24 de noviembre de 2020
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FIN DE SEMANA

Un año después del incendio de Notre Dame, la catedral de Nantes también tiene que hacer frente a los efectos de un incendio presuntamente provocado

Arde la historia: Las llamas intencionadas devoran el patrimonio cultural

Los bomberos han evitado daños significativos en la catedral de Nantes.
Los bomberos han evitado daños significativos en la catedral de Nantes.
El incendio de la catedral gótica de Nantes ha supuesto el segundo capítulo de un monumento de incalculable valor atacado por el fuego en poco más de un año, cuando la imponente Notre Dame ardía en el corazón de París conmocionando a todo el planeta. Estas catástrofes pueden hacernos pensar que la amenaza del fuego está cebándose con el patrimonio en los últimos tiempos. Sin embargo, estos hechos no constituyen, ni mucho menos, algo hecho aislado.

La catedral gótica de San Pedro y San Pablo de Nantes sufría, el pasado 18 de julio, un incendio que hizo saltar todas las alarmas.  El edificio, que tardó 500 años en completarse desde que se iniciaron las obras a mediados del siglo XV, estuvo en riesgo de ser destruido en tan solo unas horas. Afortunadamente, las autoridades francesas movilizaron un operativo conformado por más de 100 bomberos y 45 unidades técnicas, que llegó a la catedral a tiempo evitando daños más graves.

No obstante, hay desperfectos que no se han podido evitar, como es el caso del gran órgano (que ya de por sí había sido restaurado en cinco ocasiones hasta aquel momento), las vidrieras del siglo XVI situadas a su espalda o un valioso cuadro del pintor decimonónico Hippolyte Flandrin. Cabe destacar que no es la primera vez que este imponente templo sufre las consecuencias del fuego pues en 1972 el techo se quemó, lo que obligó a los fieles a aguardar trece años hasta la reanudación del culto.

En esta ocasión, las sospechas de los bomberos, que a su llegada al edificio se extrañaron de que los focos del incendio estuvieran repartidos en tres lugares concretos (uno en el órgano y dos más en el lateral de una de las naves), así como las investigaciones iniciadas por la Fiscalía de Nantes que sucedieron al siniestro han revelado indicios de intencionalidad en la propagación del incendio. De hecho, ya se detuvo a un posible implicado, quien, de acuerdo con France Info, es un voluntario que desempeñaba labores de mantenimiento para la diócesis de la parroquia y al que, un día antes del incendio, se le había encargado el cierre del templo.

Tras haberle tomado declaración, la policía francesa le liberó concluyendo no tener pruebas suficientes que le relacionaran con el delito. A pesar del impacto mediático de esta noticia, Laurent Ferlay, director del Departamento de Servicios de Bomberos y Rescate de Nantes, declaraba en pleno incendio ante los medios que "no estamos en un escenario como el de Notre Dame". Eso sí, la alcaldía de Nantes ha informado de que las labores de reparación de la catedral tardarán alrededor de tres años en concluir. En cuanto al coste de estas, el ministro de Economía y Finanzas del país galo, Bruno Le Maire ha declarado que será asumido por el Estado.

Los hechos acaecidos en Nantes constatan el delicado trance que atraviesa el mundo católico en estos momentos, puesto que se solapan con la reconversión de Santa Sofía de Estambul en Mezquita, un edificio que llevaba décadas secularizado haciendo las veces de museo pero que durante once centurias fue adalid del catolicismo ortodoxo de oriente en pleno epicentro del Imperio Bizantino. Los incendios de Nantes y París, unidos a la decisión promovida por el presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, han sido identificados por algunos como un auténtico desafío a la civilización europea y el modo de vida occidental.

Notre Dame, a las puertas de la destrucción

Probablemente, lo ocurrido en Nantes no hubiera provocado tanta consternación entre la comunidad global de no ser por el fatídico incendio de Notre Dame el pasado 15 de abril, siniestro que en la última semana se ha tratado erróneamente de vincular al de Nantes. Los paralelismos se reducen a que ambos edificios fueron afectados por un incendio. Nada más. Y es que lo que sucedió en el templo parisino fue una auténtica debacle.

El monumento, que hasta aquel momento era el más visitado del mundo, además de Patrimonio Mundial por la UNESCO, perdió aquel día su icónica aguja y padeció un hundimiento parcial de su techo que a punto estuvo de desestabilizar los cimientos, lo que habría supuesto su desmoronamiento completo. En este sentido, hubo que evacuar a toda la isla de la Cité en previsión de lo que pudiera pasar. 400 bomberos hicieron falta para controlar los efectos de las llamas y salvar a Nuestra Señora de París, una cifra que nada tiene que ver con el centenar de profesionales enviados en auxilio del templo nantés. 

Ubicada en pleno centro de la capital gala, la catedral de Notre Dame goza de un simbolismo único para la cristiandad, pero, sobre todo, para los franceses, quienes durante horas contuvieron el aliento contemplando impotentes como ardía un icono de su país. La construcción de un discurso para articular la idea de una nacionalidad francesa está tan ligada a este edificio como lo están los druidas, Vercingétorix, Clodoveo, San Luis, Carlomagno, el “Rey Sol” la propia revolución de 1789.

