18 de enero de 2020
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FIN DE SEMANA

La dureza de la condena ha provocado una polarización en la sociedad que vuelve a poner a la víctima en entredicho frente a los agresores sexuales

El caso Arandina deja a la víctima en un lugar muy delicado por las altas penas impuestas

Los tres jugadores de la Arandina condenados a 38 años de cárcel.
Los tres jugadores de la Arandina condenados a 38 años de cárcel.
La sentencia del caso Arandina en la que tres ex jugadores del club de fútbol de Aranda de Duero han sido condenados a 38 años de cárcel cada uno por agresión sexual y cooperación necesaria en la comisión de los delitos de los demás miembros del grupo, ha provocado reacciones de todo tipo en la localidad burgalesa. La perito Natalia Sánchez Bienzobas, especialista en psicología infantil, trastorno psiquiátrico e intervención social analiza esta especial sentencia.

La sentencia de la Arandina vuelve a dejar a la victima en un penoso lugar. La desproporcionada sentencia que carga contra tres chavales inmaduros e irreflexivos 38 años de cárcel arroja sobre la niña agredida un nuevo juicio cuyo resultado social es nefasto, por si ya ella tuviera poco con todo lo pasado estos dos años.

Todo es un despropósito. Dos años esperando a que la justicia le de la razón para poder recuperar el honor y empezar a vivir un duelo y la sentencia deja aun en peor situación su palabra consiguiendo que la gente dude aún más de la verdad. 

Las reacciones populares en Aranda de Duero se han repetido este fin de semana. 

¿Por qué ocurre esto?. Tenemos tendencia a polarizar las situaciones, o estamos con la niña y lo que dice es cierto, o estamos de parte de los agresores porque están siendo víctimas de una injusticia. Nuestra mente no está preparada para la escala de grises. No está preparada para que los culpables lo sean de todas formas, al margen de lo que la justicia haya dicho que deben cumplir. Han sido muchas las opiniones que se han vertido estos días del tipo, “pobrecillos, cómo se la ha liado la niña”, o “desde luego es increíble que con hechos inventados les hayan caído tantos años”,  y todo ello  producto de una sentencia sin medida.   

No se produce ningún tipo de agresión física o verbal, esto dice la sentencia. No se produjo violación alguna. No hubo negación, aunque tampoco consentimiento y el resultado es 38 años de cárcel. ¿No era suficiente con el reconocimiento de los hechos, una indemnización superior a la sentenciada, cincuenta mil euros, que no solucionan la ruina emocional de una familia,  y una condena de cárcel de 15 años?. Sorprende el contraste entre lo bien llevado de esta juicio y su conclusión. Sorprende la pericia con la que los jueces llegan a conclusiones veraces y la sentencia que luego emiten. De nuevo Aranda dividido por el caso. De nuevo en espera de juicio porque una condena así es inadmisible y se debe recurrir. De nuevo la víctima en tela de juicio casi más que antes. ¿Para qué sirve tanta sin razón?.

Probados han quedado los hechos en la sentencia. Les guste a las familias o amigos de los futbolistas que se manifestaron en Aranda en contra de las conclusiones del juicio, los hechos están claramente probados hasta el punto de que ellos narran en mensajes exactamente las mismas cosas que dice la niña que la hicieron. Qué casualidad, que fueran las mismas cosas y que se las hicieran a otra chica como ellos dicen, también de  16 años, un día antes que a esta menor que acusa. Qué casualidad que hubiera un cuarto jugador en el piso, cuyo testimonio está invalido porque no apareció para declarar que había estado en el domicilio hasta que no se vio nombrado en televisión, aun a sabiendas de que sus amigos estaban en la cárcel, algo más que curioso. Resulta que los tres jueces son coincidentes en que los hechos ocurrieron y que no se juzga y se condena a 38 años si no queda más que ocurrió. Esto es innegable, les guste o no a los acusados hoy ya probados abusadores.

Una equivocación en la defensa 

Ellos y sus abogados deberían pensar donde se ha equivocado. Qué estrategia ha sido esa y sigue siendo que niega que los hechos se produjeron. ¿No era mejor reconocer y tratar de que los jueces y la sociedad entendiera que no había conciencia de delito?. ¿Que no eran unos delincuentes?, ¿que eran unos chavales que se les fue de las manos un juego con el que han hecho mucho daño? Qué podía haberle pasado al hijo de cualquiera o al hermano de alguien. Que nunca pensaron que estaban cometiendo un delito, porque desconocían la ley, una ley que unos meses más tarde los hubiera exculpado de algunos cargos.   

Los jugadores condenados han recibido el apoyo de su pueblo, al contrario que la víctima. 

Quizá este camino hubiera sido duro pero más humilde, con síntomas de arrepentimiento y todo el mundo hubiera entendido mejor, y probablemente nos habríamos solidarizado con las emociones de unos chavales que nada tenían que ver con personas peligrosas socialmente y quizá no estaríamos hablando de esta condena. Pero aun hoy siguen negando que pasara. Siguen dejando la víctima de mentirosa y siguen diciendo que si esto hubiera pasado hace tiempo, ya estarían jugando al parchís en su casa, ignorando y menospreciando los pasos que la sociedad ha dado para tomar conciencia en lo que se refiere a abusos sexuales a menores.

Esta condena pretende ser ejemplar, pero no da ejemplo a nadie. A los acusados les dice que podían haber cometido un delito más grave porque no podían pagar más por él. Si la hubieran matado no les hubiera caído más cárcel, si la hubieran violado con ensañamiento tampoco, ni tan siquiera si la hubieran pegado les habría caído más condena. A los defensores de los chicos les da un motivo fuerte y potente para seguir luchando por una verdad que se ha sentenciado que no es cierta, y a la victima la deja en el peor lugar de todos, condenada al escarnio público por la sentencia. 

Además de denunciar esta niña, por imperativo legal, los abusos sufridos en la casa de los jugadores, pues no hay que olvidar que ella no quería denunciar los hechos y la obligaron los adultos por ser menor, sufrir todas las barbaridades que se le ha dicho por la calle, en el colegio, etc, ahora tendrá que sufrir las consecuencias de llevar en su conciencia los 38 años de cárcel impuesta por los jueces sin pestañear siquiera. La falta de mesura en la condena, condena también a la víctima.

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