09 de febrero de 2023
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FIN DE SEMANA

Antonio Martínez vio por última vez a sus hijas, de entonces seis y cuatro años, en agosto de 2015 cuando se iban de vacaciones con su madre a Rumanía

Habla el padre de Zoraida y María, desaparecidas hace 7 años: “He querido quitarme la vida por la impotencia”

El Cierre Digital en Zoraida Rocío y María Emilia Martínez, desaparecidas hace más de 7 años.
Zoraida Rocío y María Emilia Martínez, desaparecidas hace más de 7 años.
Antonio Martínez vio a sus hijas por última vez en agosto de 2015. Las había llevado, junto a la madre de estas, al aeropuerto para que pasaran un mes de vacaciones en Rumanía, tierra natal de su progenitora. Esta avisó días después a Antonio de que no iba a volver a España con ellas. Más de siete años después, Antonio muestra a El Cierre Digital la “impotencia” por no poder ver a sus hijas.

El 13 de agosto de 2015 fue el último día que Antonio Martínez vio a sus hijas Zoraida Rocío y María Emilia. Por aquel entonces, las pequeñas tenían seis y cuatro años y se iban de vacaciones, como cada verano, junto a su madre a Rumanía, tierra natal de su progenitora. Antonio llevó a su familia hasta el aeropuerto sin saber que esa sería la última vez que vería a sus hijas.

La asociación SOSDesaparecidos ha revitalizado recientemente a través de su cuenta de Twitter este caso de sustracción parental sucedido hace más de siete años. Antonio, padre de las menores, ha comentado a elcierredigital.com que se enteró a través de Whatsapp de que sus hijas no iban a volver a España.

“Llamé cuando quedaban diez o doce días para que volvieran —porque todavía no me había comunicado nada— para pasarme por la librería y dar la señal para pedir los libros a las niñas [para el nuevo curso escolar]. A los tres días me mandó el mensaje: ‘No pidas nada en la librería que las niñas no van a volver’. Así de claro y así de duro. Y nunca más las he vuelto a ver”, confiesa.

Para Antonio no hubo nada que le hiciera sospechar este desenlace. “No había ninguna separación, ni ninguna historia extraña. Nada, absolutamente nada. Ella se iba todos los años de vacaciones y venía. No había ningún problema. Eran unas vacaciones más, así que nadie iba a sospechar sobre lo que iba a pasar. Además, fui yo el que las llevé al aeropuerto de Valencia. Si lo llego a sospechar, no dejo que salgan”, añade.

La batalla judicial de Antonio por recuperar a sus hijas

En cuanto Antonio recibió el mensaje, procedió a denunciar la desaparición de sus hijas en la comisaría de Policía. De ahí, afirma que el caso fue “al juzgado de guardia que correspondía, y de ahí a la Audiencia Provincial, que falló a mi favor. Se pusieron en contacto con la Autoridad Central Española, que se lo comunicó a la Autoridad Central Rumana y, de ahí, el caso pasó a la Corte Suprema de Bucarest. Allí se realizó un juicio que duró casi un año. Ella puso once recursos y los perdió todos”.

Como consecuencia de este periplo judicial, Antonio recibió en 2017 la orden de “recoger a sus hijas” —la Corte Suprema de Bucarest también había fallado a su favor, según relata—, por lo que viajó hasta Rumanía. “Cuando fui a recogerlas, la policía se fue y había un matón esperándome para, bueno, para hablar conmigo precisamente no”. Después de esto, afirma que “el ejecutor judicial dijo que las niñas no estaban preparadas, que les diéramos dos meses para que a las niñas las preparara un psicólogo para venirse a España”. Del psicólogo, que Antonio dice haber pagado, no supo nada más.

Tal y como afirma, la justicia española tiene, además, una petición “de una orden de detención de búsqueda internacional. Pero el juzgado número 2 de momento no ha ejecutado la orden de detención”.

Desde 2017, Antonio confiesa sentirse “impotente” y desamparado. “Allí la policía no te ayuda nada. Yo he intentado que me acompañen de la comisaría de Rumanía con una orden judicial, pero no me hacen caso”, matiza.

Sobre el seguimiento del caso por las autoridades españolas, Antonio explica que las “Autoridades Centrales Españolas sí que lo hicieron bien y mandaron la orden a Rumanía, por eso se hizo el juicio allí, pero ya después nada”. También alaba el apoyo que recibió de la Embajada de Rumanía hasta el año 2017. Después de eso, afirma “con tristeza” que “cambiaron el cónsul y el cónsul nunca más me trató como el otro que había. Ya no he tenido el apoyo de la embajada que yo tenía en 2017”.

Una hija diabética y la guerra de Rusia y Ucrania

Esta falta de apoyo y de novedades han hecho que Antonio haya pasado momentos duros desde que sus hijas desaparecieron hace más de siete años. “Lo estoy pasando mal. Ahora mismo estoy en tratamiento psiquiátrico. He querido quitarme la vida en un par de ocasiones. Lo decidí por la impotencia y porque caí en una depresión gigante”, explica, afirmando que la ausencia de sus hijas está afectando a su salud.

Antonio Martínez junto a sus hijas.

Para Antonio, hay momentos más duros que otros. Entre ellos, la Navidad y su cumpleaños. “Siento impotencia de no poder hacer nada, y porque pasan los años y no puedo ni ver a mis hijas. A mí no me llaman ni por teléfono ni en videollamada, ni en Navidades ni en cumpleaños. Nada de nada. De hecho, el día 17 de este mes fue mi cumpleaños y yo esperaba una llamada de mis hijas. Esperaba que me llamaran porque ya van siendo grandecitas. Pero no he tenido suerte”, confiesa.

Otro de los aspectos que más le preocupan, es su salud. Según ha expresado a elcierredigital.com, su hija mayor “es diabética de tipo uno, se lo diagnosticaron a los cuatro años. Se tiene que pinchar insulina cuatro veces al día. Es el problema de un padre más agravado todavía. No saber ni el estado de salud de tu propia hija”.

A todo esto, Antonio añade el problema de la guerra entre Rusia y Ucrania. “Están repartiendo pastillas de yodo en Rumanía [en caso de ataque nuclear]. Yo veo las noticias y estoy aterrorizado. Ellas hacen frontera con Ucrania. Están pegaditas a Moldavia, pero hacen frontera con Ucrania. Y allí, en Rumanía, están repartiendo pastillas de yodo a la gente”, confiesa.

Antonio ha afirmado a elcierredigital.com que “no tiene nada” contra la madre de las niñas, ni quiere “que pise prisión”. Su único deseo es poder ver de nuevo a sus hijas, que actualmente tendrían 13 y 11 años. “Me queda la única esperanza de que se harán mayores y volverán a verme” añade.

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