06 de diciembre de 2020
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FIN DE SEMANA

Eugenia de Montijo fue esposa del emperador Napoleón III y desempeñó un rol fundamental en la política internacional del siglo XIX

Cien años de la muerte de Eugenia de Montijo: La denostada española que gobernó Francia

Retrato de la emperatriz Eugenia de Montijo por Franz Xaver Winterhalter.
Retrato de la emperatriz Eugenia de Montijo por Franz Xaver Winterhalter.
La Universidad Rey Juan Carlos, en colaboración con la Fundación Universitaria Española, celebró un congreso online con el objetivo de reivindicar la figura de una de las españolas más universales del siglo XIX, Eugenia de Montijo, cuando se cumplen 100 años de su muerte. Al contrario de lo que se nos ha transmitido de ella, la emperatriz francesa desempeñó un rol fundamental en la política exterior decimonónica, hasta el punto de que la regencia gala se le confió hasta en tres ocasiones.

Si hubiera que identificar a la mujer más representativa de España en la esfera internacional durante el siglo XIX, probablemente muchos optarían por Eugenia de Portocarrero Palafox y Kirkpatrick. Este año se cumple un siglo de la muerte de esta emperatriz francesa cuya vida ha generado verdaderos ríos de tinta. Y es que, en el imaginario popular han pervivido una serie de estigmas sobre su figura que no siempre obedecen a la realidad, casi siempre centrados en los entresijos de su privacidad y carácter personal.

En este sentido, la Universidad Rey Juan Carlos y la Fundación Universitaria Española organizaron la semana pasada un congreso online que pretendía revisar la trayectoria de Montijo y poner en valor su papel durante el siglo XIX, tratando de ofrecer una visión más amplia de lo que se nos ha transmitido de ella hasta la fecha. El Congreso, titulado “La emperatriz Eugenia de Montijo: 100 años de la muerte de una española universal”, lo coordinó Alejandro Espejo Fernández y lo dirigieron Cristina del Prado Higuera y José Luis Sánchez.

Elcierredigital.com ha contactado con Juan Díez, coordinador adjunto del Congreso, para obtener una valoración general sobre el mismo. Díez apunta que el evento ha analizado a una española “universal” que esconde mucho más de lo que aparenta: “lo interesante de ella es que, aunque ha pasado al imaginario colectivo con múltiples manifestaciones artísticas y coplas que todavía la recuerdan, incluso en el ámbito artístico como lo que hoy consideraríamos una influencer, el personaje tiene una dimensión política y una trascendencia para la configuración de la Europa del siglo XIX mucho mayor de lo que comúnmente se considera”.

Y es que la que fuera esposa de Napoleón III, en palabras de Díez, fue “una mujer con una dimensión de estado, política y diplomática”. Según el coordinador adjunto del Congreso, actualmente doña Eugenia está siendo objeto de una revaluación por parte de la historiografía francesa, pues en vida fue muy criticada, entre otros motivos, por su “españolidad”. En esta línea, destaca un factor curioso que se subrayó durante una de las ponencias del Congreso, el hecho de que siempre antepusiera su título nobiliario español al de emperatriz de Francia.

Cartel del Congreso.

En cualquier caso, contrariamente a lo que solía suceder en aquel momento con el género femenino, Napoleón III delegó en doña Eugenia una amplia cuota de responsabilidad. Partiendo de su importante papel en las relaciones geoestratégicas del momento, Díez destaca las claves maestras de lo que fue el congreso, orientadas a destacar su relevancia en política de la época. La emperatriz fue regente de Francia hasta en tres ocasiones y desempeñó un papel fundamental en la política exterior europea: “participa en las grandes cumbres como la del canal de Suez, que es un proyecto de confluencia de toda Europa”, afirma Díez.

Además, fue una firme defensora del cristianismo y, en consecuencia, apoyó a las monarquías parlamentarias de esta confesión. Del mismo modo, el Congreso puso en relieve su condición de icono cultural decimonónico “no solo en Europa, sino también en el ámbito americano, donde también llegó su influjo”. También se abordó la raíz de las feroces críticas que ha recibido su figura, cuyos orígenes hay que rastrear en su adscripción cristiana y, sobre todo, en su implicación en el ocaso del segundo periplo imperial francés.

En lo que respecta a este último factor, a lo largo de las ponencias se destacó que no es de justicia atribuirle la responsabilidad de las continuas desgracias que atravesó el país, un hecho que la propia historiografía gala está corroborando con sus últimas investigaciones. En conclusión, teniendo en cuenta todos estos factores Díez apunta la necesidad de que España “no se quede fuera de esta revisión” en tanto que doña Eugenia es una de las grandes personalidades de la Europa del siglo XIX.

Una personalidad irrepetible

Eugenia de Montijo nació en Granada allá por 1826. Sus padres, Cipriano de Palafox, duque de Peñaranda y conde de Teba y Montijo, y la escocesa María Manuela Kirkpatrick representaban dos polos opuestos. Él era un noble que prefería mantener la distancia con los compromisos de la aristocracia. Ella, el paradigma de aquellos que disfrutaban con las interioridades de la corte y se vanagloriaban de su boato.

