17 de noviembre de 2019
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FIN DE SEMANA

La alemana conoció a Juan Carlos I en 2004 y su relación se hizo pública ocho años después convirtiéndose en un escándalo mayúsculo para la corona

Corinna, la comisionista que vino del frío y que podría atesorar datos comprometidos para el rey emérito

Corinna Larsen, entró en la vida del rey Juan Carlos I en 2004 y su relación se hizo pública en 2012 provocando una de los mayores escándalos de su reinado, uno de los motivos que acabaron llevando a la abdicación al monarca dos años más tarde. Todavía son muchas las cosas que quedan por determinar sobre los años que esta falsa princesa alemana vivió en España. Nadie sabe cuánta información atesora y cuales son sus peligrosas relaciones con las llamadas 'cloacas del Estado'.

El fin del reinado de Juan Carlos I tuvo dos nombres propios de mujer: Cristina y Corinna. La primera era su hija, que decidió seguir al lado de su marido, Iñaki Urdangarin, en mitad del Caso Nòos, y Corinna, la alemana con la que vivió su última historia extramatrimonial conocida.

La supuesta princesa metida a comisionista supuso para el rey su última gran pasión. Por ella se arriesgó más que nunca. Un monarca envejecido que estaba viviendo su último gran amor frente a una mujer que disfrutaba del poder, pero quería hacerlo en la sombra lejos de las demostraciones pseudoheroicas que el Borbón se prestaba a darle. Una bomba de relojería que estalló el 14 de abril, fecha de reminiscencias republicanas, de 2012 en el peor momento, cuando la sombra de la intervención económica por parte de Europa perseguía a España.

En esos momentos, el monarca que encontraba en Botsuana de cacería junto a su amante, su exmarido y el hijo de la alemana. Una rotura de cadera haría estallar el escándalo. Durante semanas todo el país especuló con la identidad de la atractiva mujer que acompañaba al monarca. Su imagen ocupó todos los titulares y buscarla, como si fuera Wally, en fotos de actos y viajes oficiales, se convirtió en un deporte practicado por todos los periodistas del país. Pero ¿Quién era la mujer que desató tanto escándalo?

Una falsa princesa llega a la corte de Madrid

Corinna zu Sayn-Wittgenstein, de soltera Corinna Larsen, conoció al Rey en una cacería en Ciudad Real, en 2004. Ella, aunque aún no se había divorciado de su segundo marido, el príncipe Johann Casimir zu Sayn-Wittgenstein, hacía ya vida separada. Desde entonces mantendría una larga relación con el Rey Emérito no exenta de altibajos hasta hace poco. Don Juan Carlos la introdujo en los círculos de la alta sociedad madrileña, presentándola en cenas, acudiendo a monterías e incluso formando parte de la comitiva real en viajes de Estado.

El Rey Emérito saludando a Corinna en la entrega de los Premios Laureus en 2006. 

La relación fue como una montaña rusa. Al menos dos veces Corinna quiso romper con don Juan Carlos por no tolerar, supuestamente, las infidelidades del monarca. Tras ello, en 2009, Juan Carlos I vivió la época más intensa con la princesa alemana. Mantuvo contactos periódicos con ella hasta 2012, en un dúplex del complejo de lujo Domaine Rochegrise en los Alpes, que después vendió Corinna en 2013.

El dúplex era un lugar de mucha más privacidad que la casita del recinto real en el monte del Pardo habilitada para Corinna zu Sayn-Wittgenstein y su hijo. Esa casita, situada a menos de dos kilómetros del palacio de La Zarzuela, conoció una ingente actividad social: desde el director del CNI, Félix Sanz Roldán, hasta el exministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo. El dúplex en Suiza, sin embargo, era su refugio más íntimo. Don Juan Carlos pasó allí casi una semana en febrero de 2012, coincidiendo con el décimo cumpleaños del hijo pequeño de Corinna. Fue entonces cuando se comprometió con el niño a llevarlo a su primera cacería en África, en Botsuana. Y así lo hizo en abril de 2012, cuando todo se torció. La madrugada del 14 de abril de 2012, un avión trasladó de Botsuana a España al rey: tenía la cadera rota y había que ingresarlo en el hospital San José de Madrid. Ese día estalló todo.

Corinna abandonó su residencia de El Pardo, pero no se fue muy lejos del rey, tan solo a 10 kilómetros de Zarzuela. Allí, al parecer, adquirió un chalé en una exclusiva zona residencial de Somosaguas, con 500 metros cuadrados distribuidos en dos plantas, y 2.915 de terreno destinado a zonas ajardinadas y aparcamiento. Pero los acontecimientos se desbordaron.

Corinna y Juan Carlos I bailando. 

La opinión pública se abalanzó sobre el monarca, que tuvo que entonar el mea culpa. Tras décadas de intento de un aparente disimulo, conocido por muchos, el monarca quiso acabar de golpe con esa pantomima, divorciarse de doña Sofía y casarse con Corinna. Pero esto no se produjo por dos razones. Por un lado, la propia Corinna no quiso, según fuentes próximas a ella. Prefería ser “reina en la sombra” antes que exponerse directamente a la opinión pública. Por otro lado, fue determinante el papel de uno de los amigos más fieles del rey, el General del CNI,  Félix Sanz Roldán. El jefe de los servicios secretos españoles visitó a la princesa consorte en Londres en junio del 2012, en el hotel Connaugth, para pedirle que, por el bien de España, terminara con la relación con rey y se apartara definitivamente de él.  En los últimos tiempos el nombre de la princesa germana ha aparecido unido al de un personaje siniestro como es el  de José Manuel Villarejo. Una grabación en la que supuestamente, sin darse cuenta acusaba al Emérito de usarla como testaferro. Un escándalo que, como todos los que rodean a esta rubia peligrosa, tiene efecto champán. Explota y se apaga pronto. Los más agoreros aseguran que Corinna aún puede dar más quebraderos de cabeza al jubilado monarca. Una mujer peligrosa que podría poner en apuros a un monarca que ha sido apartado de la vida pública por el nuevo Rey, sabedor de que el pasado de su padre puede hacerse presente, sobre todo porque nadie conoce con exactitud las intenciones de la enigmática alemana.

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