05 de diciembre de 2020
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FIN DE SEMANA

El genio José Gómez Ortega 'El Gallo' murió en Talavera de la Reina (Toledo) el 16 de mayo de 1920 y levantó pasiones en todos los sectores culturales

Centenario de la muerte de Joselito: Descubrimos los amores y amoríos del torero más grande de todos los tiempos

El torero Joselito el Gallo, rey de toreros.
El torero Joselito el Gallo, rey de toreros.
Aquel José Gómez Ortega, más conocido como “Joselito El Gallo” fue, sin duda, y al decir de todos los entendidos, el torero más importante de la Tauromaquia española. Según el prestigioso crítico Gregorio Corrochano “Joselito” fue un monstruo, un genio de la Fiesta, el torero más grande de todos los tiempos. Joselito murió a los 25 años, cuando ya tenía planificado el “rapto” del gran amor de su vida, Guadalupe Pablo Romero.Descubrimos los amores y amoríos del torero más grande en su centenario.

Fue y ha sido el más grande en la Tauromaquia española. Sin embargo, del Joselito que aquí queremos hablar, coincidiendo con el primer centenario de su muerte (1920-2020), es del ser humano, el hombre que murió a los 25 años sin poder casarse con el amor de su vida y que tuvo como amante a Margarita Xirgú, la musa de Federico García Lorca. Aunque antes no hay más remedio que dar algunos picotazos en su corta pero intensa biografía.

José Gómez Ortega, hijo del matador Fernando Gómez el “Gallo” y de la bailaora gitana Gabriela Ortega, nació en Gelves (Sevilla), en la "Huerta del  Algarrobo”, el 8 de mayo de 1895 y murió el 16 de mayo de 1920 en la plaza de toros de Talavera de la Reina (Toledo), cuando sólo contaba con 25 años de edad y estaba en la cumbre del toreo. Se dice y se le consideró siempre como un “niño prodigio”, un genio que ya antes de cumplir los 13 años debutó en Jerez de la Frontera, matando magistralmente seis becerros de Cayetano de la Riva. De inmediato impactó por su estilo, por su capacidad de manejo de las dificultades de la lidia y sobre todo por su capacidad de entender las virtudes o limitaciones de los toros.

                            José Gómez Ortega, Joselito.

Tomó la alternativa en Sevilla con 17 años el 28 de septiembre de 1912 de manos de su hermano Rafael Gómez "El Gallo", a quien también llamaban el “Divino Calvo”. El toro del doctorado se llamó Caballero y pertenecía al hierro de Moreno Santamaría”. Y el 1 de octubre de 1912 la confirmó en Madrid de manos de su hermano Rafael y con Vicente Pastor y Manuel Martín Vázquez, que más tarde sería su cuñado, como testigos.

Fue el comienzo de la "edad de oro", que llegaría a la cúspide un año más tarde con la aparición en escena de otro genio taurino, Juan Belmonte. Entre ambos consiguieron que España viviese más pendiente de los toros que de los desastres políticos que vivía el país en aquellos años. (Meses después sería asesinado el Presidente del Gobierno, Don José Canalejas).

España tenía entonces 18 millones de habitantes, más de la mitad analfabetos. Un pueblo pobre y atrasado, cuyos mayores entretenimientos eran el teatro de varietés, los folletines por entregas y, por supuesto, los toros. El fútbol y el cine aún estaban en pañales.

Pero fue el 15 de marzo de 1914 cuando comenzó realmente la Edad de Oro del toreo español y sucedió en la plaza de “Las Arenas” de Barcelona, pues fue allí donde se vieron las caras por primera vez Joselito y Belmonte, ya matadores de toros ambos.

En su biografía novelada de Juan Belmonte el gran Chaves Nogales reproduce las palabras que el propio Belmonte le dedicaría al Joselito de aquellos comienzos de su rivalidad: “En aquel tiempo “Joselito” era un rival temible; su pujante juventud no había sentido aún la rémora de ningún fracaso. Las circunstancias providenciales le habían llevado gozoso, casi sin sentir y como jugando, al máximo triunfo, que le hacía ser un niño grande, voluntarioso y mimado, que se jugaba la vida alegremente y tenía frente a los demás mortales una actitud naturalmente altiva, como la de un dios joven.

        Joselito toreando.

En la plaza le movía la legítima vanidad de ser siempre el primero, y para conseguirlo se daba todo él a la faena, con una generosidad y una gallardía pocas veces superadas. Frente a él yo tomaba fatalmente la apariencia de un simple mortal que para triunfar ha de hacer un esfuerzo patético. Creo que esta era la sensación que uno y otro producíamos”.

Mano a mano Belmonte y Joselito

Y a la historia pasó el famoso “mano a mano” que sostuvieron ambos el 25 de mayo de 1915 en la Feria de Córdoba. Porque aquella tarde en la plaza de “Los Tejares” ya no cabía ni una aguja de aficionados de lujo. Según escribió el famoso escritor y periodista José Bergamín .

