18 de agosto de 2019
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EDICIÓN VERANO

La filipina se convierte en esos años en la acompañante de la "nietísima" de Franco

"Me olvidé de vivir", desvelamos las claves de por qué se produjo la ruptura de Isabel Preysler y Julio Iglesias

Isabel y Julio cuando eran felices
Isabel y Julio cuando eran felices / Archivo
Hoy repasamos el auge y caída del matrimonio de Isabel Preysler y Julio Iglesias. El cantante se convierte en una estrella cada vez más importante, mientras Isabel llena su soledad a través de su amistad con la nieta de Franco. Las ausencias e infidelidades de Iglesias provocaron el fin del matrimonio. Julio le dejaba el mejor regalo: la popularidad que se convertiría para siempre en su modo de vida

Los primeros tiempos de la vida de la pareja transcurrieron sin grandes acontecimientos. Isabel acompañaba a Julio Iglesias en sus viajes. “De luna de miel nos fuimos a las Canarias y seguidamente a México, donde pasamos tres meses. Mi marido debía cumplir allí unos contratos. Las salas donde actuaba no se llenaban y Julio me decía: “Pequeñaja, dentro de unos años tendré a esta gente rendida a mis pies”, Y la verdad es que fue así. Julio trabajaba mucho y yo cada vez estaba más sola”, contó en su día Isabel. Alfredo Fraile, el sempiterno manager del cantante durante quince años, dio fe de ello y relató a periodistas cómo en 1971, en su primera gira por Latinoamérica, Isabel acompañó a su marido en destartalados y tercermundistas autobuses en sus recorridos por las carreteras mexicanas. Los contratos eran todavía muy humildes, entonces no había tanto dinero, y a pesar de estar embarazada de varios meses de su primera hija, Chábeli, no se escuchó una sola queja de la tenaz y hermética Isabel, que fue la perfecta compañera del cantante en sus tiempos más duros.

Isabel, al principio, estaba envuelta en un torbellino apasionado que la empujaba a aceptar cualquier ocurrencia de su marido y que, en su inconsciencia lo idealizó. Julio representaba la aventura la puerta de acceso a un mundo que le había estado vetado por su origen y educación y no dudó en acompañarle a todos los lugares. Isabel vivió esa etapa intensamente mientras duró, aunque siempre añoró una vida familiar más apacible, como la que disfrutó durante su infancia en Manila, donde regresaba siempre que podía.

 Tres hijos: Chábeli, Julio José y Enrique

A su llegada a Madrid, la pareja se instaló inicialmente en un apartamento en la madrileña calle del Profesor Waksman, muy cerca del Estadio Santiago Bernabéu, y muy próximo a donde con el paso de los años Isabel se vería furtivamente con el entonces ministro socialista Miguel Boyer. Luego Isabel y Julio se mudaron a un piso que compró el padre del cantante, el doctor Julio Iglesias Puga, en el número 31 de la calle de San Francisco de Sales, en el barrio universitario madrileño, donde vivía toda la familia. Siete meses después de su boda, el 3 de septiembre de 1971, nació su primera hija, María Isabel, conocida como Chábeli, en el Hospital Nuestra Señora de Cascais, en Portugal. Una niña que con el tiempo se ha convertido en la fotocopia más perfecta de su madre. “Cuando nació Chábeli -cuenta Isabel-, tardé un día en encontrar a Julio para comunicárselo. Tardó otro día en llegar a Estoril, donde nació la niña, y luego sólo pudo estar con nosotras media hora”. Como indica Isabel Preysler, su primera hija nació en un hospital de Cascais, una localidad cercana a Estoril. Había que buscar un lugar seguro fuera de España alejado del mundanal ruido y de los posibles comentarios difamatorios. La coartada debería ser lo más coherente posible. Por entonces, no era fácil viajar de un lugar a otro con rapidez ni siquiera al país vecino. Nadie podía dudar de que la niña era sietemesina y que se había adelantado dos meses a la fecha prevista, aunque había nacido con tres kilos y trescientos gramos de peso. Había que preservar la carrera musical de Julio Iglesias. Máxime siendo un ídolo musical en un régimen franquista conservador y católico al 100%. Todo estaba controlado y con los periodistas amigos más aún.

