13 de noviembre de 2019
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FIN DE SEMANA

Durante 15 minutos la bailarina ha proporcionado datos y nombres de quienes estuvieron presentes en el año 1975 cuando conoció al artista en Gerona

Visto para sentencia el juicio de Julio Iglesias: María Edite Santos prueba suficientemente su relación sentimental con el cantante

Julio Iglesias vive sus peores momentos.
Julio Iglesias vive sus peores momentos.
El esperado día llegó y finalmente ha quedado vista para sentencia la controvertida paternidad de Julio Iglesias. La relación que mantuvo en 1975 con la bailarina portuguesa María Edite Santos se ha analizado en los Juzgados de Valencia en la mañana de este jueves 4 de julio. En el plazo de tres días o cuatro días se hará pública la sentencia sobre si Julio Iglesias es no el padre legal de Javier Santos. Fuentes jurídicas señalan que casi con toda seguridad será señalado padre del valenciano.

El juicio ha durado apenas una hora y medias y finalmente el Juez Bort admitió la declaración de María Edite Santos, madre de Javier Santos. La bailarina portuguesa declaró durante varios minutos relatando la relación que tuvo durante 1975 con Julio Iglesias y fruto de la cual habría nacido Javier Santos. María Edite aportó pruebas, datos y los nombres de las personas que fueron testigos de su historia de amor con el cantante español más internacional.

La negativa del cantante a someterse a las pruebas de ADN es lo que más ha pesado en su contra ya que en virtud de la Ley de Enjuiciamiento Civil en su artículo 767 apartado 4 según el cual “la negativa injustificada del supuesto progenitor para hacerse las pruebas de ADN lo convierte en sentencia afirmativa de paternidad siempre y cuando hay otros indicios”.

La defensa de Julio Iglesias busca alargar el proceso y recurrirá la sentencia, pero el abogado Fernando Osuna está “contento ya que salvo una hecatombe Julio Iglesias será sí o sí padre de Javier Santos”. Fuentes consultada por elcierredigital.com señalan que Julio Iglesias ha dado ordenes a sus letrados de recurrir hasta el final. "Teniendo en cuenta los plazos (solo el de Estrasburgo lo puedes presentar seis meses después de que te hayan desestimado el amparo), esto indica que durante tres o cuatro años tendremos juicio de Julio Iglesias para rato". 

La sentencia no sería firme hasta que el Tribunal Supremo se pronuncie. No obstante, las fuentes consultadas señalan que no hay suficiente base para que el Alto Tribunal lo admita a trámite, están intentando basar su defensa sobre la cosa juzgada, "algo que nunca prosperaría".  

Un romance de 1975

Uno de ellos es Javier Santos Raposo, fruto de una presunta semana de pasión en Sant Feliu de Guixol con la bailarina portuguesa María Edite Santos durante una gira veraniega por la Costa Brava en el año 1975. Julio había acudido allí para actuar durante unas semanas en la discoteca Las Vegas y había alquilado un chalé a su gran amigo de juergas, el ex jugador del Real Madrid, Pedro de Felipe, con el que compartió su adolescencia. La casa se convirtió en lugar de citas clandestinas.

Javier Santos y Fernando Osuna en los Juzgados de Valencia. 

Según la declaración de María Edite ante el Juzgado de Valencia, además de Julio Iglesias y Pedro de Felipe, el batería del cantante y su representante Alfredo Fraile también eran conocedores de la relación que tuvo el cantante con la bailarina portuguesa durante al menos una semana en 1975. Durante 15 minutos ante el titular del Juzgado de Primera Instancia nº 13 de Valencia José Miguel Bort, la bailarina ha dado datos concisos y nombres de lugares donde estuvo con Julio Iglesias. “Fue justamente a los 9 meses de mantener esta relación cuando nació Javier”, ha indicado María Edite.

Según la portuguesa, la primera selección de las bellezas que siempre acompañaban al cantante era hecha por su fotógrafo de entonces y hombre de confianza, José María Castellví. Por entonces en España, un país inmerso en plena transición democrática tras la muerte de general Franco pero aun con los tics del franquismo, la figura de Julio Iglesias y de su casa de discos, Columbia, pesaba mucho. Tenían muy bien controlados a los periodistas y a las publicaciones de la época. Éstas ofrecían noticias en torno al cantante de moda, ídolo de las jóvenes adolescentes, en un tono muy acorde con la moralidad oficial de entonces. Era la imagen de un Julio Iglesias amante de su esposa e hijos, buen padre de familia, miembro “de la España de bien”.

Todo esto enervaba aún más a una ya insatisfecha Isabel Preysler que nunca solía, ni suele, perder la compostura en los momentos críticos. El manager del cantante Alfredo Fraile declaró en más de una ocasión que las peleas entre la pareja eran normales. Pero Isabel sabía mantener y aguantar el tipo. Apenas salía a la calle porque él, en su convencionalismo, así se lo exigía. Era una especie de enclaustramiento casi monástico impuesto por Julio Iglesias, quien años después afirmaría: “Frente a mi vehemencia hispánica, Isabel colocaba su pragmatismo oriental. A una voz mía contraponía siempre el silencio. Y eso era algo que me amargaba aún más. La falta de discusión, de diálogo hace que dos personas, por mucho que se quieran, acaben por no tener nada en común”. Él no entendía que una mujer pudiera divertirse alejada de su marido. Ella se había acostumbrado a no utilizar vestidos que pudieran llamar la atención de otros hombres porque, según Julio, “eso era cosa de malas mujeres, de fulanas”. “Cada día tenía menos marido, menos compañero y menos amigo”, dicen sus amigas. Aquel matrimonio sobrevivió a duras penas gracias al teléfono, pero con crecientes discusiones, perdiendo sentido y validez.

María Edite Santos. 

La filipina no tardó mucho tiempo en darse cuenta de que algo fundamental en el matrimonio se había perdido y le complacía saber que ella aún podía enamorar a otros hombres. No quería continuar más con aquella relación. La separación era ya vox populi. Y no podía entender cómo Julito no se daba cuenta de lo que estaba ocurriendo. “En diciembre de 1976 –cuenta Isabel-, tuve con Julio una discusión fortísima. Aproveché para decirle que lo nuestro no tenía remedio y que no había más salida que la separación. Pero me convenció de que nos diéramos un tiempo antes de tomar una decisión importante. Mi marido me consideraba una niña, me llamaba “pequeñaja” intentando crearme una sensación de inseguridad que yo no tenía, pues cada vez sabía mejor lo que quería. No nos separamos en 1976 a cambio de que mientras él estuviera fuera yo podría hacer mi vida. No me iba a quedar en casa en espera permanente. Saldría con mis amigos bastante más de lo que venía haciéndolo, que no era mucho”. El divorcio llegó en Julio de 1978. Julio Iglesias comenzó una nueva vida en América.

 

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