03 de marzo de 2021
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FIN DE SEMANA

77 millones de estadounidenses vieron el evento, o lo que es lo mismo, el 60% de la población adulta del país en aquel año

Sesenta años del cambio de entender la política: El debate televisado entre Nixon y Kennedy

El debate Nixon vs Kennedy cambió la forma de hacer comunicación.
El debate Nixon vs Kennedy cambió la forma de hacer comunicación.
El 26 de septiembre de 1960 tuvo lugar el primer debate electoral televisado de la historia. La cita enfrentó a los entonces candidatos a la presidencia de Estados Unidos, Richard Nixon y John F. Kennedy. Fue un hito en el mundo de la comunicación que, además, resultó un factor decisivo en aquellos comicios, pues constituyó uno de los motivos que explican el vuelco de los sondeos en favor de Kennedy cuando hasta entonces Nixon era el gran favorito para llegar a la Casa Blanca.

Estados Unidos lleva influyendo culturalmente en el resto del mundo desde su advenimiento como gran potencia planetaria tras la Segunda Guerra Mundial. Todo lo que sucede en el país norteamericano llega poco después a Occidente. Dentro de esta cadena de transmisión hay un aspecto en el que los yankees siempre han sido el faro para el resto. Se trata, sin duda, de los medios de comunicación y su papel preponderante dentro de la cultura de masas.

Actualmente, no es ajeno a nosotros el formato de debate televisivo, como tampoco lo es que dos candidatos a la Presidencia del Gobierno confronten sus ideas en el mismo. De hecho, muchos expertos apuntan que estos enfrentamientos pueden decidir el sino de cualquier proceso electoral y, en consecuencia, sus interlocutores los preparan a conciencia. Todo esto tiene su origen, como ya imaginarán, en el país de las barras y las estrellas.

Hoy, se cumplen sesenta años de la primera vez que dos aspirantes al ejecutivo utilizaban la televisión como escenario para obtener la confianza de los votantes tratando de derrotar a su oponente en una batalla dialéctica donde cada gesto es escudriñado al milímetro y donde un desliz puede echar por tierra el trabajo de meses.

El binomio Eisenhower-Nixon llevaba años gestionando las fricciones con la URSS.

Corría el año 1960 y el fantasma de la Guerra Fría acechaba desde la sombra. Los soviéticos, en su empeño por superar a su álter ego en la esfera de occidente, habrían infringido un sonado golpe en el corazón del orgullo patrio norteamericano con su lanzamiento del satélite Sputnik. En ese mundo paralelo que era Estados Unidos, llama la atención cómo los problemas de entonces siguen teniendo vigencia en la actualidad, pues las tensiones raciales estaban a la orden del día.

A pesar de un contexto tan particular, la batalla por ser el hombre más poderoso del mundo iba a llevarse todos los focos. Y es que la batalla por suceder al general Eisenhower tenía todos los ingredientes por convertirse en un auténtico “best seller” en la historia de la comunicación. Efectivamente, así fue.

Dos titanes políticos en las antípodas

Como en todo gran combate que se precie, dos personajes antagónicos iban a medir sus fuerzas. Ambos habían pactado previamente su asistencia a tres debates televisados durante la campaña electoral de 1960. Todo un acontecimiento que congregaría frente a televisor a millones de espectadores.

Por un lado, estaba el candidato demócrata, John F. Kennedy. Este católico de ascendencia irlandesa generaba simpatías y odios a partes iguales. Su carisma, no obstante, era incuestionable. Kennedy parecía representar un soplo de aire fresco en la política de su país.

Era dinámico, de buena presencia, y proclamaba que haría a todos los sectores poblaciones de los Estados Unidos, negros incluidos, partícipes de su proyecto. Sus detractores se esforzaron en subrayar dos aspectos de su persona que lo exponían ante la inmisericorde opinión pública norteamericana, su origen extranjero y su religión, un coctel de mezcla nada exitosa en la nación del Tío Sam.

Kennedy era católico y de ascendencia irlandesa.

