27 de octubre de 2020
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FIN DE SEMANA

La obra que se representa en el Bellas Artes de Madrid recrea la vida del que fue rey de Inglaterra durante el siglo XIV

“Eduardo II”, puro teatro con un colosal Manuel Galiana y un sorprendente José Luis Gil

Un momento de la obra.
Un momento de la obra.
Javier López-Galiacho Perona, Presidente de Amigos de los Teatros Históricos de España (Amithe) hace la crónica de la obra "Eduardo II, ojos de niebla" que se estrenó el pasado miércoles 16 de septiembre en el mítico Teatro de Bellas Artes de Madrid, que acogió el estreno de la obra escrita por Alfredo Cernuda y bajo la dirección de un clásico del teatro español, especialmente en la dirección y producción de musicales, como es Jaime Azpilicueta.

Se respiraba en el previo a la obra, ese aroma a noche de estreno teatral, en esta sala que ha visto acoger grandes estrenos en la historia del teatro español, principalmente el siglo XX, como Divinas Palabras, Bodas de Sangre, o Luces de Bohemia y que durante tanto tiempo estuvo bajo la dirección de otro grande como fue el recordado José Tamayo, un innovador de la dirección escénica en nuestro país.

El propio Jesús Cimarro, director del teatro, recibía en la puerta a los invitados antes de bajar esas escaleras que llevan al Parnaso teatral que representa el Bellas Artes, comprobando las medidas de seguridad aplicables. Ir al teatro es seguro.

Los actores y el director de la obra.

La obra de teatro comenzó en punto, cosa que en España solo ocurría con los toros. Alguna cosa buena tiene este COVID que ha golpeado durísimamente a toda manifestación artística que necesita de la interrelación para celebrarse como es el teatro.

La vida trágica de un rey de Inglaterra

La obra repasa la trágica vida del rey Eduardo II de Inglaterra, que vivió en el siglo XIV, casado con la reina Isabel de Francia, con la que tuvo cuatro hijos, aunque su verdadero enamoramiento fue Hugo LeDespenser. Relación homosexual que le costó la vida tras resistirse a la nobleza, a la Iglesia y a su propia mujer.

Los actores saludan.

 El texto de la obra es directo, no enrevesado, no te pierdes y resulta comprensible. 

La dirección escénica hace salir y entrar con agilidad a los pocos personajes de la obra, no está el teatro para florituras de repartos, con soltura, dejando a que el talento florezca.

Turno ahora para los actores y la única actriz. Confesamos que entramos al teatro con cierto escepticismo sobre la interpretación que podíamos encontrarnos, no tanto por un colosal Manuel Galiana, de quien esperábamos la joyita que nos iba a regalar, pero sí de un televisivo José Luis Gil, de quien en cambio no habíamos visto la que dicen es una gran interpretación suya del Cyrano de Bergerac.

Sorprendente José Luis Gil en el papel del monarca

José Luis Gil nos sorprendió gratísimamente interpretando a un desgarrado rey de Inglaterra, pero a la vez composición contenida de un personaje abrumado entre sus deseos desbocados y sus muchas frustraciones.

El texto, aunque ligero, no era fácil de decir. Y no encontramos en Gil, el más mínimo fallo en su recitación, manteniendo el interés y la atención del espectador en todo momento.

Con uno de los finales más aterradores de las historias reales, José Luis Gil llegó al final de la obra, sin mácula alguna, roto por la entrega que hace al personaje, recibiendo una sonora y rotunda ovación final.

También a buena altura rayó el personaje del Obispo Orleton, a cargo un veterano de la escena y del doblaje como Ricardo Joven. Con su forma de decir el teatro, con esa voz que cerrabas los ojos y creías ver "El rey León" o “La bella y la bestia”, y con su rotunda presencia física, supo darle verosimilitud a un sacerdote maquiavélico y despiadado, al servicio de la moral más cínica.

Con la reina Isabel a cargo de Ana Ruiz y su Mórtimer (por cierto, que no era cojo), interpretado por Carlos Heredia, correctos ambos, el reparto se cierra con un inconmensurable Manuel Galiana en el papel del prestamista de guerras, Tolomei.

Momento del saludo de los actores.

Como dijo la actriz española Susana Hornos, quien fue mujer del gran Federico Luppi,  vaya joyita que nos regaló Galiana con la recreación, más que con la creación, de Tolomei.

Personajes para el recuerdo

Y digo recrear porque todo personaje que pasa por el arte y el oficio de Manuel Galiana, él le da forma, lo recrea a su gusto y nos regala personajes para el recuerdo. Como es este judío prestamista, anciano y ya de vuelta de todo, cínico y ventajista, al que Galiana, en una interpretación que quedará para el recuerdo, eleva a la categoría de excepcional.

Siempre hemos dicho que Galiana sabe ser actor interpretando y actor escuchando.

A los aficionados más jóvenes les decimos: “fijaros en Galiana como sigue estando en escena, acaparando la atención del espectador aunque no esté en ese momento hablando”.

Esa escuela, la del oficiante orfebre del ser actor, es una especie en extinción que por desgracia está desapareciendo de nuestros escenarios.

"Gran faena" de Manuel Galiana

Faena teatral la de Galiana la noche del estreno de este “Eduardo II”, que me recuerda aquellas faenas inolvidables de tan solo diez pases, con la suerte cargada, con el medio pecho, cargando la suerte, que interpretaban en su última fase, encandilando al público, grandes y veteranos toreros como Antoñete o Manolo Vázquez.

Hay actores que están una hora y media en escena y te olvidas de ellos, como le pasan a muchos toreros.

Hay unos pocos actores, como le pasa a Galiana y solo a un puñado de toreros, que con tan sólo 25 frases, con 10 pases, por su verdad y emoción, ponen al público en pie. Como logró el pasado miércoles uno de los últimos mohicanos del teatro español que por nombre lleva Manuel Galiana.

Recomendamos vivamente la asistencia a este “Eduardo II”, en un Teatro Bellas Artes que de la mano de Jesus Cimarro sigue manteniendo un alto nivel de programación. Buen texto, buena dirección, gran interpretación de José Luis Gil y un Manuel Galiana para “comérselo”.

A la salida coincidía con mi acompañante de butaca y de cena en “La Ancha” en que habíamos disfrutado de una noche de puro teatro. Se nos olvidó hasta que veíamos teatro con mascarilla.

Por cierto, cuando me fui a dormir pensé que como españoles habíamos apoyado esa noche al teatro, a los teatros, a los actores y a esa estupenda casa de comidas que como la mismísima cultura anda agarrándose a las cuerdas para no hincar la rodilla ante los golpes de la pandemia.

Resistirán el teatro y nuestros restauradores. Confiemos en ello.

 

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