Isabel y Julio con sus tres hijo: Chábeli, Julio José y Enrique

La nota de prensa estaba ya redactada: “Pese a los pronósticos, Chábeli se adelantó casi dos meses a la fecha prevista debido a una afección nefrítica que sufrió Isabel cuando pasaba unos días en la aristocrática ciudad portuguesa de Estoril mientras Julio estaba cantando en Albacete”. Pero, aunque ésta fue la versión oficial, no faltó quien hizo cálculos y no le cuadró. E hiló este hecho con la precipitación con que se celebró la boda y las sospechas de la propia madre de Julio, Charo de la Cueva. El bautizo sí que se celebró días después en Madrid. Los padrinos fueron la hermana mayor de Isabel, Victoria Preysler Arrastia, que reside habitualmente fuera de España, y el hermano del cantante, Carlos Iglesias de la Cueva. El nacimiento no impidió que Isabel siguiera acompañando a Julio Iglesias en sus giras, aun llevando a Chábeli en brazos.

Y se olvidaron de vivir…

 Pero el distanciamiento físico entre Isabel y Julio fue cada vez más habitual y constante. Y aunque el matrimonio pasaba menos tiempo junto, sus encuentros eran pasionales. Así, Isabel se quedó embarazada dos veces más albergando la esperanza de que esto representaría el regreso definitivo del hombre a quien entonces amaba. Pero eso nunca ocurrió. Nacieron sus dos hijos varones: Julio José, el 25 de febrero de 1973; y Enrique Miguel del que dio a luz el 8 de mayo de 1975. Desde entonces sus tres hijos ocuparon todo su tiempo. Ya no acompañaba en sus viajes a su marido que cada día conseguía mayores triunfos discográficos, tanto en España como fuera de nuestras fronteras. Y las ausencias eran cada vez más largas. El teléfono dejó de sonar con la insistencia de los primeros tiempos.

Cuentan sus amigas que Isabel aguantaba sin una queja, aunque el cansancio y el hastío ya habían aparecido en su relación. Las numerosas fans que rodeaban a su marido, los incontables idilios reales e inventados que se le atribuían, su reputación, los reportajes de atleta sexual en las revistas, etc., iban minando la relación. Isabel, sin apenas familia en España, se iba encontrando cada vez más sola. E iba tomando poco a poco conciencia del progresivo alejamiento de su marido. Por entonces, el matrimonio ya había comprado una casa en la urbanización Guadalmar (Torremolinos), valorada en unos 25 millones de pesetas, donde iban a pasar las vacaciones

Isabel llegó a confesar a sus amigas que estaba harta de llamar por las noches a los hoteles donde se hospedaba el cantante y encontrarse al otro lado del teléfono con una extraña voz femenina. Por entonces, Julio Iglesias ya era una estrella en toda Latinoamérica. El cantante tenía fama de amante maravilloso y perfecto compañero de cama. Según él mismo ha confesado, tres mil es el número aproximado de mujeres que habrían pasado por su azarosa y complicada vida sentimental. Julio era el típico “Casanova” castigador. Prefería relacionarse con mujeres desconocidas que frecuentemente eran amantes de una noche. De aquella época todavía le quedan a Julio Iglesias supuestos hijos secretos que levantaron en su día la polémica. Uno de ellos es Javier Santos Raposo, fruto de una presunta semana de pasión en Sant Feliu de Guixol con la bailarina portuguesa María Edite Santos durante una gira veraniega por la Costa Brava en el año 1975. Julio había alquilado un chalé a su gran amigo de juergas, el ex jugador del Real Madrid, Pedro de Felipe, con el que compartió su adolescencia. La casa se convirtió en lugar de citas clandestinas. Por entonces en España, un país inmerso en plena transición democrática tras la muerte de general Franco, pero aun con los tics del franquismo, la figura de Julio Iglesias y de su casa de discos, Columbia, pesaba mucho. Tenían muy bien controlados a los periodistas y a las publicaciones. Éstas ofrecían noticias en torno al cantante en un tono muy acorde con la moralidad oficial de entonces. Era la imagen de un Julio Iglesias amante de su esposa e hijos, buen padre de familia, miembro “de la España de bien”.

