13 de agosto de 2020
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EDICIÓN VERANO

El profesor de Derecho Civil Javier López-Galiacho desmiente todas las tesis apoyadas por los antitaurinos sobre el escritor canario

Benito Pérez Galdós nunca fue un antitaurino, a pesar de lo que algún biógrafo pretende señalar

Benito Pérez Galdós.
Benito Pérez Galdós.
El profesor titular de Derecho Civil, el doctor Javier López-Galiacho, presidente del Circulo Taurino Universitario Luis Mazantini, desmiente con datos en este artículo, también publicado en Cultoro, el portal de actualidad y cultura de toreros y toros, las tesis de algunos de los biógrafos del insigne escritor canario, que con motivo del centenario de su muerte han sido apoyadas por los movimientos antitaurinos para afirmar que Galdós era un activista contrario a la fiesta de los toros.

Acaba de publicarse, coincidiendo con el centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós, una interesante biografía del alicantino Francisco Cánovas sobre la vida del insigne canario, quizás de lo mejor que se ha escrito sobre Galdós junto a la biografía de Ortiz-Armengol y en espera de esa joya que dicen que es la premiada obra sobre Galdós de la canaria Yolanda Arencibia. La nueva biografía contiene una afirmación en la página 143, tan dura como muy matizable, en el sentido que a Don Benito los toros le parecían una atrocidad.

Solo, una línea antes, ya Cánovas había escrito que, en cambio, a Galdós le gustaban “los perros, los gatos y otros animales domésticos”. Como si gustándote las mascotas no puedes ser un buen aficionado. Yo he tenido cinco perros y diez gatos y me apasiona el arte del toreo.

Recientemente, el admirado profesor Andrés Amorós, en el diario ABC, salía al paso del disparate del comisario de la última exposición sobre Goya en el Museo del Prado, quien había afirmado, también sin vergüenza alguna, que el pintor aragonés era un “antitaurino”.  Claro que Amorós con la espada de su enciclopédico conocimiento, lo despachó de un certero bajonazo.

Hoy me veo en la obligación de contestar al biógrafo Cánovas; por cierto, el gran político del mismo apellido fue rotundamente un gran aficionado a la Fiesta. Está acreditado que Galdós en su niñez y adolescencia, a poca corrida pudo asistir en su ciudad de Las Palmas, pues siempre fue lugar poco taurino. Pero viniendo muy joven a Madrid, y con el conocimiento tan detallado que tuvo del tipo madrileño, su ciudad y su tiempo, así como de sus usos y costumbres, seguro que Galdós pisó las plazas de toros del siglo XIX de Madrid como fueron las citadas de Alcalá y Carretera de Aragón, pero también las de Tetuán, Vallecas o Carabanchel.

Benito Pérez Galdós. 

Galdós relata, incluso, como vio fusilar en las tapias de la vieja plaza de toros de la Puerta de Alcalá a los amotinados del Cuartel de San Gil en 1866: “Como espectáculo tristísimo, el más trágico y siniestro que he visto en mi vida, mencionaré el paso de los sargentos de Artillería llevados al patíbulo en coche de dos en dos por la calle de Alcalá arriba para fusilarlos en las tapias de la antigua Plaza de Toros”. En 1866, la plaza estaba aún funcionando. Dice “antigua” porque cuando escribe estas líneas, la plaza ya está demolida.

En los primeros años de su rebelde juventud, sobre todo en sus colaboraciones en el diario La Nación, se mostró crítico, no tanto con el contenido del espectáculo, sino más bien con lo que lo rodeaba, gentes con poca formación, tipejos aprovechándose de otros en torno a la Fiesta.

Aunque en sus primeras colaboraciones en La prensa de Buenos Aires se mostró tolerante y conforme con la tauromaquia, en el artículo publicado el 19 de abril de 1868 en el diario madrileño de La Nación, dice estar contrariado con las publicaciones y revisteros taurinos y por el bajo nivel educativo de parte de la afición que asiste.

Pero Galdós redime en su conjunto a la Fiesta de los toros y por eso afirma contundentemente en ese artículo que “los toros deben conservarse, porque son el último resto de nuestra nacionalidad; porque es la única costumbre pintoresca y original que conservamos”, ya que nos “vamos afrancesando con la moda, italianizando con la ópera, anglicanizando con el turf (la hípica) y el té”.

El torero Pepe-Hillo. 

Por eso rechazamos que se afirme que Galdós consideraba “atroz” el espectáculo taurino (como señala el biógrafo Cánovas) o que calificara a la tauromaquia en su conjunto como un “lamentable espectáculo sangriento” (doctora Andrades). Ni mucho menos. Vamos a demostrarlo.

Los datos que demuestran que Galdós no era antitaurino

En un magnífico artículo del diario El País, de 26 de mayo de 1983, titulado Galdós y los toros, escrito por el entonces célebre Padre Sopeña, enciclopédico humanista, musicólogo y un considerado aficionado taurino, siendo muchos años capellán de Las Ventas, al que tuve la suerte de conocer bien en mis tiempos de colegial del Colegio Mayor de San Pablo. Argumenta el Padre Sopeña que un personaje galdosiano de su vigésimo segundo Episodio Nacional, “Juan Mendizábal”, tiene la corrida metida muy dentro.