Las labores de reconstrucción de Notre Dame tardarán años en finalizar.

Desde un prisma artístico, esta catedral representa uno de los puntos cumbre del estilo gótico. Las obras para su construcción comenzaron en 1163 y concluyeron en 1260, aunque posteriormente sufrió otras modificaciones. En cuanto a su funcionalidad, fue desacralizada durante la Revolución Francesa, aunque Napoleón volvería a otorgarle carácter católico dos años antes de su coronación imperial.

Más allá de los datos históricos, el templo está rodeado de una mística extraordinaria a la que han contribuido novelas como la publicada por el autor romántico Víctor Hugo en 1831, Nuestra Señora de París, u obras de arte realizadas por pintores de la talla de Delacroix, Jacques-Louis David o Matisse. Teniendo en cuenta todo esto, no es de extrañar que su imagen ardiendo durante horas tuviera un impacto tan descomunal.

La finalización de los trabajos de restauración, paralizados desde abril a causa del coronavirus, está prevista, de acuerdo con el ejecutivo galo, para 2024, coincidiendo con la celebración de los Juegos Olímpicos que tendrán lugar en París, aunque recobrar la antigua apariencia se antoja prácticamente imposible. A este respecto, el presidente Macron declaraba a comienzos de julio que el objetivo es reconstruir la catedral “de la manera más conforme posible a su último estado completo”.

El patrimonio consumido por el fuego es inagotable

Los incendios de las catedrales francesas son el último ejemplo de una larga lista de edificios de gran valor monumental y arquitectónico afectados de alguna manera por los efectos del fuego a lo largo de la historia. En la antigüedad es célebre la quema de la biblioteca de Alejandría, donde las fuentes apuntan que se acumulaba todo el conocimiento del mundo antiguo, como también lo es el incendio del Circo Máximo en época de Nerón, del que se acusa a este emperador romano. Durante la peste bubónica, la catedral de San Pablo de Londres fue quemada a raíz de un incendio que comenzó en una panadería cercana. Se dice que la destrucción del templo contribuyó a acabar con la peste en la ciudad. Más recientemente, hay que destacar el incendio del Reichstag de Berlín en 1933, un siniestro provocado que los nazis utilizaron como pretexto para tomar el poder y del que acusaron a un comunista holandés, Marinus van der Lubbe.

Del mismo modo, sobresalen los casos del teatro la Fenice de Venecia, en 1996, un suceso que posteriormente reveló una trama de película que implicaba a la mafia y sus intereses económicos en el que las llamas consumieron el lugar en menos de tres horas y, en verano de 2006, del incendio de la Iglesia de la Santa Trinidad en San Petersburgo, donde se consiguieron salvar las obras del arte del interior del edificio al tiempo que este perdía su cúpula principal y tres de las cuatro secundarias.

España tampoco se libra de esta lacra. Especialmente relevantes son los incendios de las catedrales de Santander y León, que tuvieron lugar en 1941 y 1966 respectivamente. El primero se debió, según la hipótesis más aceptada, a un fallo en el sistema eléctrico que generó una chispa que, avivada por el viento, comenzó su propagación. La gran cantidad de mobiliario y edificios de madera circundantes potenció una difusión veloz que alcanzó la catedral para extenderse al resto la ciudad.

En el ya de por sí lúgubre contexto de posguerra, las pérdidas materiales fueron incontables (el casco histórico quedó destrozado) aunque la catástrofe fue minimizada por el aparato propagandístico del régimen franquista. Posteriormente, la catedral fue reconstruida y se reabrió en 1953. En lo que respecta a la catedral de León, el incendio lo provocó un rayo que alcanzó la cubierta del templo. Horas después, ardía el techo del edificio, aunque la rápida acción de los cuerpos de bomberos evitó daños mayores.

Quizás el incendio de este tipo más recordado en nuestro país sea el del Liceo de Barcelona en 1994. De entre todos los desastres citados, se trata sin duda de la que sucedió con mayor celeridad. Una chispa descontrolada de un soplete inició los fuegos que consumirían el teatro en un cuarto de hora. 150 años de historia y el recuerdo de innumerables jornadas míticas convertidos en pasto de las llamas. Sin embargo, gracias a una espectacular campaña de recaudación de fondos, encabezada, entre otros, por la gran diva Montserrat Caballé, el Liceo abriría sus puertas de nuevo en 1999, solo cinco años después del incendio.

En cualquier caso, vale la pena recordar que, en este tipo de construcciones, castigadas por el paso de los siglos, conviene extremar las precauciones para evitar desgracias como las recordadas en el presente artículo. La destrucción de nuestro patrimonio encarna la caída de nuestra historia material, una historia a la que estamos irremediablemente ligados, en tanto que constituye el testimonio más fiel de la memoria humana. De nosotros depende ser dignos guardianes de los vestigios de nuestro pasado.

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