Todo esto enervaba aun más a una ya insatisfecha Isabel Preysler que nunca solía, ni suele, perder la compostura. Alfredo Fraile declaró en más de una ocasión que las peleas entre la pareja eran normales. Pero Isabel sabía mantener el tipo. Apenas salía a la calle porque él, en su convencionalismo, así se lo exigía. Era una especie de enclaustramiento impuesto por Julio Iglesias, quien años después afirmaría: “Frente a mi vehemencia hispánica, Isabel colocaba su pragmatismo oriental. A una voz mía contraponía siempre el silencio. Y eso era algo que me amargaba aun más. La falta de discusión, de diálogo hace que dos personas, por mucho que se quieran, acaben por no tener nada en común”. Él no entendía que una mujer pudiera divertirse alejada de su marido. Ella se había acostumbrado a no utilizar vestidos que pudieran llamar la atención de otros hombres porque, según Julio, “eso era cosa de malas mujeres, de fulanas”. “Cada día tenía menos marido, menos compañero y menos amigo”, dicen sus amigas. Aquel matrimonio sobrevivió a duras penas gracias al teléfono, pero con crecientes discusiones. La filipina no tardó mucho tiempo en darse cuenta de que algo fundamental en el matrimonio se había perdido y le complacía saber que ella aún podía enamorar a otros hombres. La separación era ya vox populi y no podía entender cómo Julito no se daba cuenta de lo que estaba ocurriendo. “En diciembre de 1976 –cuenta Isabel-, tuve con Julio una discusión fortísima. Aproveché para decirle que lo nuestro no tenía remedio y que no había más salida que la separación. Pero me convenció de que nos diéramos un tiempo antes de tomar una decisión importante. Mi marido me consideraba una niña, me llamaba “pequeñaja” intentando crearme una sensación de inseguridad que yo no tenía, pues cada vez sabía mejor lo que quería. No nos separamos en 1976 a cambio de que mientras él estuviera fuera yo podría hacer mi vida. No me iba a quedar en casa en espera permanente. Saldría con mis amigos bastante más de lo que venía haciéndolo, que no era mucho”

Confidente de la nietísima de Franco

Y así hizo. Empezó a combatir esa soledad con la amistad y compañía de Mari Carmen Martínez-Bordiú, que era su vecina del inmueble de la calle de San Francisco de Sales, número 31, donde la nieta del General Franco se había trasladado tras casarse con el duque de Cádiz, Alfonso de Borbón y Dampierre, y volver de su periplo como embajadores en Estocolmo. Carmen vivía en un piso más abajo que Isabel. De la mano de la nieta preferida de Franco, a la que incluso acompañó en alguna ocasión al Pardo para tomar el té con Carmen Polo y ver películas de cine antes de su estreno, se reencontró durante las prolongadas ausencias del cantante con los círculos elitistas que había abandonado tras su matrimonio. No era la primera vez que Isabelita y Carmencita, una chica con carácter que vino al mundo solo ocho días después que la primera, compartían secretos. Se habían conocido en una fiesta de la jet set antes de casarse Isabel y, más tarde, compartieron amistades como las hermanas Belén y Carmina Ordóñez a las que veían con relativa frecuencia. También la filipina sería invitada junto a Julio Iglesias a la boda de la nieta del Generalísimo con Alfonso de Borbón y Dampierre  el 8 de marzo de 1972 en la capilla del Palacio del Pardo. Allí ocurrió una anécdota singular que ha contado en algunas ocasiones la propia Isabel Preysler. En ella quedaba de manifiesto el carácter machista del ídolo musical del franquismo: “Me acuerdo que en la boda de Carmen Martínez-Bordiú vinieron los de Vogue Francia diciendo que querían una foto mía y a Julio le chocó muchísimo pues el artista de la familia era él. Yo siempre que estaba en una foto era porque estaba junto a él, pero nunca sola, por mi lado… ¿Y él te las permitió?... No, no lo permitió. Recuerdo que se le acercaron los fotógrafos y le pidieron permiso: “No, lo siento mucho”, les dijo. Yo ni pregunté el porqué. El artista de la familia soy yo, dijo. Y aunque no hay quién me diga que no a algo si de verdad me apetece, en este caso me daba exactamente igual. Julio nunca entendió la poca vanidad que yo tenía y, sin embargo, la opinión pública siempre me ha acusado de todo lo contrario”.  

Meses después fue la nietísima quien la introdujo en las clases sociales pudientes a las que Julio Iglesias no podía llegar. Y aunque España ya se modernizaba, ser nieta de Franco era la salvaguarda y contraseña en un poder establecido, todavía bien unido a la figura del recién fallecido Generalísimo. Además, la transición política parecía abrir muchas posibilidades de lucimiento a las amistades de los miembros de la Casa Real, entre los que se encontraba Alfonso de Borbón, primo del Rey de España, por entonces aún casado con Carmen Martínez-Bordiú. Fue Carmencita la primera mujer que le abrió los ojos a Isabel, que le impulsó a dar ese gran paso rompiendo con los ideales de integridad espiritual. Isabel Preysler todavía estaba encorsetada en unos principios católicos tradicionales y no aceptaba en principio una solución de divorcio, una palabra aún maldita en España. Pero sabía que su familia, que le había inculcado una severa educación tradicional no admitiría su drástica solución y sería para ellos una afrenta grave. Sin embargo, Isabel se había vuelto a reencontrar consigo misma, con su espíritu de libertad que desde pequeña le había dominado. Y lo disfrutaba en sus salidas y viajes relámpago con Carmen Martínez-Bordiú a, por ejemplo, Nueva York, donde visitaban tiendas y discotecas sin saberse vigiladas. Citas, encuentros, viajes que eran tema de conversación habitual en todos los cenáculos madrileños.