En definitiva, Kennedy era una amenaza para lo que algunos “eruditos” de la politología de nuestro tiempo califican como establishment. A la postre, su mandato, pues tanto él como Nixon llegarían a la presidencia en algún punto de su trayectoria, no sería tan aperturista como prometía. Pero es otra historia.

Por otro lado, estaba el áspero Richard Nixon, arquetipo de padre de familia y paradigma del respeto a la tradición y los valores de la sociedad de su país. Ya entonces era vicepresidente y cargaba a sus espaldas con una amplísima trayectoria en política, donde era conocido por todos como un hábil legislador, además de por ser un crítico feroz contra el comunismo.

En resumidas cuentas, este cuáquero era visto por sus conciudadanos como un gentleman estadounidense de manual, intachable hasta la fecha. El Watergate sepultaría su carrera años después, pero entonces era gozaba de la confianza plena de los votantes republicanos. Una opción de alta fiabilidad para dar continuidad a la administración de Eisenhower evitando los sobresaltos que pudiera provocar Kennedy con sus nuevos “inventos”.

Nixon era el gran favorito de la campaña electoral de 1960.

De hecho, según los sondeos, Nixon encabezaba la carrera por la Casa Blanca, pues el impacto de Kennedy era directamente proporcional al temor que ocasionaban sus ideas, potenciado por los republicanos, a quienes les interesaba proyectar una visión apocalíptica del nuevo líder demócrata.

Un debate fundamental en la carrera a la presidencia

Era la primera vez que se iba a televisar un debate entre dos aspirantes a la Casa Blanca. Las instalaciones de la CBS en Chicago fueron el escenario escogido para una cita tan especial. 77 millones de ciudadanos yankees lo siguieron en directo, o lo que es lo mismo, el 60% de la población adulta del país. Una auténtica barbaridad.

Ciertamente, el aspecto del recio Nixon había pasado por días mejores, pues se estaba recuperando de una operación de rodilla que le había hecho perder 10 kilos, y se presentó ante sus posibles votantes desmejorado por el esfuerzo, con una palidez visible, acrecentada si cabe aun más por su negativa a maquillarse.

Por el contrario, Kennedy compareció como siempre, deslumbrante. Su sonrisa inundaba el estudio de televisión y su rostro era notablemente más nítido, definido e incluso colorido que el de su contrincante, merced al maquillaje que él sí había aceptado recibir. A la postre, un acierto.

Traje gris Nixon, traje negro Kennedy. Todo estaba listo. El formato era relativamente sencillo. Ambos candidatos gozaron de turno de presentación y de la oportunidad de realizar una declaración final. El grueso del debate lo constituyeron las cuestiones de los periodistas, la mayoría enfocadas a asuntos internos, en último término los que dirimen el curso electoral.

Aquel día se comprobó el poder de la imagen y, al menos en aquella ocasión, su preponderancia sobre la palabra. Kennedy dominaba la puesta en escena. Supo tener la capacidad de dirigirse su mirada a los periodistas o a la cámara ­–y, por ende, a los espectadores– indistintamente. Paralelamente, Nixon, no tan docto en estos menesteres, siempre proyectaba su voz, su mirada y sus respuestas directamente hacia quienes los profesionales que le interpelaban con sus cuestiones.

Esto no quiere decir que el candidato republicano se amilanara ante su rival. Nada de eso. De hecho, quienes siguieron la contienda a través de la radio, fue Nixon el ganador. Sin embargo, la televisión, que ya entonces era el medio estrella, acabó dictando sentencia, pues ahí los americanos tenían claro el vencedor del debate: John F. Kennedy.

Evidentemente, es imposible medir con exactitud hasta qué punto este evento televisivo condicionó los resultados electorales que se sucedieron. Sea como fuere, lo cierto es que, en uno de los comicios más apretados de la historia de Estados Unidos, fue Kennedy, el vencedor del debate, quien se acabó llevando el gato al agua y alcanzó la anhelada presidencia del país más poderoso sobre la faz de la Tierra.

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