“Impresionante corrida la que hemos visto esta tarde en la vieja plaza de “Los Tejares” de Córdoba. Está claro que la competencia entre Joselito y Belmonte está llegando a su punto más caliente... si hasta tuvo que intervenir la policía en el tercero para detener la masiva pelea, a palos y puñetazos, entre los seguidores de uno y el otro.

Joselito estuvo genial y muy superior a Juan, aunque reconozco que ambos se complementan. Joselito  es Mozart y Juan, Beethoven. “Joselito es la ciencia, la sabiduría, la luz, el agua, el saber, la filosofía, el Arte supremo. Belmonte es la improvisación, la imaginación, la sorpresa, lo nunca visto, el día y la noche mezclados, el fuego, la pasión...Sí, no me extraña que Valle se haya vuelto loco con él, es de su propia cuerda. Locos geniales. Pero, mi locura es José, sin duda el más grande de todos, de los  pasados, de los presentes y seguro que de los futuros. La Historia lo dirá”.

Joselito y Juan Belmonte.

Allí estaban los Califas Guerrita y Machaquito ( y no estaba Lagartijo porque había muerto unos años antes… pero además allí estaban don José Ortega y Gasset, el gran periodista Chávez Nogales, que ya seguía por todas las plazas a su amigo Juanito (Belmonte), Bergamín, el más gallista” de todos… y Pérez de Ayala y Valle-Inclán (especialmente invitados por Julio Romero de Torres), más la flor innata de la crítica madrileña (“ABC”, “El País”, “El Imparcial”, “La Nación” etc) entre ellos también el gran Mariano de Cavia.

En resumen, la vida taurina de José Gómez Ortega Joselito fue un éxito completo desde que surgió con 13 años hasta que murió con 25 en Talavera de la Reina.

Las mujeres del rey de los toreros

Decían los antiguos que “detrás de un Hombre grande siempre hay una Mujer grande” (o varias, añado yo). Es el caso de Joselito, pues el rey de los toreros no sólo tuvo una sino varias y por este orden temporal: primero, y siempre, su madre, Gabriela Ortega Feria, “la señá Gabriela”. Luego, en su primera juventud, se enamoró platónicamente de Guadalupe Pablo Romero. Después aparece en su vida la grandísima Margarita Xirgú (la luego musa de Lorca). A continuación vive un romance con la Argentinita, Encarnación López, (muerto “Joselito” fue la amante y el amor de Ignacio Sánchez Mejías). Y por si no fuesen suficientes habría que hablar también de Adelita Lulú, la famosa cupletista competidora de Raquel Meller y Consuelo Hidalgo, la “vedette” más famosa de aquellos tiempos, por sus bellísimas piernas.

Aunque antes es interesante saber lo que pensaba Joselito de las mujeres: “¡Hombre!... ¿a quién le amarga un dulce?... pero el peor enemigo que puede tener un torero es la mujer. Un enemigo muy adorable, desde luego, pero muy peligroso. Nosotros los toreros, desde que comienzan la temporada hasta que concluye, debemos de huir de las mujeres bonitas y hacer de casto José. Las mujeres son un vino dulce que se sube fácilmente a la cabeza y dobla las piernas, y para torear hay que estar muy fuerte. Hay sobre todo que tener las piernas como el acero y la cabeza muy firmes… ¿Ven ustedes esta medalla doblada?, fue el pitonazo de un toro que me echó mano. La noche antes de la corrida, me la había pasado mirándome los ojos de una bella mujercita” (palabras recogidas de la novela de Alberto Insúa “La mujer, el torero y el toro”).

Indudablemente la primera mujer en la vida del genio fue su madre, una mujer de quien se hicieron lenguas todos los grandes que la conocieron. Pero veamos algo de su biografía: “Gabriela Ortega Feria (1862-1919), conocida artísticamente por su propio nombre o como la “señá Gabriela”, nació el 30 de julio de 1862 en Cádiz.

Proveniente de una familia gitana de artistas y toreros, fue una bailaora y cantaora de renombre en aquella época. Se casó en Sevilla con el torero Fernando Gómez El Gallo, con el que tuvo seis hijos, tres hombres Rafael, Joselito y Fernando (los tres toreros) y tres mujeres Gabriela, Trini y Dolores (las tres se casaron con toreros). Vivió por y para su familia, tanto que renunció al baile y a su carrera profesional cuando contrajo matrimonio con El Gallo, en el año 1885. Enviudó y tuvo que hacer frente a los problemas económicos que esto supuso. Sacó adelante su casa y crío a sus hijos hasta que dos de ellos empezaron a ganar dinero y a mantener a la familia.

La salud de Gabriela empeoró y falleció el 25 de enero de 1919 en Sevilla, a la edad de 56 años (Wikipedia). Gabriela Ortega debió ser una mujer ejemplar, por lo que hablaron de ella sus hijos, sus nietos, sus sobrinos, todos los que la conocieron y por el entierro multitudinario que tuvo tras su muerte. “Joselito” la tuvo siempre como un altar y no hizo nada en su vida sin contar con su apoyo. Hasta el punto de que, según sus mejores amigos, a “Joselito” le inundó tal depresión cuando murió que ya no fue el mismo lo poco que vivió después (murió tan sólo un año más tarde).