Carmen Martínez-Bordiú, Julio Iglesias y Isabel Preysler 

En este contexto matrimonial, hubo un último intento de reconciliación en el verano de 1977, cuando Julio le propuso a su todavía mujer que ella y los niños se fueran a vivir con él a Estados Unidos: “Isabelita, España queda muy lejos del mundo y yo donde quiero ser importante es en América. Vente a vivir allí conmigo y los niños. Sabes que necesito la fama y el público, pero vosotros sois para mí imprescindibles. Seguro que superaremos este mal momento”, le suplicó. Julio insistió mucho a su suegra, Betty Arrastia, a la que idolatraba y a la que invitó meses después cuando dio un concierto en Manila, para que le ayudara. En Filipinas la influencia de la madre es muy superior a la que ejerce el padre. Isabel meditó la propuesta, pero consideró que el problema no residía en el entorno sino en el mundo que le rodeaba. Se sintió profundamente dolida por la actitud de su marido que no quería prescindir absolutamente de nada y de nadie. Su profesión prevalecía, sintiéndose ella relegada a un modesto segundo puesto. No tenía a su lado a la persona que había elegido para contarle sus preocupaciones cuando llegaba a casa, que no podían celebrar juntos los pequeños acontecimientos cotidianos ni podía ofrecerle su cariño día a día.

Ante este cúmulo de situaciones, el 21 de julio de 1978 se anunciaba finalmente la ruptura del matrimonio a través del diario Arriba, uno de los periódicos propiedad del llamado Movimiento Nacional, y de la revista Hola. El entonces redactor jefe de esta revista, Jaime Peñafiel, relató como transcurrieron los momentos más tristes y amargos de la pareja durante la tarde-noche-madrugada de ese día: “Sólo transcurrieron veinte horas entre la visita de Isabel a mi despacho de Hola para quejarse de su marido y la de Julio, acompañado de Alfredo Fraile, con el rostro demacrado, los ojos enrojecidos por falta de sueño o porque había llorado (aquella noche ya no durmió en el hogar familiar), para entregarme un papel, tan vulgar como una cuartilla y firmado por los dos en el que en diez líneas liquidaban siete años de matrimonio. Me entristece recordar ese día en el que Isabel, también descompuesta, con el rostro desencajado y llena de miedo, del propio miedo que sentía y no podía ocultar, intentaba justificarse ante mi, el amigo de su marido, por haber sido cogida en una falta que tenía nombre y título: el marqués de Griñón. Quizá porque pensaba que no hay mejor defensa que un ataque, comenzó a hablarme de sus frustraciones, de las ausencias de Julio, de sus infidelidades, de sus soledades… que eran verdades conocidas por este periodista”. El comunicado final indicaba: “Saliendo al paso de posibles especulaciones o noticias escandalosas que puedan tener origen en la situación personal nuestra, conjuntamente nos consideramos obligados a explicar, de una vez para siempre, la determinación a la que libremente hemos llegado de separarnos legalmente. Ante todo, el supremo interés por nuestros hijos nos obliga a resolver de una forma amistosa y legal nuestra situación personal. Las razones, por ser íntimas, quedan para siempre en nuestras conciencias”.

Isabel Preysler tras separarse de Julio Iglesias hizo de la popularidad su modo de vida

Fue Julio Iglesias quien decidió cómo dar la noticia, redactarla, ofrecerla a los medios, etc. “Tú la firmas y punto”, le dijo a su ya ex mujer. Pero faltaba lo fundamental: la resolución económica del conflicto. Tras iniciar Isabel Preysler las acciones judiciales para reclamar los bienes que le correspondían, se pactó que el cantante pasaría a su ex mujer la cantidad de 180.000 pesetas que más tarde se elevaría a la de cerca de un millón de pesetas mensuales -según algunas fuentes- con el fin de contribuir a la alimentación, ropa y educación de sus tres hijos. Cuentan algunos allegados que, al dedicarse el cantante tan intensamente a su profesión, el dinero que le pasaba a su ex mujer como manutención servía para él como coartada y justificación moral ante sus hijos.

