02 de diciembre de 2022
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FIN DE SEMANA

La reportera argentina María Luisa Carnelli fue la que dio a conocer la alfabetización de un grupo de soldados en plena Guerra Civil española

Aprender a leer y escribir entre trincheras: La historia de los campesinos albaceteños 'Karibes'

'Karibes', publicado en el diario 'Ahora'.
'Karibes', publicado en el diario 'Ahora'. / Fdo 'Cuentos de cine'.
La argentina María Luisa Carnelli, reportera y letrista de tangos, destapó durante la Guerra Civil la historia de un nutrido grupo de braceros de la provincia que, enrolados en un batallón, lograron alfabetizarse gracias a un capitán, antiguo maestro, y a unos cuantos muchachos agentes de seguros, compañeros de milicias. Desde elcierredigital.com nos hacemos eco del artículo publicado en la web Cuentos de cine.

La web Cuentos de cine ha publicado un artículo sobre una viajera empedernida, que recorrió a lo largo de su azarosa vida más de una veintena de países. Ya se sabe que viajero no es sinónimo de turista, sino de aventurero, y ella buscó en la Guerra Civil una oportunidad para hacer correr ríos de tinta con sus crónicas precisas y adornadas sobre todo lo que acontecía en este país partido por la mitad en una lucha fratricida.

María Luisa Carnelli, que ese era su nombre, aunque muchas de sus letras las firmó como Mario Castro o Luis Mario, vino al mundo en la ciudad de La Plata, capital de la provincia argentina de Buenos Aires en el final del Siglo XIX (1898) en el seno de una extensa familia, una decena de hermanos y hermanas. Sus inquietudes culturales afloraron muy pronto. Poetisa, escritora, periodista... y letrista de tangos de tremenda fama, como el popular Pa'l cambalache, grabado por el mismísimo Carlos Gardel. Veinteañera muy activa, independiente, comprometida, a la que la llegada de la década de los treinta descolocó profesionalmente, y vuelta a empezar. El tango ya no era suficiente. Fue cuando se interesó por el reporterismo. Y su elección fue todo un acierto.

Desde 1933, cuando decidió venir a España, a un país complejo e inestable, María Luisa Carnelli comenzó a publicar en numerosos diarios y revistas de ambos lados del Atlántico, tales como Clarín o Caras y Caretas, allá, y El Sol y Ahora, aquí.

María Luisa Carnelli en la revista 'Caras y Caretas'. /  Fdo. Cuentos de cine.

El estallido de la contienda nacional le sorprendió residiendo en Madrid, pero la tribulada situación no hizo sino dispararle la adrenalina y se lanzó a recorrer los frentes que no sólo rodeaban a la capital de España, sino que viajó por diversas provincias escribiendo con su expuesta y generosa pluma la tragedia cotidiana de quienes padecían en sus propias carnes lo peor de la guerra: hombres en el frente cuya vida no valía apenas nada, mujeres y niños en la retaguardia con poco que echarse a la boca, sanitarios que hacían lo indecible para sanar... Un diario con un elenco de víctimas de un cruento día a día que permitía a los españoles con acceso a los periódicos conocer lo que sucedía en las entrañas del frente.

Y fue ella, María Luisa Carnelli, que cayó herida hasta en tres ocasiones durante la Guerra Civil, quien descubrió a los 'Karibes' del Batallón Pasionaria, creado en agosto de 1936 por las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), dentro del Quinto Regimiento, y que se unió a los batallones Octubre y Largo Caballero en los combates de la sierra madrileña. Con base en el convento de los Salesianos de Atocha, convertido en el cuartel del Quinto Regimiento en el sur de Madrid, en su presentación participó en el verano de 1936 la mismísima Dolores Ibárruri, diputada comunista cuyo apodo bautizó al batallón.

Una 'escuela' entre trincheras

En el frío enero de 1937, cuando los sabañones no daban tregua, la corresponsal argentina coincidió con el batallón, al que dedicó un amplio reportaje en el periódico 'Ahora', en aquel entonces en manos de las JSU. Pero Carnelli no destacó la preparación de los soldados, su habilidad con las armas, las carencias de comida, ropa o armamento que podían presentar o la nostalgia de tiempos mejores en los que, en sus casas, con sus familias, trataban de abrirse camino en una España convulsa. No, a la periodista le llamó la atención la labor educativa que se desarrollaba en el frente republicano.

