27 de mayo de 2019
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FIN DE SEMANA

Desde octubre de 1992 nadie ha vuelto a saber nada de la joven y ni siquiera se sabe si salió o no del recinto de la clínica

Gloria Martínez, la adolescente sedada que desapareció para siempre 'fugándose' de una clínica en Alicante con 17 años

De todos los casos que protagonizan la crónica negra, sin duda los más inquietantes son aquellos que nunca se resuelven o solo lo hacen parcialmente. Todos nuestros misterios forman parte del imaginario colectivo. Cada uno de nosotros ha elaborado una teoría para resolverlos y esas elucubraciones dicen más de nosotros de lo que quisiéramos. La desaparición de Gloria Martínez es una de la más inquietantes de los años 90. Ni viva ni muerta, nadie ha vuelto a saber nada de ella.

La crónica negra española está llena de curiosos expedientes X. La desaparición de Gloria Martínez es posiblemente uno de los más tristes. Se la perdió de vista apenas unos días antes de la desaparición de Toñi, Miriam y Desireé, las niñas de Alcàsser, y este suceso con el triste final ya conocido ocupó durante meses y años el interés de los medios de comunicación en detrimento de su desaparición.

Gloria Martínez era una joven de 17 años de pelo castaño y miope. Vivía junto a sus padres, Álvaro Martínez e Isabel Ruíz, en el barrio alicantino de Florida de Portazgo. Un buen barrio de la ciudad levantina. Era una chica absolutamente normal, pero desde los 14 años padecía problemas de ansiedad que la generaban insomnio e incluso problemas alimenticios. La psiquiatra que la trataba, María Victoria Soler, recomendó a sus padres su ingreso en la clínica Torres de San Luis, de la localidad alicantina de L’Alfàs del Pi.

La clínica pretendía ser un centro de reposo para famosos, cobraba a sus pacientes un millón de pesetas, seis mil euros, al mes y estaba rodeada por un frondoso bosque, de difícil acceso por la noche sin luz artificial. Pretendía ser una réplica de Incosol, la famosa clínica que había creado en Marbella el yerno de Franco, el Marqués de Villaverde Cristóbal Martínez-Bordiú, en 1975. Puede que en el ánimo de Victoria Soler influyese el hecho de que ella perteneciese al Consejo de Administración de Zapico, la empresa propietaria de la clínica.

La tarde del 29 de octubre de 1992, los padres de Gloria realizan el ingreso. Esa noche, Martínez era la única paciente. Nada más ingresar el personal de la clínica la ató de pies y manos a la cama, para evitar que se autolesionase, según declararon luego ante el juez. Añadieron que Gloria fue sedada con Haloperidol, Largactil y Sinogan en una dosis considerable. La joven habría despertado de madrugada y pidió que la desatasen para ir al baño.

Según los mismos testigos, cuando una de las auxiliares iba a pedir ayuda, la joven escapó por una ventana abierta de la habitación, un primer piso. Después, descalza, en pijama, drogada, desorientada y sin gafas para ver, habría saltado la tapia del centro, de dos metros de altura, y se perdió en la noche.

La Guardia Civil registró la clínica y el bosque; se vaciaron acequias y pozos y se inspeccionaron las fosas sépticas. Los padres inundaron la provincia con fotos e iniciaron una campaña mediática. El mismo día de su desaparición la joven dejó escrito, con letra irregular y temblorosa, producto de los estupefacientes como confirmaría después el informe de los peritos: “Me da miedo pensar que estoy muriendo y la única luz está cerca de mí, Dios Mío”.

Clínica Torres de San Luis. Vista aérea. 

Esa noche solo estaban en la clínica un vigilante, una enfermera y el matrimonio de guardeses búlgaros. En febrero de 1993 extrabajadores de la clínica denunciaron en Interviú (número 877) que Gloria nunca salió de la clínica. El asunto tenía sentido. ¿Cómo es posible que en la oscuridad de la noche una joven drogada y descalza saltase un muro que en sus zonas más bajas medía dos metros? Algunos vecinos de la zona aseguraron que oyeron pisadas en la madrugada sobre la gravilla lo que hizo ladrar a los perros. Este testimonio junto al de un trabajador de una gasolinera de la cercana localidad de Altea que aseguró haber visto a una joven de sus características llamar por teléfono. Por otro lado, un hombre aseguró haber compartido la tarde del día 30 con unos jóvenes franceses y Gloria en un camping de la misma localidad. Ninguno de estos testimonios sirvió para encontrar nada.

Dos años más tarde, en 1994, durante un tercer registro, se encontró en un agujero de la pared, en la zona de la enfermería, una bolsa de plástico con ropa interior y un cinturón de la joven que había pasado inadvertida durante los dos anteriores registros. Finalmente, la investigación no pudo concluir con resultados y se cerró en el año 2000. Sin embargo, gracias al Proyecto Fénix, base de datos de ADN de los desaparecidos, si en algún momento apareciese un resto susceptible de pertenecer a Gloria se podría cotejar.

La clínica fue vendida y adquirida por una empresa de Madrid, y los anteriores propietarios fueron condenados por la Audiencia Nacional en 2008 a pagar una indemnización de 104.000 euros a la familia Martínez. Previamente, habían sido condenados a pagar sólo 60.000 euros por el Juzgado de Instrucción número 1 de Alicante. La cantidad se justificó en que no había cadáver y la joven no había sido declarada muerta. Sin embargo, la Audiencia consideró que el daño provocado a las familias era superior a si ella hubiese muerto. María Victora Soler, sigue ejerciendo como psiquiatra a día de hoy.

En el año 2009 el caso de Gloria tuvo un giro esperpéntico. Una perito llamada Amparo Huélamo dijo algo sorprendente en el transcurso de unas jornadas sobre peritaje y seguridad, respondió a un periodista de La Verdad que le preguntó sobre casos pendientes en Alicante y se refirió al de Gloria. La perito aseguró que se había encontrado con la desaparecida varios años atrás, sin precisar exactamente el cuándo o el dónde, y que habían tomado un refresco. Dijo que estaba perfectamente y que era madre y aseguró que notificó aquel encuentro a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Aunque sigue manteniendo su versión, nadie ha podido corroborar que lo que cuenta Amparo Huélamo sea cierto.

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