23 de junio de 2021
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FIN DE SEMANA

La colaboración de muchas mujeres acarreando agua a las filas españolas en un abastecimiento continuo fue clave en la victoria de esta crucial batalla

La historia de María Bellido: La aguadora que “derrotó” a Napoleón en Bailén

Estatua de María Bellido en Bailén.
Estatua de María Bellido en Bailén.
Muchos son los símbolos de la resistencia contra el poderío napoleónico. En nuestro país, que muchos consideran el escenario donde se gestó el principio del fin para el emperador francés, uno de estos emblemas es, sin duda, la aguadora María Bellido. Esta mujer fue una de las protagonistas de la batalla de Bailén, donde abasteció junto a sus compañeras a los soldados españoles en una jornada en la que el calor dictó sentencia.

Corría el año 1808. Napoleón Bonaparte estaba en la cima del mundo. Los ejércitos de la “Grande Armée” campaban a sus anchas por campos de batalla de toda Europa arrasando todo a su paso. Su avance era imparable. Paralelamente, en lo que hoy sería la provincia de Jaén, ajena a las pesquisas de “le Petit Caporal” (el pequeño cabo), como se apodaba al emperador francés, había llegado el verano. En pleno julio, las temperaturas rozaban los 40º día sí, día también.

En esta misma región, 53 años antes nacía nuestra protagonista de hoy, María Inés Juliana Bellido Vallejo. Su vida hasta aquel momento no era distinta a la de cualquier mujer estándar del momento. Durante los primeros compases de su vida vivió en su localidad natal, Porcuna (Jaén) junto a sus ocho hermanos. Constituían una familia humilde, con arreglo a las estrecheces propias de la época en la zona.

Los años transcurrieron con normalidad y María conoció a Luis Domingo Cobo Muela, un hombre que acabaría siendo su esposo y a cuyo lado mejoraría su estatus económico. Luis era natural de Bailén, un pueblo cercano donde poseía un olivar, además de múltiples negocios vinculados al sector de la alfarería. Una vez casados, la pareja se trasladó a esta localidad.

Sea como fuere, el funcionamiento ordinario del pueblo no podría mantenerse mucho más tiempo alejado de los designios de ese francés que se hacía llamar emperador, pues se había proclamado como tal en 1804. El bullicio se apoderó de las calles bailenenses, y el continuo vaivén de los soldados arreciaba, anunciando la inminencia de la llegada de los enemigos.

Cuadro "La rendición de Bailén", de José Casado de Alisal.

Y es que los franceses habían llegado a nuestro país en 1807, inicialmente como escala antes de llegar a Portugal. Sin embargo, Napoleón fue siempre un maestro en la esfera diplomática y supo transformar, merced a su pericia para con la realeza española, la presencia inicialmente anecdótica de sus tropas en España en una auténtica invasión de facto. La jugada no sentó bien a la población, que empezó a organizar una resistencia autónoma.

Las célebres Juntas se expandieron a lo largo y ancho de la península, pero el adiestramiento y superioridad táctica y armamentística de las huestes galas sometían cualquier conato de insurrección. El sur era la zona aparentemente más vulnerable de un territorio cuyos teóricos bastiones ya estaban controlados por el ejército francés.

Su conquista fue encargada por el emperador corso al curtido general Dupont. No obstante, la toma de esta zona no fue tan fácil como se preveía. Dupont se vio obligado a atrincherarse en Andújar, un pueblo jiennense, eso sí, tras haber saqueado Córdoba. Allí esperaría unos refuerzos que no tardaron en llegar, que, unidos a sus hombres, conformaron una terrible fuerza de combate de alrededor de 35.000 casacas azules.

Frente a ellos combatiría un número similar de soldados españoles, en su mayoría milicianos. Todos dirigidos por el general Francisco Javier Castaños. Los franceses cometieron varios errores tácticos y de desplazamiento de tropas que resultaron fatales. La sucesión de acontecimientos que acontecieron posteriormente llevaron a los contendientes a un enfrentamiento decisivo en las cercanías de Bailén.

Las aguadoras deciden un combate sin cuartel

El 19 de julio, comenzó la lucha. Los españoles adoptaron una posición defensiva y las cargas de la caballería francesa fracasaban una y otra vez. El motivo no solo era la resistencia de los milicianos españoles, en cuyas filas combatieron no pocos hombres de Bailén, sino, sobre todo, el asfixiante calor. 40º que abrasaban como fuego volcánico las maltrechas espaldas de unos soldados franceses incapaces de mantener el esfuerzo por mucho tiempo.

El sol fue el auténtico juez de aquella contienda y, para paliar sus efectos, los españoles contaban con un recurso del que carecían sus rivales. Aquí entra en acción la legendaria María Bellido y las aguadoras de Bailén, un grupo de mujeres que que durante las horas que se alargó la batalla no pararon de abastecer a los soldados españoles con agua y otras vituallas, sin descanso y con una convicción férrea que les permitía permanecer en primera línea de combate.

El mismísimo Benito Pérez Galdós en “Bailén”, uno de sus Episodios Nacionales, hizo referencia a la importancia de estas mujeres, así como al bochorno como el factor que declinó la balanza:

“Es verdad que desde Bailén salían en bandadas multitud de mujeres con cántaros de agua para refrescarnos; pero de este socorro apenas podía participar una pequeña parte de la tropa, porque los que estaban en el frente no tenían tiempo para ello. Algunas veces aquellas valerosas mujeres se exponían al fuego, penetrando en los sitios de mayor peligro, y llevaban sus alcarrazas a los artilleros del centro. En los puntos de mayor peligro, y donde era preciso estar con el arma en el puño constantemente, nos disputábamos un chorro de agua con atropellada brutalidad: rompíanse los cántaros al choque de veinte manos que los querían coger, caía el agua al suelo, y la tierra, más sedienta aún que los hombres, se la chupaba en un segundo”.

María Bellido fue una de las mujeres que dirigió a las aguadoras de Bailén y es inolvidable el episodio que protagonizó junto al general Reding en pleno puesto de mando. Bellido se acercó para ofrecer agua al general. Sin embargo, cuando la apodada “culiancha” se disponía a acercar el cántaro a Reding, el recipiente se quebró a causa de un disparo francés. La reacción de Bellido quedó para la historia, pues su rostro mantuvo el mismo semblante, imperturbable, como si nada hubiera sucedido. Se limitó a reunir lo que quedaba del cántaro, que todavía albergaba algo de agua y ofrecérselo al general, atónito con el comportamiento de la aguadora.

El escudo de Bailén contiene el cántaro agujereado de María Bellido.

En cualquier caso, los franceses acabaron rindiéndose y Napoleón sufrió uno de sus primeros reveses militares. De hecho, la de Bailén fue la primera batalla que el emperador perdía a campo abierto, donde podía descargar la furia de sus ejércitos todo su poder. Como si de un capricho del destino se tratase, el sino de Bellido y Reding pareció quedar ligado desde aquel día, ya que ambos perecieron solo un año después, en 1809. 

Durante mucho tiempo, la historia olvidó la hazaña de Bellido y las mujeres aguadoras de Bailén, que abastecieron a los milicianos españoles en medio de una tormenta de balas francesas. Sin embargo, la gesta nunca será olvidada en esta localidad jiennense, cuyo escudo es en sí mismo un homenaje a la batalla que tuvo a este municipio como escenario. En la parte izquierda del emblema, aparece el inconfundible cántaro de Bellido, una brava mujer que caminó impasible entre la muerte y la destrucción.

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