'Karibes' en el diario 'Ahora'. / Fdo. Cuentos de cine.

Allí, entrevistó al capitán Jesús Sánchez, quien antes del 18 de julio de 1936 ejercía de maestro y de empleado de seguros y, además, era el secretario del Consejo Nacional de Izquierda Federal. Ahora, al frente de la segunda compañía del Batallón Pasionaria, había puesto en práctica una estrategia de alfabetización de los soldados a su cargo, buena parte de ellos, "campesinos de la provincia de Albacete", a los que definía como "irreductibles" e "indisciplinados", y cuya falta de formación era consecuencia de que apenas habían visto en su laboriosa existencia una escuela, una pizarra, un maestro, un libro.

No era una excepción ese nivel de analfabetismo de este grupo de muchachos provincianos. Los datos indican que, en aquellos años, más del 55% de la población albaceteña no sabía ni leer ni escribir, en especial, en el medio rural. La falta de oportunidades y las urgencias de las despensas dejaron en segundo término la enseñanza. Primero, trabajar, luego, trabajar, y en tercer lugar, trabajar.

Y el capitán Sánchez, a pesar de que anatemizó a los chavales por su actitud y aptitud, decidió no quedarse de brazos cruzados y, junto "a un grupo de muchachos, empleados de seguros" que se incorporaron a este batallón, enseñaron a estos 18 campesinos analfabetos "a escribir y a deletrear en las cartillas", mientras que otros ampliaban sus conocimientos rudimentarios con nociones de Geografía, Historia, Matemáticas o Ciencias Biológicas.

Así los bautizó 'El viejo'

Su sobrenombre como Caribes a este nutrido grupo de milicianos no fue casual, puesto que el capitán de esta compañía, al que conocían también como 'El Viejo', les llamó de esta guisa por su falta de formación, por su rudeza. Pero semanas después y tras un puñado de clases en medio de la nada, pasaron de ser Caribes a Karibes; dejaron de ser indisciplinados y desordenados, y todo, según su capitán, por la "voluntad de cada uno de ellos". Y se pensó que sustituyendo la C por la K, el tono peyorativo de la denominación de ese grupúsculo de la compañía perdía su significado.

El caso de los Karibes no fue una excepción, ya que en la zona republicana se decidió favorecer la creación de un entramado educacional, cuyo primer paso lo conformó el Batallón Félix Bárzana, integrado por profesores, alumnos, maestros y funcionarios del Ministerio de Instrucción Pública y adscrito a la Federación de Trabajadores de la Enseñanza (FETE), tras caer en la cuenta de que la cultura se defiende no sólo empuñando las armas, sino que también se conquista luchando contra la ignorancia aún en las mismas trincheras.

Fdo. Cuentos de cine.

De esta forma nació el servicio Cultura del Miliciano, con la finalidad preminente de "cultivar el espíritu del miliciano", luchar contra el analfabetismo y colaborar con la Comandancia Militar y el Comisariado en la educación política del ejército. El semanario Blanco y Negro publicó en 1938 que, en apenas un año, 75.178 combatientes fueron "liberados del analfabetismo" gracias a la Cultura del Miliciano, tras 300.000 clases individuales y medio millón de clases colectivas. "Los Milicianos de la Cultura no eluden los peligros que amenazan sus vidas: doce de ellos han muerto en el cumplimiento de su deber, víctimas de la metralla", añadía el suplemento del diario ABC.

En la provincia de Albacete también se hicieron llamamientos desde el Instituto Nacional de Segunda Enseñanza y desde la Escuela Normal de Magisterio "a todo el personal docente masculino de todos los grados de la Enseñanza" para sumarse a las Milicias de la Cultura, y así se publicó en diversos artículos en la prensa de la capital.

Y el capitán apodado 'El Viejo' puso en práctica esa estrategia y la reportera María Luisa Carnelli, que falleció en Argentina en 1987, la dio a conocer en toda España y más allá. Así fue que un grupo de campesinos albaceteños aprendieron a leer y escribir entre disparos, entre trincheras.

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