27 de enero de 2021
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FIN DE SEMANA

Su mítica actuación ante Brasil en el Estadio de Sarriá de Barcelona será recordada en la historia del balompié

Fallece a los 64 años Paolo Rossi: El héroe que llevó a Italia a la cumbre del fútbol en el Mundial de España de 1982

Paolo Rossi.
Paolo Rossi.
Paolo Rossi, exdelantero de la selección italiana en la década de los 80, ha fallecido a los 64 años. “Pablito” fue el gran héroe de la victoria transalpina en el Mundial de 1982, celebrado en España. De esta forma, halló la redención por una presunta implicación en una trama de corrupción relacionada con las apuestas futbolísticas que él siempre negó.

El legendario exfutbolista italiano Paolo Rossi ha fallecido a los 64 años. De esta manera, nos deja un delantero de esos que no se olvidan, de los que hacían vibrar al gran aficionado al balompié. Nadie como él encarnaba la esencia inconfundible de los atacantes transalpinos. Y es que Rossi poseía muchos de los dones que cualquiera podría desear para jugar sobre el césped, y otros tantos que nada tenían que ver con la calidad futbolística, de la que iba sobrado, pero que sin duda también ayudaron a agrandar su figura.

El origen de la historia de Rossi se remonta a 1956. En septiembre de aquel año, “Pablito” llegaba al mundo en un marco sin igual, la bella Toscana, concretamente en la localidad de Santa Lucía. Desde allí, comenzaría su ascenso, un ascenso horneado a fuego lento, bajo el radar, pero no por ello menos imparable. Cattolica Virtus, Como Calcio y Lanerossi Vicenza disfrutaron de su calidad a lo largo de sus primeros años. El último último de estos clubes sería su trampolín hacia el estrellato. Desde la Serie B, fue el auténtico paladín del equipo de la región del Véneto y lideró su ascenso a la división de honor del fútbol italiano.

Paolo Rossi endosó tres goles a la Brasil de 1982.

Cuando contaba con apenas 21 años, Enzo Bearzot, seleccionador italiano, confió en su talento para asaltar el mundial de 1978, que tendría lugar en Argentina. El campeonato fue solo una advertencia de lo que sucedería cuatro años después. Rossi anotó tres tantos y fue actor principal en una Italia que tuvo que conformarse con el cuarto puesto. Pero la semilla ya se había plantado.

No obstante, antes de tocar la gloria con los dedos, le iba a tocar sufrir. Rossi, ya en calidad de jugador del Perugia, fue uno de los implicados en el archiconocido escándalo de apuestas deportivas del fútbol profesional italiano de finales de la década de los setenta y principios de los ochenta, el Totonero (quiniela negra en castellano). Pese a la enconada defensa de su inocencia, nada pudo evitar la sanción que le mantuvo alejado de los terrenos de juego durante dos años. Su carrera estaba en el filo de la navaja y su imagen, paradigma del intachable cavaliere transalpino, quedó dañada.

Una obra magna redime al “Bambino de oro”

El mundial de España 1982, el de Naranjito, representó para España un escaparate, un modo de demostrar al mundo que poco a poco, las ataduras de la dictadura estaban desapareciendo. El proceso culminaría una década más tarde con las olimpiadas de Barcelona, que mostraron la versión más aperturista e internacional de nuestro país. En cualquier caso, pocos podían predecir que en lo deportivo, la competición iba a ser la coronación de Rossi como el mejor futbolista del planeta.

El runrún de la prensa italiana, que criticaba el estado de forma de Rossi después de tanto tiempo de inactividad, no impidió que Bearzot volviera a confiar en “Pablito”. Las actuaciones del punta de Santa Lucía durante la primera fase de la competición tampoco ayudaron a sofocar los ánimos. De hecho, su participación en el torneo fue relativamente discreta hasta que llegó el partido de segunda ronda contra Brasil, disputado un 5 de julio en el Estadio de Sarriá. En este punto, merece la pena hacer un paréntesis para recordar el rival al que estaba a punto de enfrentarse la “azurra”.

