21 de octubre de 2019
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FIN DE SEMANA

Virginia, con 14 años, y Manuela, con 13, nunca volvieron a su casa tras una noche de fiesta, pero su caso fue eclipsado por el crimen de Alcàsser

Las niñas de Aguilar de Campoo (Palencia): más de un cuarto de siglo sin noticia alguna de ellas

De todos los casos que protagonizan la crónica negra, sin duda, los más inquietantes son aquellos que nunca se resuelven o solo lo hacen parcialmente. Todos nuestros misterios forman parte del imaginario colectivo. Cada uno de nosotros ha elaborado una teoría para resolverlos y esas elucubraciones dicen más de nosotros de lo que quisiéramos.

En abril de 1992 España vivía una época de euforia colectiva. Faltaban unos meses para que se iniciaran los fastos de los Juegos Olímpicos en Barcelona y de la Expo en Sevilla. Además, Madrid era capital cultural y se cumplían 400 años del descubrimiento de América. El país sacaba pecho ante el mundo. Quería dar una imagen lejos del oscurantismo con el que los tópicos adornaban la idea de España en el extranjero. Habían pasado 15 años de democracia y quería mostrarse al mundo.

En ese contexto una desaparición inquietante echaría sombras sobre tanto fasto. Dos adolescentes, Virginia, de 14 años, y Manuela, de 13, de Aguilar de Campoo (Palencia), son las protagonistas. Las jóvenes eran muy amigas. Virginia era del pueblo de toda la vida. Manuela había llegado de Francia junto a su madre Karima, que era de origen palentino y al divorciarse de su marido había decidido volver a su pueblo. Iban juntas a clase e incluso a veces se quedaban a dormir en casa una de otra. Las dos jóvenes desaparecieron cuando hacían autostop a las afueras de Reinosa (Cantabria) para regresar a su casa en el pueblo palentino, el 23 de abril de 1992. Las niñas acudían con regularidad a la localidad cántabra a divertirse los fines de semana, como hacían todos los jóvenes de la zona, ya que era un pueblo más grande que el suyo y con más lugares de ocio.

Manuela era más extrovertida y Virginia más tímida, y solían ir a divertirse a la plaza de la Constitución, cerca del parque de Cupido, donde había numerosos bares y locales de copas. Aquella noche, las chicas fueron a una discoteca llamada Cocos, que cerró en 1997. Su rastro se perdió cuando se les hizo demasiado tarde para regresar en tren y decidieron hacer autostop para volver a casa. Está forma de viajar era muy habitual entre los jóvenes de la época. No empezó a vislumbrarse el peligro hasta que ocurrió, a finales de año, el crimen de Alcàsser. Varios testigos declararon después haberlas visto subir a un coche Seat 127, de color blanco y matrícula de Valladolid, conducido por un hombre. Nunca se llegó a encontrar el supuesto coche.

Virginia y Manuela. 

Los investigadores estudiaron entonces el entorno de las menores. Virginia era huérfana de padre y tenía una relación normal con su madre y su hermano Emilio. La Guardia Civil investigó al padre de Manuela, un súbdito francés que había trabajado como jefe de seguridad en un complejo de ocio en Marsella, por si la hija hubiese huido para estar con él.

La investigación se realizó con los rudimentarios métodos de la época. No había móviles ni cámaras en las carreteras o en bancos. Además, cuando los padres acudieron a denunciar la desaparición les dijeron que tenían que esperar 48 horas por si se trataba de una escapada voluntaria. Hoy en día, los protocolos ante las desapariciones han cambiado radicalmente. Se consideran las primeras horas como fundamentales para la búsqueda. Tampoco se había puesto aún en marcha el Proyecto Fénix para almacenar datos genéticos de los desaparecidos que hay en España para cotejarlos en caso de que aparezcan restos óseos u orgánicos.

Las fotos de Virginia y Manuela empapelaron la zona y las provincias limítrofes. El programa de televisión ¿Quién sabe dónde?, recién estrenado, les dedicó muchas de emisiones. Un efecto colateral de esto es que las familias recibieron llamadas de auténticos desaprensivos para burlarse de ellas, incluso fingiendo las voces de las desaparecidas pidiendo socorro a sus padres. Una crueldad inhumana que machacó aún más a las familias.

Las líneas de investigación

Se investigaron todos y cada uno de los clubes de alterne en las provincias de Palencia y Burgos, donde algunas llamadas situaban a las niñas. Era habitual en la época que muchas chicas secuestradas fueran obligadas a ejercer la prostitución. Por otro lado, también se recibieron pistas que las situaban en Cádiz, en León o en Madrid. La más fiable para los investigadores fue aquella que las situaba en Asturias. Se rastreó esta pista y finalmente se encontraron dos chicas fugadas de casa que no eran ni Virginia ni Manuela.

Mediáticamente, el caso pasó a no llamar la atención de los medios debido a que meses después estalló el caso de Alcàsser, que era mucho más morboso y que revolucionó la forma de tratar los sucesos en televisión.

En octubre de 1994, unos caminantes encontraron un saco con dos cráneos y algunos huesos bajo el puente de Pontinos, en el pantano de Requejada, cerca de Aguilar de Campoo. Pero los análisis descartaron de nuevo que los restos fueran de las menores. Eran de unas mujeres mayores y posiblemente pertenecían a un osario cercano. Un periódico de la zona se había atrevido a afirmar, aún sin los resultados, que eran de Virgina y Manuela. Esto acrecentó nuevamente el dolor de las familias al conocerse el resultado negativo.

La pista más fiable surgió en marzo de 1997, cuando una joven okupa declaró que había visto a las chicas de Palencia viviendo entre los grupos alternativos de Madrid. Con estos datos se elaboraron unos retratos robots, que mostraban a Manuela con el pelo corto y un mechón azul y a Virginia con un aspecto similar a cuando desapareció. La Guardia Civil abrió entonces la operación Cupido, para intentar dar con las jóvenes. Un mes más tarde, una mujer de edad madura declaró haber visto a las jóvenes en un autobús y declaró que iban con estética okupa y acompañadas de un joven de estética punk, lo que coincidía con la pista aportada por la otra joven. A pesar de las investigaciones realizas en el universo okupa de la capital de España no se obtuvo un resultado óptimo.

Veinticinco años después se encontró una mandíbula que podía pertenecer una joven de la misma edad de las desaparecidas. Finalmente, el resultado fue nuevamente negativo. Las familias nunca han perdido la esperanza. Los padres de Manuela se dieron nuevamente una oportunidad como pareja y hoy residen en Vélez (Málaga). Las dos familias habían recibido una colecta de casi 2.500 euros realizada por los vecinos de la localidad palentina para ayudar a la investigación. Decidieron no tocarlo y cuando la fábrica de galletas Fontaneda declaró suspensión de pagos decidieron donarlos al Comité de Empresa. El cierre de la fábrica supuso toda una depresión económica para la zona. Ni la empresa se salvó ni aparecieron las niñas a las que aún esperan en sus casas.

Hoy, cuando se cumplen más de 27 años de su desaparición, seguimos todavía sin noticias sobre las dos jóvenes.

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