuesta por 151 piezas de mármol. La figura consta de seis metros de altura, nueve de ancho y tres de fondo coronando la entrada de la cripta. Otras cuatro estatuas, de 16 metros de altura, representarían a los evangelistas San Juan, San Marcos, San Lucas y San Mateo. Las Virtudes Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza finalizan el conjunto que Franco encargó al reconocido escultor extremeño.

El presupuesto que le concedieron para llevar a cabo el proyecto fue de nueve millones de pesetas, de los cuales algo más de ocho se fueron para el material y la mano de obra. Al tratarse de un contrato con el Estado, Ávalos tuvo que pagar a Hacienda una parte de su propio bolsillo. Al final, sus honorarios quedaron reducidos a 300.000 pesetas.

 

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