Los tres niños, tras la dificultosa separación conyugal, continuaron su educación en Madrid sin romper con los vínculos tradicionales y pasando sus vacaciones en Miami con el padre, para ir así conociendo poco a poco ese ambiente tan distinto. A Isabel también le quedó un chalé en Guadalmar, en la Costa del Sol, y la vivienda de la madrileña calle de San Francisco de Sales, en el centro de Madrid, que el matrimonio había adquirido por doce millones de pesetas. Posteriormente, Isabel la vendió por cerca de cuarenta millones. Fue su primer pelotazo inmobiliario. Algunas fuentes que participaron en esa separación indican que Isabel actuó con generosidad pudiendo haber sido mucho más dura aún económicamente con el cantante, ya que había contraído matrimonio sin separación de bienes y tenía derecho a los gananciales. Por entonces la fortuna de Julio Iglesias ya se valoraba en más de 500 millones de pesetas. Sin embargo, en su conciencia pesaba que la fortuna de Julio había sido ganada por él tras muchos años de sacrificio y, sobre todo, era ella quien abandonaba a su marido. Además, a Isabel lo que más le preocupaba en la negociación era el futuro de sus hijos, que deseaba conservar a su lado.

Esta desunión familiar provocó un cisma en el clan de los Preysler, que pusieron el grito en el cielo, nunca mejor dicho. Sus padres jamás aceptaron esta separación y dejaron de llamarla. El trato entre ellos desapareció, al menos, durante dos años. Que una mujer decidiera separarse de su marido que era famoso y triunfador sorprendió a muchas mujeres sometidas, en algunos casos, al yugo matrimonial impuesto por la iglesia católica. Pero a ella parecía darle igual. Su primera meta estaba lograda. Y con la popularidad adquirida podía conquistar nuevos objetivos. Isabel Preysler dejó muy claro a todos sus enemigos que continuaría en el punto de mira de los españoles sin la necesidad de ser la mujer del cantante español más internacional. Un testigo presencial lo declaró de esta forma: “Julio le dijo a ella que ya no tendría nunca más la oportunidad de seguir saliendo en las portadas de las revistas, cosa que a ella le encantaba. Isabel no titubeó en la respuesta: Puedes estar seguro de que saldré en la prensa tanto o más que tú”. Isabel niega este rifirrafe: “Se han dicho tantas tonterías sobre esto, como que cuando me separé de Julio dije que iba a tener más portadas que él, eso no lo he dicho en mi vida, vamos, ni se me ha pasado por la cabeza, ni Julio lo puede decir y me ha asegurado que no lo ha dicho jamás porque no es verdad”.

Fue por entonces cuando Julio Iglesias, ya convertido en una celebridad tras su definitivo acuerdo con la discográfica CBS, adquirió su casa de Indian Creek en Miami (EEUU), para dar definitivamente el salto internacional e introducirse de lleno en el show business. Necesitaba refugiarse en su profesión para sobrellevar un fracaso amoroso que para él fue traumático, como recuerdan las letras de las canciones que por entonces compuso con gran éxito.

Pero Isabel siguió su camino dejando de lado los obstáculos y críticas, mostrándose como una mujer aparentemente serena. “Cuando nos separamos, francamente y sin hacerme la humilde, pensé que se iba a acabar, pensé que me iban a dejar en paz, que la etapa de la fama se había acabado y que iba a ser una mujer normal, que haría su vida en el anonimato. Lo que ocurre con las revistas del corazón es que tienes que saber que una vez que te enfocan ya no puedes salir del círculo de luz… ¿Entonces, por qué crees que hay este interés en ti?... Yo creo que por la insistencia de la prensa y por la época en que comenzó todo esto”. Isabel ya parecía intuir que la fama no sólo es un placer sino también un medio importante de vida. Para ella, la fama era como el dinero, le permitía acceder a cosas que de otro modo le estaban vetadas. Quizá, su problema radicó en que no supo entender que la fama se retroalimenta de la propia fama. Y que uno no puede decidir en qué momento la deja. Es el mercado quien dispone y salirse cuando uno quiere es prácticamente imposible. E Isabel, desde entonces, nunca ha optado por abandonar ese modo de vivir.

 (Mañana Isabel, ya divorciada decide hacer de la fama su forma de vida y se introduce en la nobleza, tras conocer al Marqués de Griñón)

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