Con frecuencia se identifica a la selección canarinha con el “jogo bonito”, con el preciosismo y el ataque sin cuartel, desmedido. Si bien es incuestionable la calidad de la pléyade de estrellas brasileñas que se han sucedido desde aquel mundial hasta ahora, ninguna selección nacional del país “cuna” del fútbol ha podido emular, ni por asomo, el estilo de la de 1982.

Aquel grupo de jugadores se conjuró en cada partido bajo un mantra: Calidad por encima de todo y a pesar de todo. Conexiones entre líneas, verticalidad, movimiento constante. Jugadores de verde y amarillo haciendo “volar” el balón con la precisión y velocidad de sus pases. Un órdago ofensivo, una oda al tacto más sedoso que puede darse al esférico. En definitiva, una carta de amor al fútbol más puro, al que se cada día practican miles de niños en las favelas brasileñas sin más expectativa que la mera diversión. El arte por el arte.

Por si fuera poco, a los mandos de la nave sudamericana se situaban dos futbolistas de época. En la sala de máquinas, un espigado “doctor” formado en la Universidad de São Paulo con nombre de filósofo griego, el gran Sócrates. Más adelantado, en la casi extinga mediapunta, destilando clase y visión de juego en cada zancada, Zico, “el Pelé blanco”. Alrededor de estos dos polos, una pléyade de virtuosos acompañaba su dirección: Falcao, Toninho Cerezo, Serginho Eder… la sinfonía perfecta. En el banquillo, el mítico Telé Santana, un verso libre que ejerció como arquitecto de esa máquina de generar fútbol que era la Brasil del 82.

Eso era lo que esperaba a la Italia de Rossi. Sin embargo, la brava selección italiana obraría el milagro derrotando contra todo pronóstico a los brasileños por 3-2 en el que es considerado por muchos el mejor partido de la historia de los mundiales. Una hazaña de tal calibre solo podía tener lugar si algo totalmente fuera de lo común ocurría. Y así acabó sucediendo. Paolo Rossi decidió dar un puñetazo sobre la mesa y firmó la que posiblemente fue la mejor actuación de su carrera, su verdadera obra magna. Hasta en tres ocasiones perforó la portería sudamericana. Lo mejor del Rossi jugador quedó proyectado en la hierba sarriana aquel 4 de julio. “El Bambino” había escrito con letras de oro su papel en la gran gesta futbolística de su país.

Desde entonces, ya nada pudo frenarle. El delantero italiano anotaría otros tres goles en las dos siguientes rondas, haciendo enloquecer a toda una nación y levantando el título más anhelado que existe en el fútbol. El mundo estaba a sus pies. Se había convertido en un ídolo de masas. Su elegante forma de jugar, su carisma, su atractivo personal… Rossi era santo y seña de todo un país, un verdadero héroe nacional.

Ascenso y crepúsculo en Italia

El siguiente capítulo del cuento no podía ser otro que un romance con la dama por excelencia del Calcio italiano, la vecchia signora. Así, como tantos otros ilustres hicieron antes que él, Rossi, ahora balón de oro, se unió a las filas de la todopoderosa Juventus de Turín para formar parte de otro combinado histórico en el que formaría tándem con Michel Platini. En sus tres años vistiendo la elástica bianconera, consiguió una Copa de Europa, dos Ligas, una Copa, una Recopa y una Supercopa. Especialmente significativa fue la victoria en la máxima competición de clubs a nivel continental.

Pero los años no pasan en balde y la breve pero intensa historia de amor con el club turinés acabó en 1985. Tras la ruptura, inició una nueva etapa en Lombardía jugando para el AC Milán, donde alternó fogonazos de genialidad con el declive asociado al paso inexorable del tiempo. Y así, decidió pasar los últimos momentos de su vida futbolística en el Hellas Verona, conjunto en el que colgaría las botas en 1987.

Con su muerte, Italia queda huérfana de uno de sus grandes ídolos futbolísticos. Pese a la desolación que conlleva su marcha, su recuerdo permanecerá inalterable en la eternidad. Quienes le vieron jugar no tendrán que esforzarse mucho para viajar a España y reconocer su estampa, brazos en alto, celebrando el tanto que daba a su país la victoria en la final del mundial de 1982. DEP.

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