Tanto Eugenia como su hermana María Francisca recibieron una esmerada educación a caballo entre Inglaterra y Francia. En este último país se introdujeron en los círculos de lo más selecto de la alta sociedad gala, como bien refleja el Congreso, a raíz de la influencia materna. Tras la muerte de su padre, Eugenia volvió a España junto a su hermana. María Manuela estaba decidida a buscar un porvenir apropiado para sus hijas y, en este sentido, no tardó mucho en casar a su primogénita con el duque de Alba.

Quedaba saber qué hacer con Eugenia, quien ha sido reflejada por la historiografía como una mujer que no gustaba de la artificialidad de la alta sociedad. Eugenia era bella, pero, sobre todo, particularmente culta y plenamente consciente de los cánones que regían su realidad. Cuando regresó junto a su madre a París, despertó el interés de Luis Napoleón Bonaparte, descendiente de “le petit caporal” y presidente de la Segunda República Francesa, que quedó prendado de la dama española.

Fotografía de Eugenia de Montijo.

Bonaparte era tan célebre por su carisma político como por sus incontables amoríos. En seguida trató de seducir a doña Eugenia, que con su elegancia brillaba con luz propia en las fiestas cortesanas del país vecino, reflejadas en el Congreso como un punto clave no solo en la interacción social de la élite, sino como el epicentro político del momento.  

El principal pretendiente de doña Eugenia mantuvo intactas sus ambiciones en otros menesteres y previo golpe de estado declaró un Segundo Imperio Francés a cuyo frente se situaría, cómo no, él mismo. El ahora llamado Napoleón III quería que Eugenia fuese su emperatriz, todo un escándalo dentro una corte francesa, que empezó a canalizar su desprecio identificando a la hija del duque de Montijo como “La española”.

Sin embargo, pese a la hostilidad del contexto que la rodeaba, Eugenia decidió dar un paso adelante. En 1853 ambos contraerían matrimonio en Notre Dame. Para un evento tan selecto, se puso en marcha un despliegue propio de la gloria de épocas pasadas, pues el emperador lo concibió como una proyección de su poder y un claro mensaje a sus rivales políticos.  

Eugenia no se limitó a desempeñar el papel de reina consorte. Su implicación en asuntos de estado fue siempre total, hasta el punto de que se le confió la regencia en tres ocasiones. En un principio, su influencia se basaba en su acceso privilegiado a su esposo, 20 años mayor que ella. No obstante, su habilidad y formación le granjearon una cuota de protagonismo propia que crecería aún más cuando dio a luz a Napoleón Luis, el heredero al trono.

De hecho, el Congreso destaca cómo la emperatriz, desde París, corazón de la diplomacia mundial en aquel entonces, se erigió como figura clave en el juego de poderes en Europa, algo que queda demostrado en su fundamental intervención en las reuniones que derivaron en la construcción del canal de Suez o la que protagonizó en la Guerra de Crimea, poco investigada hasta la fecha.

Cuadro Napoleón III en la batalla de Solferino, de Adolphe Yvon.

Además, Eugenia de Montijo sufragó múltiples labores humanitarias mencionadas durante las ponencias del Congreso y fue una decidida protectora de la ciencia, patrocinando el trabajo de brillantes personalidades como Louis Pasteur.  Su gusto por la moda, un hecho que sus enemigos siempre le recriminaban, era completamente deliberado, pues, de acuerdo con su concepción de la misma, su vestuario no era sino otro recurso político más que debía estar a la altura de su posición.

Sea como fuere, el ocaso del nuevo y frágil imperio francés no ayudó a consolidar su popularidad. La aplastante derrota en la Guerra franco-prusiana, que inspiraría entre los franceses un sentimiento de revanchismo manifestado pocas décadas después en la Primera Guerra Mundial, acabó con el imperio y también con Napoleón III y los suyos al tiempo que anunciaba un importante cambio en el tablero de juego de la geopolítica mundial.

En todo este proceso, la que muchos consideraban la verdadera responsable de las decisiones políticas en Francia fue la mayor perjudicada. Bismarck había conseguido relegar al otrora gran dominador europeo a un segundo plano y, en este sentido, a la familia del emperador galo no le quedó otro remedio que refugiarse en Inglaterra. El propio Napoleón III falleció poco tiempo después de la finalización del conflicto.

Desde su exilio en la finca de Candem House (Inglaterra), Eugenia de Montijo siguió intrigando para devolver el poder de Francia a su familia. Sus intentos no fructificaron. Para colmo de males, su hijo decidió alistarse para combatir en las guerras zulúes. En el sur de África perdió la vida y su madre, devastada, desistió finalmente de cualquier ambición, viviendo en las sombras el resto de su vida y frecuentando periódicamente su patria natal, donde la residencia de los duques de Alba siempre representó un refugio donde evadir su pesar.

Finalmente, en 1920, a los 94 años, fallecía esta ilustre dama, que ha quedado para la posteridad como una mujer frívola y banal, un retrato que dista mucho de lo que realmente fue. En este sentido, iniciativas como la puesta en marcha por la Universidad Rey Juan Carlos y la Fundación Universitaria Española se antojan fundamentales para reescribir la historia de una de nuestras representantes más ilustres.

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