29 de octubre de 2020
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FIN DE SEMANA

El hijo biológico de la difunta marquesa llevó a su madre ante los tribunales hasta en una veintena de ocasiones por su legado

Una lucha más allá de la muerte: La trágica historia de Soledad Cabeza de Vaca y su herencia

La marquesa de Moratalla.
La marquesa de Moratalla.
Soledad Cabeza de Vaca y Leighton, marquesa de Moratalla, toda una celebridad en la industria del caballo y el juego del bridge, vivió durante años un cruento enfrentamiento con su primogénito por la herencia de su madre, Olga, una disputa que acabaría con su descendiente más directo desheredado. Tras su fallecimiento, sus hijos dieron continuidad a una lucha de la que aún hoy no se atisba el final.

En plena época de conquistadores, de apogeo hispano, Álvaro Núñez Cabeza de Vaca fue uno de los primeros exploradores españoles en alcanzar los territorios de lo que hoy es Estados Unidos. Nuestra protagonista de hoy, Soledad Cabeza de Vaca y Leighton, marquesa de Moratalla y descendiente del legendario descubridor, no exploró tierras inhóspitas ni se enfrentó a los peligros de lo desconocido, pero mantuvo una lucha por su legado hasta el fin de sus días.

A lo largo de sus 87 años de vida Soledad experimentó en primera persona sucesos dignos de la más épica epopeya griega. Enfrentamientos fratricidas, secuestros, partidas de bridge, intrigas hereditarias… todos estos términos, que aparentemente carecen de vinculación entre sí, cobran sentido en la historia de esta noble nacida en 1930 en Londres, una historia con epicentro en la ciudad francesa de Biarritz.

La madre de Soledad fue la británica Olga Leighton, una mujer cuya trayectoria hay que recordar para comprender lo sucedido con su hija. Leighton contrajo matrimonio hasta en tres ocasiones. Su primer esposo, Frank J. Mackey, fue cofundador del Banco HSBC. Cuando este se suicidó, Olga heredó una gran fortuna que causaría, décadas después, no pocas desgracias a su familia. Después, se casó con Antonio Cabeza de Vaca, el padre biológico de Soledad, que aportaría a la marquesa su título nobiliario. Finalmente, una vez fallecido éste, Olga subiría al altar una tercera vez, para unirse a Isidro Martín Montis, el padrastro con el que Soledad creció. Estos poderosos hombres, colmados de títulos y fortuna, contribuyeron a crear un ingente patrimonio para la familia. Entre otros lazos Olga Cabeza de Vaca es tía de la conocidísima Isabel Sartorius.

Sea como fuere, la pequeña Soledad mostró desde muy niña una especial afinidad por los caballos. La estrecha relación de la marquesa con estos veloces animales comenzó a partir de los años 50. Fue entonces cuando su hermano, Alfonso Cabeza de Vaca, que era piloto de carreras para Ferrari, además de playboy, regaló a Soledad su primera yegua. Lo que empezó siendo una afición se convertiría en una pasión que contribuyó a acrecentar aún más los ya de por sí impresionantes ingresos familiares.

Los caballos, la gran pasión de la marquesa.

Desde su finca de Biarritz, llamada Domaine de Coumères, desarrolló su habilidad en el mundo ecuestre hasta tal punto que llegó a ser la mejor. Su cuadra de purasangres, que corría bajo los colores verde y rojo, era una auténtica máquina de generar dinero en cada Gran Premio que disputaba. En el haber de la marquesa, hay que contar más de 5.000 victorias en las carreras más prestigiosas de Francia.

Su éxito en la cría y la competición fue tan grande, que en el mundillo su nombre se elevaba a la altura de celebridades de la enjundia de Agha Khan. Otro de sus grandes pasatiempos fue el bridge, un juego que dominaba con maestría, llegando a tomar parte en el campeonato mundial de esta disciplina y ganándolo. Su incuestionable éxito únicamente pudo ser frenado por dos factores: La cruenta guerra judicial abierta entre sus hijos y el alzhéimer, enfermedad que padeció durante los últimos años de su vida. La célebre marquesa fallecería finalmente en 2017

La guerra legal de sus hijos, una historia de nunca acabar

Soledad tuvo dos hijos. Uno de ellos, fruto de su matrimonio con Maurice Labrouce, es el biólogo Forester Labrouche. El otro, Germán de Cruz, fue adoptado por la marquesa cuando tenía siete años. Hasta ese momento, había vivido en un orfanato de Bogotá. El primero de ellos demandó a su madre hasta en veinte ocasiones ante diversas instancias judiciales en Francia, Suiza, Inglaterra y Liechstenstein, alegando que Soledad se había apropiado de parte de la herencia de su abuela, Olga, que, según su criterio, le correspondería. Los tribunales dieron la razón en sucesivas ocasiones a Soledad, cuyo vínculo con su primogénito se deterioraba cada vez más. Asimismo, la relación de Soledad con su nuera, Stéphanie Hug, una ejecutiva de Ginebra experta en la gestión de grandes fortunas tampoco era la ideal. Forester propuso a su madre que fuera Hug la persona que administrase el patrimonio familiar, algo a lo que la marquesa se opuso enérgicamente.

La tensión llegó a tal extremo que Soledad prohibió la entrada a Domaine de Coumeres tanto a su primogénito como a su esposa, al tiempo que nombraba a su hijo adoptivo, Germán, como su tutor legal ante la enfermedad que avanzaba imparable en su interior. Teniendo en cuenta todos estos factores, no es de extrañar que, en su testamento, elaborado en 2012 en Suiza, la marquesa desheredara a su hijo biológico, Forester, a favor de su hermano Germán, declarándole heredero universal de una fortuna valorada en 150 millones de euros.

Forester Labrouche, junto a su esposa Stéphanie Hug.

Meses antes de su muerte, Forester visitó a su madre con el pretexto de presentarle a su hija, nieta a la que la marquesa no conocía. Presuntamente, durante la visita el primogénito trató de que Soledad firmara documentos para eliminar la tutela de Germán. Evidentemente, esto habría generado una gran polémica entre los hermanos. Forester llegaría a demandar a Germán acusándole de secuestrar a su madre y no dejar que se acercase a ella, requerimiento que fue desestimado nuevamente en los tribunales.

En cualquier caso, aún quedaba un último capítulo por escribir en esta guerra. Tras la muerte de su madre, Labrouce y sus abogados solicitaron la autopsia de la marquesa aduciendo sospechas de homicidio, algo que Germán calificó de “indecente”.

Pese a los esfuerzos del hijo biológico de Soledad, fue precisamente el informe de la autopsia que con tanto ímpetu había solicitado Forester el que demostró que su madre había muerto por causas naturales. Aun así, el incansable primogénito de Soledad ha reclamado la titularidad del marquesado de Moratalla, título que lleva vacante desde la muerte de su progenitora en 2017. Así las desgracias de la marquesa trascienden a su propia muerte. A la disputa entre su descendencia por sus títulos y fortuna se han unido, en plena pandemia de coronavirus, los problemas para mantener la remuneración del personal que se encargaba del cuidado de los caballos enfermos y retirados de competiciones que la marquesa rescataba en sus criaderos sin ánimo de lucro, una actividad que Soledad había pedido que continuara tras su fallecimiento. En este sentido, queda ver cómo se resuelven en el futuro todos los frentes que implican de una u otra forma a la difunta marquesa de Moratalla.

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