En ese relato, don Benito sitúa como muy protagonista a un cura ejemplar, al quien el escritor, con su técnica de simbolismo para los nombres, bautiza como Pedro Hillo, en honor del célebre Pepe-Hillo, matador muerto a comienzos del siglo XIX en la plaza de Alcalá.

Como apunta Sopeña, hay en Galdós hasta un poco de chufla con los no barbados, que sólo podían ser curas, actores o toreros.  También en Galdós aparece el apunte del crío rebelde –por ejemplo, el hermano de Isidora en “La desheredada”- que se va de becerros.

También resulta pintoresca la escena del gran Narváez (en el Episodio que le dedica), colérico ya a la hora del desayuno, ajustándose el bisoñé mientras Bodega, su asistente, le ayuda a vestirse: “El fiel servidor, mudo y flemático, sin precipitarse en sus movimientos, luego que dejó el chocolate en la mesa, cogió el chaleco y, alzándolo en ambas manos, hizo un movimiento semejante al del banderillero cuando cita al toro y le muestra los palillos que ha de clavarle”.

Azorín. 

El propio Galdós resalta que la corrida de toros como festejo popular, fue en muchos casos preludio de motín político. Galdós lo señala en su Episodio La revolución de julio (1903): “Camino de mi casa”, relata el Marqués de Beramendi, “me encontré a Sebo en la calle del Arenal. Me dijo con sigilo que se armaría el tumulto grande a la salida de los toros. No olvide vuecencia que hoy es lunes. La plaza está llena de gente; allí están todos los aficionados a la tauromaquia y a la politicomaquia”.

El lenguaje taurino

Multitud de expresiones o alocuciones de la llamada y riquísima jerga taurina están también dispersos por la obra de Galdós. Así lo demuestra la profesora García Estrade en un interesante artículo Toros y política. Presencia y función artística de la jerga taurina en Mendizábal de Pérez Galdós (XI congreso de estudios galdosianos).

La conclusión a la que llega la profesora Estrade es clara y contundente: en Galdós “la importancia de la jerga taurina…es máxima, por la cantidad de vocablos empleados y por estar íntimamente entrelazada con el núcleo de la obra. Se observa también un conocimiento taurómaco en Pérez Galdós más profundo de lo que hasta ahora la crítica ha venido señalando, incluso con raíces en la vida privada del autor”.

Esas raíces privadas en la vida de Galdós se atestiguan en que fue íntimo amigo de toreros como el importantísimo Rafael González ‘Machaquito’. Galdós fue a su boda a Cartagena. El torero estuvo presente en las exequias del escritor en 1920. Y otro dato más concluyente, la hija natural de Machaquito, Rafaelita, convivió con el escritor en el chalecito de Hilarión Eslava porque José Hurtado, dueño del chalet y sobrino político de Galdós, la había ahijado, la acogió en su familia. La quería enormemente: “Rafaelita, alegría de esa casa y de esta: desde que te fuiste a Madrid, aquí no hay más que tristeza y un vacío muy grande” (carta manuscrita con fecha de 14 de septiembre de 1916).

Es más, el 4 de enero de 1920 cuando Galdós moría en Madrid, alrededor del difunto estaban su hija María, el marido de ésta, Juan Verde, el sobrino político, José Hurtado de Mendoza (dueño de la casa de Hilarión Eslava), su ahijada Rafaela González Muñoz, hija del ex matador de toros «Machaquito», y también su amigo Rafael de Mesa, Eusebio Feíto, hijo del asistente de su hermano, el general Pérez Galdós, y el fidelísimo criado Paco.

'Machaquito'. 

Fue tal la amistad con Machaquito que visitó a Galdós hasta en su residencia veraniega de Santander, la mítica “San Quintín”. De ello da cuenta Azorín, por cierto, escritor taurino y a cuyo recuerdo se colocó una placa en la puerta grande de su amado Albacete, y lo hace en un artículo publicado en la revista España, el 5 de agosto de 1904, bajo el título “Veraneo sentimental en San Quintín, una tarde con Galdós”.

La tarde va declinando. Hablamos de Guerrita, de Mazzantini, de Fuentes, de Ángel Galdós era amigo de Machaquito. Confiesa que no lo ha visto en la plaza. Pero también que sí, que él asiste en general a las corridas de toros (aunque no en Santander), y que sabe de toros y conoce la tauromaquia. Ahí lo demuestra hablando con Azorín y Macías de los grandes de los toreros de aquel tiempo.

Podemos concluir que Pérez Galdós fue un silencioso aficionado al toreo, como era su personalidad, tímida y observadora. Galdós y su obra perviven con profunda actualidad tras cien años de su muerte. También la tauromaquia, último vestigio de la arcaica cultura mediterránea, sobrevive. Por no poder, no pueden con ella ni los mejores biógrafos de don Benito, pues de tan grandiosa que es, resulta inmortal e invencible.

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