24 de octubre de 2020
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FIN DE SEMANA

Los bebés prematuros necesitan el tacto constante de su madre para poder desarrollarse plenamente y a los adultos nos ocurre algo similar

Analizamos los métodos y formas para sobrevivir sin los besos ni los abrazos que el coronavirus nos ha robado

Besos y abrazos son imprescindibles para vivir.
Besos y abrazos son imprescindibles para vivir.
Eva Milla, máster en Psicopedagogía Clínica, perito Judicial en psicología infantil y trastorno psiquiátrico, máster en psicopedagogía y mediadora afectivo sexual explica en este artículo cómo debido a la incertidumbre ante el contagio el coronavirus las relaciones afectiva y sociales van a sufrir Importantes cambios. Los besos y, en general, el afecto físico pueden ser víctimas de la necesidad de guardar las medidas higiénico sanitarias de cara a evitar el contagio.
Los besos ya están ausentes en nuestras nuevas relaciones. La gente se saluda a distancia y con movimientos de cabeza para expresar bienvenida o agradecimiento por algo. Es muy curioso asistir al nuevo amanecer de las relaciones, mermadas por la pandemia.
 
La corteza insular del cerebro relaciona la temperatura ambiente con la sensación psicosocial de un encuentro caluroso o frío, produciendo sensaciones como la vergüenza y la culpa que aunque parezca mentira pueden proteger al ser humano de amenazas externas.

La temperatura de los cuerpos se traduce en sensaciones psicosomáticas que regulan las relaciones humanas, de tal manera que la temperatura de un beso o un abrazo “cálido” nos transmite seguridad, generosidad o ganas de relación social, mientras un saludo frío, se relaciona con el vacío, la soledad y la desprotección. 
 
Los besos son necesarios para sentir pertenencia, empatía, relación de ayuda, ternura o pasión, todo ello fuente de producción de endorfinas, hormonas relacionadas no solo con la felicidad, sino con el equilibrio de la conducta sana, socialmente responsable e individualmente competente, comportamientos más necesarios que nunca para mantener la estabilidad social ante la pandemia económica que nos acecha.
 

El afecto es necesario.

Los besos y los abrazos son afectos imprescindibles para sobrevivir, teniendo un papel muy importante en el cortejo, en las relaciones laborales o en la creación de vínculos filioparentales para el óptimo desarrollo de niños y adolescentes.

Por supuesto estar vivo y salvarnos del virus maligno es mucho más importante que la manifestación de cualquier afecto, pero vivir sin sentir puede tener un precio individual y social de magnitud inimaginable, puesto que hablamos de una necesidad humana psicofisiológica creada para proteger nuestros cuerpos y nuestra salud mental.

Es triste ver cómo todos los avances sociales que se han hecho con respecto a la deshinibición de la expresión afectiva desde la transición, época donde tanto se luchó por las libertades corporales y afectivas, se destruyen de un plumazo en apenas semanas.  

Las expresiones faciales se vuelven un enigma escondido tras las pobres mascarillas incapaces de traslucir una sonrisa, el desagrado, o la mueca graciosa que se experimenta cuando alguien gasta una broma, lo que deja al interlocutor vacío de sensaciones y expuesto al fallo intuitivo que imposibilita ver con claridad cuál respuesta debe ser la adecuada para la adaptación óptima a nuestro medio relacional, es decir, como debemos comportarnos, contestar, defendernos o en definitiva reaccionar frente a las manifestaciones gestuales de los otros

Lo mismo ocurre con los abrazos cuando de lo que se trata es de encontramos con un cliente, nuestro hijo o pareja que vuelve del colegio, los ancianos que residen en las residencias o los bebés prematuros de los hospitales que necesitan ser tocados frecuentemente por sus madres para desarrollarse, queridos físicamente, como forma terapéutica de percibir la seguridad desde la que se soporta el mundo y todo lo bueno y malo que hay en él.

¿Cómo vamos a vivir sin afectos físicos? Seguramente estemos asistiendo al desarrollo de otras formas de relación que nos permitan intuirnos, sentirnos, fiarnos, aborrecernos o explorarnos para poder sobrevivir, pero aún no las vemos. 

Los ojos, la mayoría de las veces asombrados ante el increíble guion escrito para ellos son ahora protagonistas absolutos de esta gigantesca obra de teatro que tiene el mundo por escenario y cuyo final se improvisa diariamente y se desconoce. La mirada es, por encima de las mascarillas, lo único visible de la cara capaz de mandar mensajes fiables de los gestos ocultos.

Las manos amortajadas por plásticos vinílicos que impiden el contacto con los seres y objetos que antes les daban vida, son ahora los actores que aplauden encargados de que podamos relacionarlos, protegernos, respetarnos y cuidarnos.

La vacuna del COVID-19 no sólo puede salvar vidas, que ya es  importante, salvaría al mundo del vacío anímico de la inexpresión de los gestos que nos unen o nos separan guiándonos por la senda de la intuición no verbal, igual o más importante que el daño social que puede ocasionar la enfermedad.

Otra enfermedad nos acecha, la de no percibir las emociones de nuestros iguales, o el calor de un apasionado beso. Eso sí que nos enfermará.  Esperemos que pronto esa vacuna nos salve del frío y la sinrazón biológica que nos convierte en seres aislados entre nosotros. 

Jose Luis Milla González, ingeniero industrial, marido, padre de cuatro hijos y abuelo de seis nietos, viajero incansable, amante de mundo, gran deportista e ilustre jubilado se muestra tajante cuando habla de los afectos, “no merece la pena vivir sin besos”, y así mismo manifiesta, “si es una situación puntual para salvarnos de la pandemia es razonable, pero más allá, no interesa la vida sin abrazos”.
 
¡Mucho peor que no tener dinero es carecer de afecto!.
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