De ella diría en una entrevista periodística, entre otras cosas: “Mi madre se llamaba Gabriela Ortega. Era un poquito alta, más bien metida en carnes y con mucho carácter. Fue una mujer seria, de talento, que pasó a la historia como mujer y como madre. Hablaba de toros mejor que un hombre y eso que no fue a ninguna corrida; pero tuvo tres hijos toreros. Y su marido también lo fue, Fernando el Gallo, mi padre.

Aquí en Sevilla, la conoció mi padre. Ella bailaba y fue una bailaora muy buena. Mi padre la conoció en el café del Burrero, donde trabajó muy poco tiempo Mi madre era cuarterona. Porque mi abuela no era gitana. Mi abuelo, sí. Mi abuelo era gitano, hermano del célebre banderillero el Cuco [Francisco de Asís Ortega Díez], que estuvo colocado con el Tato y con Frascuelo. También tuvo otro hermano que se llamó Barrambín [Gabriel], banderillero de Cúchares, con quien murió en la Habana. Y otro, el tercero, el Lillo [Manuel], que fue banderillero de Cúchares. O sea, que en la dinastía de mi madre hubo tres toreros”.

Gabriela y el Gallo

La historia de Gabriela y el Gallo fue, en realidad, un romance casi de película, pues ante la oposición de la familia de ella, no tuvo mejor idea que raptarla. Reproduzco de “El Heraldo de Madrid” parte de la leyenda: “Hace ya muchos años, más de treinta y dos, bailaba en Sevilla, en el café Filarmónico, una admirable y honestísima cañi, la "Gabriela", cuyos encantos traían de coronilla a la espuma de la aristocracia y a la flor de la majeza. El Gallito, padre, (…), que por aquellos tiempos mecíase en las cumbres de la notoriedad, cautivó con su ingenio a la cañi y venció sus escrúpulos con promesas, logrando así ahuyentar a sus rivales y ser proclamado novio oficial de la esquiva bailadora.

Mas no se conformaba el lidiador con las dulzuras espirituales del noviazgo: quería algo más substancioso y más positivo, y para saciar, sin amarrarse de por vida, sus deseos, y vencer la resistencia de la virtuosa, brava y áspera mujer, planeó un pícaro engaño que la hacía rendir su albedrío.

Una noche, la Gabriela, el Gallo y algunos amigotes del espada salieron de Sevilla y refugiándose en un cortijuelo. La bailarina se vistió un rico traje y prendiose en el busto las simbólicas flores del naranjo; el lidiador llenose de alhajas resplandecientes y muy grave vio entrar en la habitación a Bartolesi, el fornido piquero, que, disfrazado de cura, hizo una parodia irrespetuosísima del  más temible de los Sacramentos.

Los bendijo, se fue con los amigotes y el Gallo vio de par en par las puertas de la gloria. Pero trascendió la aventura, indignáronse los hermanos de la Gabriela y el Gallito, acorralado temiendo que los sabuesos que le perseguían le hiciesen un agujero incerrable en la piel, comenzó a negociar, se vino a las buenas y se casó”.

A su muerte le dedicaron muchas coplas, canciones y poemas. Entre estos últimos el que recitó por el mundo entero (y hasta en la Casa Blanca, ante el Presidente de los Estados Unidos), su sobrina Gabriela Ortega Gómez.

La "seña" Gabriela, madre de Joselito.

En 1917 Joselito, con 22 años, lo tenía todo: Salud (se cuidaba como ningún torero lo había hecho hasta entonces, hacía mucho deporte, no fumaba, apenas si bebía y tenía incluso su médico particular), dinero (era ya un millonario, porque cobraba más que los demás toreros y los empresarios se lo disputaban), fama (España entera sabía su nombre y conocía su imagen mejor que la de los Presidentes del Gobierno y la Prensa lo perseguía porque sabía que vendía más que nadie) y amor (“Estoy enamoradísimo de la hija de un popular ganadero sevillano y voy a casarme con ella. Dentro de un par de temporadas, me retiro. Y lo voy a hacer como Guerrita: en la feria del Pilar de Zaragoza, a la que tanto amo, y por sorpresa”)...

Y, además, como escribiría más tarde González-Ruano, el genial torero “tenía la gloria del gitano (su madre, la señá Gabriela; su abuelo, Enrique Ortega Díaz, conocido como “El Gordo Viejo”, bailaor y banderillero, en esos momentos patriarcas de todos los gitanos de Cádiz y su provincia; y toda la familia por parte materna le adoraban), el oído con música y el sueño con vela, la vida jaleada y un cortejo de llanto y laurel para su muerte”.

¡Ay, pero, como dice el pueblo, hay amores que matan! Porque fue aquel amor, que tenía nombre y apellidos, el que le llevaría a la muerte en Talavera el triste 16 de mayo de 1920. De Guadalupe de Pablo Romero hablaremos otro día.

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